martes, 24 de junio de 2014

Georges Braque en el Museo Guggenheim de Bilbao

Belleza apacible


En ocasiones, el destino juega malas pasadas. En el caso de Georges Braque (1882-1963), su asociación con Pablo Picasso en la tarea de llevar adelante el Cubismo, ha terminado por producir que se le recuerde fundamentalmente por eso, y a la vez que su figura quede en un cierto segundo plano frente a otros grandes nombres del arte del siglo veinte. Sin embargo, en la última década ha tenido lugar un interés renovado por su obra, que se ha ido plasmando en no pocas exposiciones. La que ahora llega al Museo Guggenheim de Bilbao, tras su paso en París por el Grand Palais y en Houston por el Museo de Bellas Artes, es sin duda la más completa, y permite una visión más ajustada de su trayectoria.

Gran desnudo (1907-1908). Óleo sobre lienzo, 140 x 100 cm. Centre Pompidou, París.

Se han reunido cerca de 250 piezas, que van desde los iniciales paisajes marítimos fauvistas de L'Estaque -tan centralmente asociados a su amado Cézanne- hasta los paisajes de sus últimos años, impregnados por una especie de nostalgia de los cielos, las tierras y los colores de Van Gogh. Y, naturalmente, todo lo demás: podemos seguir paso a paso, con piezas de gran calidad, la invención del collage, los cuadros cubistas, y después su retorno a la figuración con las naturalezas muertas, los desnudos, el diálogo con la Antigüedad Clásica, los billares, los talleres y los pájaros. Una estimulante selección de esculturas de pequeño formato. Y, también, sus diseños de decorados y vestuarios para los ballets rusos de Diaghilev, con la presentación del telón de boca que diseñó para las representaciones de Salade (1924), de Darius Milhaud, algo sólo posible en las grandes salas del Guggengeim.

Mujer con guitarra (1913). Óleo sobre lienzo, 130 x 73 cm. Centre Pompidou, París.

Un importante conjunto de fotografías y documentos originales, que permiten apreciar la diversidad de registros de Braque: además de pintor, músico. Capaz de tocar diversos instrumentos, especialmente la flauta y el acordeón. No es así extraño que se puedan encontrar todo tipo de temas musicales: instrumentos, compositores, partituras, atriles... en más de doscientas obras de su catálogo. Y muy ligado a distintos poetas y escritores, como Carl Einstein, Pierre Reverdy, René Char, o Jean Paulhan. En definitiva, estamos ante una especie de "todo Braque", con un montaje espléndido y un magnífico guión expositivo elaborado por la comisaria Brigitte Léal. Es, ante todo, una exposición para descubrir y disfrutar.

El dúo (1937). Óleo sobre lienzo, 131 x 162,5 cm. Centre Pompidou, París.

Descubrir, por ejemplo, la gran intensidad plástica de sus pinturas cubistas, pero también un registro personal que traza una coherencia, un hilo de continuidad a lo largo de toda su obra, con la recurrencia de una serie de géneros clásicos: el paisaje, la naturaleza muerta, la vanitas, reformulados con una gran libertad de estilo. Descubrir, también, la importancia desde los años cincuenta de los pájaros, símbolos espirituales y en Braque, sobre todo, símbolos del vuelo de la libertad, y con ello de la libertad a la que debe siempre aspirar el artista.

A todo vuelo (1956-1961). Óleo y arena montado sobre tabla, 114 x 170,5 cm.  Centre Pompidou, París.

Disfrutar con la materialidad transcendida presente siempre en sus obras, a lo largo de los años, uno de cuyos registros más nítidos es la utilización de la arena en los cuadros. Braque afirmó: "No es suficiente con hacer ver lo que se pinta. Hay que hacerlo tocar también." Es decir, en lugar de la contemplación distante o pasiva, buscaba despertar en el espectador, en los públicos, el deseo y la necesidad de introducirse física y mentalmente en las obras.

Paisaje, los campos con cielo bajo (1956-1957). Óleo sobre lienzo, 27 x 44,5 cm. Colección Isabelle Maeght,  París.

Otro rasgo que tendrá una presencia continua en la obra de Braque, desde la etapa cubista hasta las últimas obras, es la inserción de la palabra en la imagen plástica. Si en el collage interviene la intención de dar textura y materialidad a la representación, la visualización plástica de la palabra nos remite a la experiencia interior: el mundo exterior, los objetos, los materiales, son signos, marcas del sentido que se expresa abiertamente en el lenguaje.
Según Braque, "el arte está hecho para turbar, la ciencia tranquiliza." Y, sin embargo, recorriendo en esta excelente muestra todos los espacios y registros de su obra, lo que uno encuentra no es tanto cuestionamiento, o mucho menos desgarramiento, sino un persistente sentido de equilibrio en la factura de las obras, a pesar de la diversidad de soportes, que da curso a un intenso placer estético. En el fondo, este extraordinario pintor es una reencarnación de los grandes maestros de la tradición clásica en el siglo de las máquinas y la velocidad.

La escardadora (1961-1963). Óleo sobre lienzo, 102,5 x 176,5 cm. Centre Pompidou, París.

Por ello me resulta sumamente revelador el punto de vista de Guillaume Apollinaire, en Los pintores cubistas, de 1913, donde valora la capacidad de Braque para traducir el oficio de pintor al espíritu de los nuevos tiempos, y le llama "el verificador" del arte moderno. Pero, he aquí la sorpresa, Apollinaire sitúa ese papel de Braque con esta caracterización de su pintura: "Su arte apacible es admirable. Expresa una belleza llena de ternura y el nácar de sus cuadros irisa nuestro entendimiento. Es un pintor angelical." Es, casi al pie de la letra, lo que uno siente recorriendo la exposición: belleza apacible que nos lleva al pasado con un lenguaje de hoy.



* Georges Braque; comisaria: Brigitte Léal; Museo Guggenheim, Bilbao, hasta el 21 de septiembre. 

PUBLICADO EN: ABC Cultural (http://www.abc.es/), nº 1.145, 21 de junio de 2014, pp. 22-23. 

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