domingo, 17 de abril de 2016

Jackson Pollock:

Estar en la pintura

¿Quién fue…? ¿Qué queda hoy de Jackson Pollock (1912-1956)…? Fue uno de los pintores más relevantes de la primera mitad del siglo veinte. Y de él nos queda su impulso extremo para ir a las raíces primarias del acto pictórico, un impulso derramado en un número considerable de obras magníficas, en las que Pollock sigue viviendo. Entre ellas, el deslumbrante Mural que realizó en 1943 para la casa de Peggy Guggenheim en Nueva York, y que afortunadamente ahora podemos ver en el Museo Picasso de Málaga.

Jackson Pollock: Mural (1943). Óleo y pintura con base de agua sobre lino, 247 x 605 cm. 
University of Iowa Museum of Art.

Cada vez valoro más a aquellos artistas “fuera de la corriente”, irrepetibles, únicos. Y creo que éste es el caso de Jackson Pollock. Su modo de concebir la pintura, cuando alcanza la madurez personal de su propuesta creativa, empieza y acaba en él mismo. No hay línea de continuidad de Pollock después de Pollock. Irrepetible. Un pintor que gotea sin límite hasta vaciarse. Hasta despojarse de sí mismo.
Uno de los obstáculos para llegar a su obra es la dificultad de sustraerse al “personaje”. Al relato del artista torturado, volcado en la expresión pictórica, de trato sumamente complejo, y alcohólico: comenzó a beber con tan sólo quince años y moriría tempranamente en un accidente de coche provocado por su ebriedad mientras conducía.
¿Cómo forjó esa propuesta artística irrepetible? Los primeros pasos hay que situarlos en su interés, en los años de juventud, por la pintura de los muralistas mexicanos: Diego Rivera, José Clemente Orozco, David Alfaro Siqueiros. Esto significa, de entrada, situarse en una condición expandida de la pintura, que va más allá de los formatos tradicionales del cuadro.
Además, es sumamente relevante recordar su trabajo, en Nueva York en 1936, como ayudante de Siqueiros en un taller en el que el artista mexicano experimentó con materiales pictóricos no tradicionales, como el esmalte, y con técnicas no convencionales, como el goteo, el chorreo y la aerografía. Materiales y técnicas que Jackson Pollock convertiría en instrumentos centrales de su expresión pictórica.
Fue también importante la atención que prestó a las manifestaciones estéticas de las poblaciones nativas de Estados Unidos, de los indios. Ya en su etapa de madurez, en 1947, el propio Pollock indicó: “Mi pintura no nace del caballete. No tiendo nunca la tela antes de pintarla. Prefiero fijarla en la pared o en la tierra. Me siento más cómodo sobre el suelo, me siento más cercano, parte de la pintura, porque de este modo puedo caminar alrededor, trabajar desde los cuatro lados y literalmente estar en la pintura. Es un método similar al de los indios del oeste, que trabajaban sobre la arena.”

Jackson Pollock. 

Otro elemento importante en su itinerario fue su encuentro son el surrealismo, a través de la exposición Arte fantástico, Dadá, Surrealismo, que se presentó en el MoMA de Nueva York del 7 de diciembre de 1936 al 17 de enero de 1937. Aunque hay que matizar que si en Pollock toma cuerpo un cierto “automatismo surrealista”, se trata de una variante que no conduce centralmente a la visualización y representación de la imagen, predominante en el surrealismo. El automatismo expresivo de Pollock es eminentemente gestual, bucea en los elementos plásticos primarios. A través del cuerpo, la emoción y la mente.
Conviene no olvidar tampoco la gran impresión que, según él mismo manifestó, le produjo el Guernica, de Pablo Picasso, expuesto en Nueva York en 1939. Entre la segunda mitad de los años treinta y el inicio de los cuarenta, Pollock acabaría fijando su lenguaje artístico propio. Desde un punto de vista personal, fue decisiva su relación a partir de 1942 con la también pintora Lee Krasner, a quien había conocido en una fiesta navideña en 1936 y con quien se casaría en 1945. Con no pocas renuncias y sacrificios, Krasner supo propiciar la estabilidad que el turbulento y alcohólico Pollock necesitaba para poder vivir y pintar. 

Jackson Pollock pintando, junto a Lee Krasner.

Otra mujer: Peggy Guggenheim, resultó decisiva para la presentación pública y el reconocimiento de su obra. En noviembre de 1943 organizó, en la galería de arte que entonces tenía en Nueva York, la primera exposición personal de Jackson Pollock. En ese año, su “lenguaje” o manera propios quedan ya plenamente definidos: trazos, líneas y manchas de color, plenamente abiertos, diseminados, que en ningún caso buscan la figuración. Construidos con el goteo, el chorreo y el vertido de la pintura.
Pollock era muy consciente del contexto en el que trabajan los artistas modernos, con la intensa producción y reproducción de imágenes propiciada por la tecnología. En 1951, observó: “el artista moderno vive en una época mecánica y tenemos medios mecánicos para representar los objetos de la naturaleza: el film, la foto. El artista moderno, me parece, trabaja para expresar un mundo interior; en otros términos, expresa la energía, el movimiento y otras fuerzas interiores”. Esto último es, sin duda, otro dato de su proximidad al surrealismo.
Lo que Pollock construye es un intrincado laberinto de líneas y manchas de color difusas, superpuestas, diseminadas… que te llevan al vacío de la imagen, al flujo de una visión extraviada que nos conduce al líquido primordial de donde brota la vida. Lo que encontramos en sus pinturas son huellas. Un registro “musical” de la representación en el que resuena el sonido de la pintura al caer sobre el lienzo. Una partitura de los sueños del color y de la imagen no alcanzada. En definitiva, huellas de aquello que somos y ni siquiera sabemos nombrar.

Jackson Pollock pintando.

Hay otro aspecto decisivo en la madurez artística de Pollock: los numerosísimos registros fotográficos y fílmicos en los que le vemos derramándose a sí mismo en la pintura. Jackson Pollock fue, probablemente, el pintor más fotografiado, mientras pinta, de todos los tiempos. Su trabajo se muestra, y se comprende, como una práctica performativa, la suya es una pintura de acción.
Concluyo con otro párrafo de las manifestaciones de 1947 antes aludidas. Dice Jackson Pollock: “Cuando estoy en mi pintura, no soy consciente de lo que estoy haciendo. Es sólo después de una especie de periodo de ‘familiarización’ cuando veo de qué se ha tratado.” Mirar hacia dentro. Para, después, encontrarse. Desparramarse en el lienzo. Penetrar en la tela. Jackson Pollock: estar en la pintura.

PUBLICADO EN: ABC Cultural (http://www.abc.es/), nº 1.230, 16 de abril de 2016, pp. 18-19. 

miércoles, 13 de abril de 2016

Acerca de la situación actual en España de las artes visuales...


Artes, cultura, humanidad

... mi artículo [páginas 59-69], en el marco de un conjunto sobre las llamadas "industrias culturales y creativas" en el número de abril de REVISTA DE OCCIDENTE.
 
 
 
 
 
 

domingo, 3 de abril de 2016

El arte tras el trauma de la 2ª Guerra Mundial

Los rastros de la catástrofe

Esta interesante y sugestiva exposición, compleja y ambiciosa, nos lleva, a través de los registros que ligan la memoria con las imágenes, a uno de los periodos más duros y sombríos de la historia contemporánea, a las dos décadas que van de 1945 a 1965. El mundo se había visto desgarrado hasta el límite por una guerra de intensa destrucción masiva, con una aplicación tan extrema de la violencia que poblaciones humanas y ciudades enteras fueron aniquiladas y destruidas. Todo ello, consecuencia de la expansión de la tecnología y de su aplicación militar, con ese punto extremo que tuvo lugar en Japón, con el lanzamiento de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki los días 6 y 9 de agosto de 1945.
Tras la devastación, había que levantarse. Volver a vivir. Algo que, poco a poco, fueron haciendo aquellas generaciones que tuvieron que experimentar esa dramática experiencia del mundo hecho pedazos. ¿Y el arte, el conjunto de las artes…? En una consideración retrospectiva, resulta evidente que nada podría volver a ser como antes. El gran sueño de las vanguardias artísticas de entreguerras: llevar a los seres humanos a una sociedad nueva a través del arte, había quedado definitivamente roto. El arte no tenía capacidad de resistencia, y mucho menos de confrontación, ante la violencia militar masiva, apoyada en la tecnología más avanzada.

Antoni Tàpies (1923-2012): Color terroso sobre fondo amarillento (1954).
Óleo y cargas sobre lienzo adherido a tabla, 130,5 x 62 cm. Museu Fundación Juan March, Palma de Mallorca. 

Esa “música” resuena con intensidad en las Tesis sobre filosofía de la historia, de Walter Benjamin, escritas a partir de 1940. Y de modo especial, en referencia a la obra Angelus Novus, de Paul Klee, al que identifica con “el ángel de la historia”. Con su rostro vuelto “hacia el pasado. Donde a nosotros se nos manifiesta una cadena de datos, él ve una catástrofe única que amontona incansablemente ruina sobre ruina, arrojándolas a sus pies.”
Lo nunca visto propone una síntesis de cómo se enfrentó el arte a esa situación, por medio de unas ciento sesenta obras, documentos y filmaciones, procedentes de colecciones diversas, entre las que destaca el gran número que provienen de la Fondation Gandur pour l’Art, fundada en Ginebra en 2010 y que lleva el nombre de su impulsor, el coleccionista Jean Claude Gandur. Con un montaje sobrio y equilibrado, podemos ver pinturas y fotografías de un amplio registro de autores. Entre los pintores, Pierre Alechinsky, Karel Appel, Alberto Burri, Jean Fautrier, Jean Dubuffet, Georges Mathieu, Emilio Vedova, Pierre Soulages, Wols, Antonio Saura, Rafael Canogar, Manolo Millares, Fernando Zóbel, Gustavo Torner, Luis Feito, y un grupo de artistas checos: Jan Klobasa, Jan Kubíček, Pavla Mautnerová o Jiří Valenta, prácticamente desconocidos en España. Tampoco resultan demasiado conocidos los fotógrafos: Kikuji Kawada, Hermann Claasen, Helmut Lederer, Otto Steinert, o incluso el español Francisco Gómez, aunque sus obras resulten de gran interés. También se muestran obras que rompen las limitaciones tradicionales de géneros y soportes, como son los casos de Wolf Vostell, François Dufrêne, Jacques Villeglé, Raymond Hains y Mimmo Rotella.

Francisco Gómez (1918-1998): Sin título (1959).
Fotografía, gelatina de plata, 24 x 30 cm. Fundación Foto Colectania, Barcelona.

Resulta obvio que el objetivo central de la muestra es trazar una panorámica de conjunto, y por ello no siempre estamos ante las obras más destacadas de algunos de esos artistas, tan relevantes en el arte de nuestro tiempo. Pero recorriendo la exposición, pienso que alcanzamos a comprender una cuestión decisiva: tras la devastación de la guerra, el arte tuvo necesariamente que abrirse a una reformulación integral de sus propuestas, procedimientos y soportes. Se abría así paso la vía de la mezcla e intersección de los distintos registros artísticos: pintura, fotografía, cine, medios de comunicación de masas… que acabaría estableciendo el carácter multimedia como rasgo definitorio de las artes visuales en el mundo actual. Y esto resulta de un gran interés.
Hay, en cambio, otra cuestión que considero bastante problemática. Me refiero a la utilización del rótulo “informalismo”, que lleva por ejemplo a la afirmación, en el periódico que acompaña al catálogo y en el cuaderno de sala, de que “cuando lo que se deforma es la forma misma de lo real, los artistas pueden decidir, en vez de representar la destrucción de la forma, escenificar el drama de lo informe en las mismas obras de arte.”
¿Un arte “informe”, sin formas…? Ciertamente, la etiqueta “informalismo”, para caracterizar más una actitud plástica en este periodo que estrictamente un movimiento artístico, está consolidada en los manuales de historia del arte. Pero desde un punto de vista teórico, y precisamente tomando en consideración las obras llamadas “informalistas”, es un término completamente inconsistente. Descomponer o desgarrar las formas plásticas tradicionales, o incluso las que impulsaron los movimientos artísticos vanguardistas, no supone en ningún caso que se pueda hacer arte sin formas, arte “informalista”. Es todo un contrasentido en sí mismo. Lo podemos apreciar en todas las obras que vemos en Lo nunca visto: rastros, líneas, manchas y planos de color, collages de materiales diversos, se articulan en todo momento como formas plásticas.

Mimmo Rotella (1918-2006): Luna Park (1958).
Fragmentos de carteles sobre lienzo, 138 x 150 cm. Museu Coleção Berardo, Lisboa.

Algo similar sucede con otro rótulo que también ha tenido bastante aplicación en el arte del siglo XX: el de “abstracción”. En este caso, la confusión tiene que ver con la identificación entre abstracción y no figuración. Pero que las formas no se construyan como representaciones de figuras no implica que se pueda por ello hablar de “arte abstracto” de manera distintiva, como si el arte en el que hay figuración no fuera abstracto. A lo largo de su desarrollo histórico, desde su primer reconocimiento cultural como práctica de representación sensible y mental en la Grecia clásica, el arte ha sido siempre abstracto, precisamente como reconocimiento de la autonomía de la forma plástica. No está de más pensar en un ejemplo concreto: ¿existe una obra con un grado de abstracción más intenso que el que vemos y sentimos en Las Meninas, de Diego Velázquez…?
Las obras y artistas que forman el conjunto que vemos en Lo nunca visto son, en sí mismas, un signo rotundo de la pluralidad expresiva del arte de nuestro tiempo, que es imposible encerrar en un rótulo homogéneo o unificador. Encontramos propuestas gestualistas, formas pretendidamente directas de expresión del cuerpo en la obra, aunque inevitablemente el cuerpo es indisociable de la mente, siempre activa en la plasmación de la obra artística. Y también descomposición o desconstrucción de los lenguajes mediáticos, con todo tipo de procedimientos, algo central en las magníficas piezas de Volf Vostell, Raymond Hains y Mimmo Rotella, que bucean en el rastro de pérdida que anida en los diversos registros de la imagen mediática. Podemos también apreciar en las fotografías los rastros sinuosos y fugaces de lo que ya no es, y que resuena como eco formal de algo que desapareció.

Emilio Vedova (1919-2006): Choque de situaciones '59 - I-1 [Scontro di Situazioni'59 - I-1] (1959).
Resina vinílica, óleo, arena, carboncillo y pigmentos sobre lienzo, 275 x 444 cm. Fondation Gandur pour l'Art, Ginebra.  

Y como síntesis final, no se pierdan la obra de grandes dimensiones de Emilio Vedova Choque de situaciones ’59, que podría servir como emblema de esta sugestiva exposición. Una pintura abierta, de una gran belleza e intensidad plástica, en la que la forma pictórica se articula como multiplicidad gestual de registros confrontados y superpuestos. Como nuestra mirada cuando se dirige hacia atrás, hacia el terrible pasado, y alcanzamos a ver los rastros de la catástrofe.  


* Lo nunca visto. De la pintura informalista al fotolibro de postguerra (1945-1965). Equipo curatorial: Manuel Fontán, Inés Vallejo, Horacio Fernández, María Dolores Jiménez Blanco, con la colaboración especial de Zdenek Primus. Fundación Juan March, Madrid. Del 26 de febrero al 5 de junio de 2016. 

PUBLICADO EN: ABC Cultural (http://www.abc.es/), nº 1.228, 2 de abril de 2016, pp. 20-21. 

domingo, 20 de marzo de 2016

Ulises Carrión en el Museo Reina Sofía

Las formas del lenguaje

Recorriendo las salas en las que se presenta la muestra he sentido el fluir de un aire de otro tiempo. Como un viaje hacia otra época del arte, en la que se desplegaba el experimentalismo de Fluxus, o aquí en España de Zaj. Una deriva abierta, plena de intensidad, y que acabaría impulsando los soportes multimedia que hoy día caracterizan de forma general el arte de nuestro tiempo.

Ulises Carrión: Querido lector. [Dear reader.] (1975).
Impresión sobre papel, 26,5 x 35 cm. Colección particular,  París.

Ulises Carrión: No lea. [Don't read.] (1975).
Impresión sobre papel, 26,5 x 35 cm. Colección particular,  París.

La exposición recoge alrededor de 350 piezas de Ulises Carrión (1941-1989): libros, revistas, vídeos, obras sonoras, arte postal, y documentación de todo tipo sobre proyectos públicos, performances y otras actividades. Desde su México natal, al terminar su formación en la universidad, Ulises Carrión se trasladó a Europa, continuando sus estudios de posgrado, centrados en el lenguaje y la lingüística, en Francia, Alemania e Inglaterra. A comienzos de los años setenta se estableció en Amsterdam, donde viviría ya hasta su fallecimiento con tan sólo cuarenta y ocho años de edad.
Se trata de una personalidad creativa de un gran interés. Aunque su formación se centra en el estudio y la teoría del lenguaje, y el núcleo de su actividad tiene que ver centralmente con la escritura, Ulises Carrión supo desde ahí desplegar todo un registro variadísimo de intervenciones y propuestas artísticas.

Ulises Carrión leyendo textos de performances en Zona Art Space, Florencia (1979).
Fotografía en blanco y negro, 24 x 17,2 cm. Colección particular,  París.

En Amsterdam fundó una librería-galería muy especial: Other Books and So [Otros Libros y Demás], que funcionó entre 1975 y 1979, y que acabaría alcanzando bastante notoriedad. Como su nombre indica, se trataba de ir más allá de la idea y el formato tradicionales del libro para buscar, siempre en el marco del referente libro, algo diferente: “nolibros, antilibros, pseudolibros, cuasilibros, libros concretos, libros visuales, libros conceptuales, libros estructurales, libros proyecto, libros declaración, libros instrucción”, según enumeraba en 1975 Ulises Carrión.
Ese planteamiento implicaba un horizonte rupturista, innovador. Hacía ya algo más de una década que Marshall McLuhan había teorizado acerca del final de la Galaxia Gutenberg, de una estructura de la transmisión cultural basada en los soportes impresos, y sin embargo Carrión reivindicaba el libro, con una configuración formal sumamente abierta, como vía nuclear de transmisión de las ideas no ya sólo literarias, sino también artísticas, culturales y educativas en general.

Ulises Carrión: Tabla (1977).
Tinta manuscrita sobre papel y sobre cartón, 42 x 30 cm. Colección particular,  París.

Esa concepción del libro como eje inicial se iría desplegando en planteamientos específicamente artísticos que cuestionan las vías tradicionales de circulación del arte, especialmente las comerciales, y que se construyen siempre a partir del lenguaje. Eso sí, a partir de todas las variaciones expresivas del lenguaje: lenguaje verbal, escritura, lenguaje gestual, lenguaje fílmico… Ulises Carrión realiza propuestas de arte postal, que él llama “arte correo”, performances, vídeos que documentan acciones, y también proyectos públicos que reclaman una participación abierta, en una línea anti-autoritaria. Un ejemplo de esos proyectos fue el que planteó acerca del papel del chisme, el rumor y el escándalo, contrapuestos a los buenos modales, en el mundo del arte y de la cultura en general.
Aparte de los vídeos que documentan acciones, la que se considera única propuesta fílmica de Carrión: The Death of the Art Dealer [La muerte del marchante de arte] (1982), una película de veinte minutos de duración que podemos ver en la muestra, es una obra muy hermosa e intensa. Rodada en blanco y negro, en ella vemos a Carrión sosteniendo un pequeño televisor portátil y moviendo su cuerpo en las mismas direcciones en que se mueve la cámara de la película que se proyecta en el televisor. Ulises Carrión consideraba que el movimiento plano a plano del lenguaje fílmico tenía una intensa correspondencia con el paso de las hojas de un libro.

FLAVIO PONS STUDIOS: Cartel para el festival de cine Lilia Prado SUPERSTAR (1984).
Impresión sobre papel, 30,8 x 40,4 cm. Museo Reina Sofía,  Madrid.

En relación también con el cine se sitúa su proyecto sobre la actriz mexicana Lilia Prado (1928-2006), que le llevó a organizar en Holanda, en 1984, un festival de sus películas con el título “Lilia Prado. SUPERSTAR”. Carrión indicó que consideraba a Lilia Prado su ready-made, abriendo con ello un signo de interrogación acerca de cómo nos transmiten y nos apropiamos de los cuerpos fílmicos disponibles en el cine. Una cuestión decisiva en la cultura de nuestro tiempo, y también en el arte, de Marcel Duchamp al arte pop.
En definitiva, todo el proceso creativo de Ulises Carrión gira en torno a las diversas formas de expresión del lenguaje, que es lo que nos constituye como seres humanos, y atendiendo en todo momento a los flujos del alfabeto, incluso más allá de la escritura, en los cuales se cifran las diversas vías de abstracción de la experiencia. Si no lo conocían, la figura de Ulises Carrión será sin duda un gran descubrimiento. No se pierdan esta hermosa muestra, ante la que sin embargo tengo una pequeña objeción: debería ser más sintética, tener menos documentos, y no presentarlos en todos los casos en los muros de las salas o en las vitrinas como si fueran obras. Los documentos restituyen el contexto, transmiten información, y por ello son desde luego muy importantes. Pero no son específicamente obras artísticas.


* Ulises Carrión. Querido lector. No lea. Museo Reina Sofía, Madrid. Del 16 de marzo al 10 de octubre de 2016. 

PUBLICADO [EN VERSIÓN REDUCIDA] EN: ABC Cultural (http://www.abc.es/), nº 1.226, 19 de marzo de 2016, p. 21. 

domingo, 28 de febrero de 2016

Esther Ferrer en el CEART de Fuenlabrada


Las sillas y el tiempo 

En la excelente línea de programación que mantiene, algo que hay que destacar especialmente pues se trata de una institución municipal por lo que constituye todo un ejemplo, el Centro de Arte Tomás y Valiente de Fuenlabrada presenta una magnífica exposición de Esther Ferrer (San Sebastián, 1937). La trayectoria artística de Esther Ferrer es particularmente relevante. Su inicio se sitúa en su incorporación en 1967 al grupo Zaj, fundado en Madrid en 1964 por Ramón Barce, Juan Hidalgo y Walter Marchetti, que desplegaba un planteamiento artístico transgresor y multimedia, en sintonía con lo que en la escena internacional proponía Fluxus.
 
 
El arte de acción, y su síntesis en el lema “ver, oír, tocar”, constituyó el núcleo de las actividades de Zaj, que disminuyeron bastante hacia los años ochenta. Esa impronta siguió siendo después muy importante en el trabajo artístico individual de Esther Ferrer, con propuestas de performances particularmente bien concebidas, y con una entrega física y mental de la propia artista en sus acciones de gran intensidad plástica y moral. Junto a ello, Esther Ferrer fue también realizando obras de una gran calidad utilizando como soporte la fotografía. Y así mismo, con cuidadas instalaciones en las que utiliza objetos y formas fuera de su sitio habitual, o líneas, proyecciones geométricas, e impactos de color.
 
 
La trayectoria artística de Esther Ferrer se ha ido desarrollando fundamentalmente entre España y Francia, y entre las numerosas distinciones recibidas por su trabajo conviene recordar la concesión del Premio Nacional de Artes Plásticas en 2008 y, más recientemente y con todo el merecimiento, el Premio Velázquez en 2014. Lo interesante de esta exposición, brillantemente articulada por Margarita de Aizpuru, es que sin ser una “retrospectiva”, permite una visión transversal de los distintos ejes y motivos del trabajo de Esther Ferrer junto a una serie de obras específicamente concebidas para esta ocasión, y en las que alientan su espíritu crítico, su inconformismo plástico y moral, característicos.
 
 
Entre las piezas e instalaciones que vamos viendo, con un cuidado montaje y una utilización abierta a las posibilidades de despliegue y encajes superpuestos que permiten los espacios del CEART, destacan las numerosas sillas, en conjuntos que forman instalaciones concretas, o también aisladas. Desde una Silla Zaj (1974), en cuyo respaldo hay un cartel que dice: “SIÉNTESE EN LA SILLA / Y PERMANEZCA SENTADO / HASTA QUE LA MUERTE LES SEPARE”, a  la silla Retrato imaginario  de E. Satie (años 80), o las tres sillas suspendidas en el aire y que representan a Las tres gracias (1999). Aunque, claro, el mayor impacto lo provoca la amplísima instalación, un reguero de sillas que suben hasta la altura del primer piso, o bajan sinuosamente desde allí rodeando la figura de una mujer sentada en una silla sobre una mesa. Una figura femenina que tiene en sus manos un cartel en el que leemos: “109 / SILLAS VACÍAS, UNA POR / CADA MUJER VÍCTIMA DE / LA VIOLENCIA DE GÉNERO / EN ESPAÑA, EN EL AÑO / 2015”.
 
 
La denuncia de esa lacra terrible, de esa violencia inhumana, que debe terminar definitivamente, marca el tono de compromiso de las propuestas artísticas de Esther Ferrer. Junto a ello, las sillas y los otros elementos plásticos, también los lineales y geométricos, nos hablan de otro punto central: el paso del tiempo, lo absurdo de ese flujo incontenible. Es inevitable que venga a nuestra memoria Las sillas (1952),  la obra teatral de Eugène Ionesco en la que una pareja de ancianos, de 95 y 94 años, aguardan frente a un amplio conjunto de sillas en las que nadie se sienta a las personas convocadas para presenciar su despedida de la vida. El tiempo pasa, se escapa. Las sillas, los objetos, son las huellas silenciosas de ese flujo irreprimible.

* Esther Ferrer: Entre líneas y cosas. Comisaria: Margarita Aizpuru. CEART, Fuenlabrada. Del 4 de febrero al 17 de abril de 2016.
 
PUBLICADO EN: ABC Cultural (http://www.abc.es/), nº 1.223, 27 de febrero de 2016, p. 23. 

sábado, 27 de febrero de 2016

Bartolomé Ferrando en Madrid


La escritura de la acción
 
 

Ayer, viernes 26, acompañando la presentación de su hermosa muestra Silencios frágiles, Bartolomé Ferrando desarrolló una performance de una intensidad estética y expresiva de verdad emocionante.


Frente a un micrófono que permitía amplificar el despliegue del ruido que fluía de su garganta: del susurro al gemido, de la queja a la imprecación, del sonido latente a la modulación musical de la voz, Bartolomé Ferrando extendía los lazos de la escritura del silencio.

Lazos sonoros que se articulaban con el reflejo de las cuerdas blancas, coronadas y finalizadas con nudos, que sus manos iban eligiendo, deslizando, para ser, finalmente, arrojadas al suelo, donde formaban una estela sinuosa de signos abiertos.
 

Del silencio a la voz, de la quietud corporal al impulso, de la elevación a la caída: Bartolomé Ferrando, en el itinerario de su acción, daba curso, a través del cuerpo que nos configura como humanos, a lo que supone el paso del sonido a la expresión, de la mirada a la voluntad de comunicación, del contacto directo con el otro a la fijación de la escritura, que –cuando se alcanza– hace posible la abstracción. Y así, el conocimiento.

En síntesis: lazos y nudos de la escritura.

O cómo la humanidad llega a ser humanidad.
 

No se pierdan la muestra, con la gran expresividad del silencio y el fluido de los textos, poemas, registros de acciones, de este gran artista del cuerpo y la mente en acción. Bartolomé Ferrando, el cuerpo hecho palabra.


* Bartolomé Ferrando: Silencios frágiles. Galería Freijo, Madrid. Febrero-marzo, 2016.
 


 

domingo, 14 de febrero de 2016

El 'Alfabeto' Delfín de Antón Lamazares

El color y las letras

¿Qué papel desempeña la escritura en el despliegue y la floración de las culturas humanas? Lo que somos hoy, lo somos gracias a un proceso que tuvo sus inicios en la Grecia antigua, entre los siglos VIII y V a. C. Un proceso de alfabetización de los ciudadanos libres, de aprendizaje de la escritura alfabética: así nació la idea de formación, de educación de los seres humanos. Así floreció la capacidad de abstracción, con la que aparecen la democracia como forma de gobierno, la filosofía y el arte.

Dice Bernardo feliz el alma en la que el Señor Jesús introduce una y otra vez sus dos píes y que acogerán gustosamente en el palacio al que se dignan visitar en la basura (Flor de San Bernardo) (2015).
Técnica mixta sobre cartón.

De modo que la exposición de Antón Lamazares (Maceira, Pontevedra, 1954) implica un retorno a los orígenes. Eso sí, propuesto desde una inmersión plástica, de tonalidades hipnóticas, en las raíces comunes de la pintura y la escritura. En Alfabeto Delfín se presenta un conjunto de pinturas de formatos diversos, datadas entre 2012 y 21015, todas ellas pertenecientes a la serie que lleva ese título. Delfín es el nombre del padre del artista, y a quien va dedicada la exposición.

Jaire María corazón el altísimo te cubrirá con su sombra (2015).
Técnica mixta sobre cartón.

Como es habitual en su trabajo pictórico, Lamazares utiliza como soporte placas de cartón, sobre las cuales fija en esta serie una densa capa de color, monocromática, de pintura industrial plástica. Y sobre esa densidad, a la vez intensa, brillante y minimalista, inscribe incisiones, cortes, y las letras: 27 signos, de un alfabeto inventado, el Delfín. Una síntesis de las letras griegas, latinas y de signos que brotan del dibujo imaginativo del pintor.
Más que por los títulos, las obras se identifican y diferencian por las líneas de escritura, en español, que se reproducen en las cartelas, diminutas, que las acompañan, y que nos permiten comprender los sentidos de las palabras de ese alfabeto inventado, que de no ser así resultarían indescifrables. En ellas, predominan las frases poéticas o literarias y las citas y expresiones de carácter religioso.

Tú bondad ubicua corazón ser humano oh rubio violino  (2014).
Técnica mixta sobre cartón.

Recorriendo con detenimiento las pinturas expuestas he sentido que se trata de un inicio, de un planteamiento plástico que demanda más desarrollo y articulación. Porque lo que predomina en ellas es la fuerza del color, de una gran belleza e intensidad, mientras que la escritura queda desdibujada, le falta definición y escala figurativa en relación a la densa capa cromática sobre la que se inscribe. Eso sí, concebidos de esa forma, los signos alfabéticos se convierten en una especie de cicatrices, de marcas aleatorias en el cuerpo de la pintura. Similares, aunque con una intención bastante diferente, a los tatuajes cada vez más presentes hoy día en los cuerpos humanos.
En consecuencia, aquí podríamos situar la clave más profunda de esta propuesta de Antón Lamazares: las letras, el alfabeto libre por la imaginación, como tatuajes del cuerpo pictórico. Una propuesta que implica ir desde fuera adentro, de la corporalidad a la mente. Una vez más, esto es lo que implica la alfabetización: sólo las letras os harán libres. El color de la pintura actuaría como depósito, como cifra y fuente de la vida natural. Mientras que las letras actuarían como incisión humana en ese “cuerpo” que fluye. Como signos mentales: educación, cultura, en el curso fluyente de la vida.
  

* Antón Lamazares: Alfabeto Delfín. Círculo de Bellas Artes, Madrid. Del 4 de febrero al 22 de mayo de 2016. 

PUBLICADO EN: ABC Cultural (http://www.abc.es/), nº 1.221, 13 de febrero de 2016, p. 19.