lunes, 4 de octubre de 2021

Exposición en la Fundación MAPFRE, Madrid

Giorgio Morandi: la abstracción figurativa

La obra del artista italiano Giorgio Morandi (Bolonia, 1890-1964) llega de nuevo a Madrid, en una exposición que posteriormente viajará a Barcelona, donde se presentará en la Fundació Catalunya La Pedrera. Morandi es un artista muy especial: un solitario, prácticamente a lo largo de toda su trayectoria, alguien que trabajó en un intenso aislamiento voluntario, siempre al margen de los ámbitos colectivos de las vanguardias y los grupos artísticos. En el inicio aludía a la relevante atención que se le ha ido prestando en España, donde desde 1999 ha podido verse un conjunto bastante significativo de muestras de sus obras.

El solitario Morandi vivió toda su vida con la única compañía de sus tres hermanas en una casa-taller en la Via Fondazza, de Bolonia (motivo de algunas de sus pinturas), con la excepción de algunos periodos estivales en una casa de campo en Grizzana (convertida hoy en museo), también en Bolonia. Aparte de viajes ocasionales a Florencia, Roma y Venecia, su único viaje al extranjero fue a Winterthur (Suiza), en 1956, con motivo de la presentación allí de una exposición de sus obras.

La que ahora podemos ver en la Fundación MAPFRE está concebida como una síntesis integral de su trabajo artístico. Estructurada en siete secciones, con un montaje muy limpio y ordenado, que permite un diálogo intenso de nuestra visión con las obras de Morandi, como él mismo reclamaba, para poder alcanzar la comprensión de lo que vemos. Estas fueron sus palabras: “Se puede viajar por el mundo y no ver nada. Para alcanzar la comprensión es necesario no ver muchas cosas, sino mirar atentamente lo que ves.”

Estos son los títulos de las siete secciones: Los inicios, Encantamientos metafísicos, Paisajes de duración infinita, El perfume negado, El timbre autónomo del grabado, Los colores del blanco y Diálogos silenciosos. Se presentan en total 109 obras de Morandi, y junto a ellas también 26 obras de 20 artistas actuales, en diálogo con él, para así resaltar el eco que llega hasta hoy de este artista solitario en el arte posterior. Destaca aquí la instalación escultórica de Tony Cragg Paisaje erosionado [Eroded Landscape] (1999), acumulación de objetos y recipientes de vidrio mateados con arena, y superpuestos en cuatro niveles.

Tony Cragg: Paisaje erosionado [Eroded Landscape] (1999). 
Vidrio mateado a la arena, 250 x 150 x 150 cm.

Las dos primeras secciones recogen los pasos artísticos iniciales de Morandi, con ecos del Impresionismo, el Cubismo, y de lo que en Italia se llamó La pintura metafísica (con las figuras centrales de Giorgio de Chirico y Carlo Carrà). Un rasgo definitorio de lo que sería su “lenguaje” propio fue la ausencia de la representación de figuras humanas en sus obras. Y por ello resulta significativa la presencia de dos pinturas: Bañistas (1915) y  Autorretrato (1925), y de una acuarela: Bañistas (1918), centradas en esa cuestión.

Naturaleza muerta metafísica [Natura morta metafisica] (1918).
Óleo sobre lienzo, 54 × 38 cm.

El lenguaje propio de Morandi se despliega a través de un proceso de ensimismamiento en una serie de motivos de representación que van y vienen en una intensa continuidad. Es obvio que con ello estamos ante una repetición sin límites. A través de la pintura, el dibujo, la acuarela y el grabado, Morandi centra su atención en la representación de paisajes, flores, y objetos, una vez y otra.

Lo más relevante es cómo lo hace. Cuida en todo momento las escalas y las distancias entre los elementos de la representación y de quienes miramos. En ello, podemos ver el efecto decisivo que da a la irradiación de la luz y la atenuación de los colores. Por otro lado, la repetición temática despliega un dinamismo en el que podemos apreciar un sentido rítmico (y, con ello, un sustrato musical).

Paisaje [Paesaggio] (1928).
Óleo sobre lienzo, 61,7 × 46,8 cm.

Los motivos centrales de la repetición morandiana se sitúan en su atención a los paisajes y las flores, ecos de la importancia que da a la naturaleza: “Expresar lo que está en la naturaleza, es decir: en el mundo visible, es la cosa que me interesa mayormente.” Pero, claro, en el mundo visible y para Morandi en la naturaleza, también están los productos de los seres humanos. Por ello, en sus paisajes vemos edificios, construcciones. Y las flores se guardan en floreros.

Y en consecuencia, entre sus motivos centrales de representación están los objetos, sin presencia humana, siempre en soledad: vasos, tazas, manteles, recipientes, cajas, y sobre todo botellas. Predominan los contenedores de líquidos. Es como si Morandi quisiera decirnos: ver es como beber la vida.

Naturaleza muerta [Natura morta ] (1937-1938).
Óleo sobre lienzo, 42 × 63 cm.

Si la repetición formal es una constante, también lo es la repetición conceptual que encontramos en el título de sus obras que más se repite: «Naturaleza muerta». Este rótulo del arte clásico es un eje de significación del arte de Morandi: los productos humanos que él selecciona tienen una existencia no activa, algo que se expresa muy bien en la versión en inglés del mismo rótulo: «Still life», literalmente: «Vida quieta».

Naturaleza muerta [Natura morta ] (1942).
Óleo sobre lienzo, 36 × 42 cm.

Bebiendo visualmente sus obras, con concentración, en profundidad, lo que podemos apreciar como eje central del trabajo artístico de Giorgio Morandi es lo que podemos llamar la abstracción figurativa. Y sobre ello, el propio Morandi indicó: ““Creo que nada puede ser más abstracto, más irreal, que aquello mismo que vemos. Sabemos que ninguna de las percepciones que los seres humanos tenemos del mundo objetivo se corresponden en realidad con lo que vemos y entendemos.”

En mi opinión, es esta una cuestión central, ya que el término “abstracción” se ha convertido en el rótulo excluyente del arte no figurativo, cuando en todas las líneas de expresión artística consistente hay abstracción. Y siempre suelo poner como ejemplo de ello Las Meninas, de Velázquez, sin duda una de las obras con mayor grado de abstracción a lo largo de la historia del arte.     

 

Morandi. Resonancia infinita. Fundación MAPFRE, Madrid. Comisariado: Daniela Ferrari y Beatrice Avanzi. Del 24 de septiembre al 9 de enero de 2022.

* Publicado en EL CULTURAL: - Edición impresa, 1-7 de octubre, pgs. 28-29. Edición online, https://elcultural.com/la-abstraccion-figurativa-de-morandi

miércoles, 15 de septiembre de 2021

El arte y la naturaleza posible

Texto elaborado por petición de la página web: Arti e Teologie (Italia), y publicado allí, en el marco de un conjunto de intervenciones en torno a ¿Qué puede hacer el arte por el ambiente?, en español y en italiano: https://www.artiteologie.it/, y ahora en este blog...

Eduardo Chillida: Monumento a la tolerancia (1992). Muelle de la Sal, Sevilla.

El arte y la naturaleza posible

El arte ha estado ligado siempre a la naturaleza, ha sido y es una vía de diálogo e interrogación de todos aquellos elementos del mundo sensible en el que habitamos los seres humanos. Dado que el arte es, en sentido preciso, una invención cultural que se desarrolla en la Grecia Clásica en un período de desarrollo que se fija entre los siglos VII y V a. C., parece importante interrogar nuestro presente y nuestro futuro en relación con el ambiente, con la naturaleza, remontándonos a las raíces de ese proceso. Saber de dónde venimos nos abre los ojos y la mente para comprender a dónde vamos.

Nada mejor para ello que volver a hablar con Aristóteles, probablemente el primero que fijó teóricamente de modo preciso y abierto qué es el arte. En Física (194a21), Aristóteles afirma: “el arte imita la naturaleza”. Y más adelante: “Las artes, sobre la base de la naturaleza, o llevan las cosas más allá de donde puede la naturaleza, o representan la naturaleza.” (Física 199a15). No meramente imitar o reproducir, como en algunas fases históricas se pensó, sino representar (lo que implica diálogo) o ir más allá de la naturaleza, de lo existente, a través de la mímesis, eso es lo que hacen las artes. Y, claro, también la reflexión, el pensamiento. Aunque hay un matiz importante: mientras que el pensamiento teórico, la filosofía, busca la verdad, la representación por medio de imágenes debe aspirar en todo momento a la verosimilitud.

El término mímesis ha sido tradicionalmente traducido como imitación, aunque su sentido preciso es el de representación sensible, o incluso más propiamente el de producción de imágenes. Ese sentido queda claramente explícito en la formulación de Aristóteles, en un contexto en el que a la vez afirma la unidad de las artes: “Puesto que el poeta es un imitador [μιμητς, mimetés], lo mismo que un pintor o cualquier otro productor de imágenes [εκονοποις, eíkonopoiós], necesariamente imitará siempre de una de las tres maneras posibles; pues bien representará las cosas como eran o son, o bien como se dice o se cree que son, o bien como deben ser.” (Poética 1460b).

Aristóteles, el discípulo de Platón, será el primero que reconcilie lo que es el planteamiento de una teoría general de la mímesis con la consideración de su valor positivo. Lo que uno encuentra, tanto en la Poética o en la Retórica, y sobre todo en algunos pasos de la Metafísica, es la idea de que las representaciones miméticas no reproducen sin más lo que hay en el mundo sensible, sino que a partir de los materiales del mundo sensible, y con la introducción de las formas que están en la mente del artífice, lo que éste hace es entrar en una dimensión que no es la dimensión de la phýsis, de la naturaleza, sino en la dimensión de lo posible. De aquello que no es ser, desde un punto de vista necesario, pero que puede llegar a ser. El planteamiento aristotélico implica la consideración de un mundo alternativo, donde hay manifestaciones de verdad y manifestaciones de moralidad, y por lo tanto no es un mundo meramente subordinado a la apariencia, como en cambio se sostiene en la teoría platónica.

Es importante destacar que en las maneras de representar Aristóteles distingue entre la reproducción, en el sentido de fijación en la memoria, el planteamiento que se sitúa en lo que se dice o cree, es decir lo que nos remite a la opinión (que en la actualidad podríamos identificar con todos los tipos y soportes de imágenes mediáticas), y por último en la que produce imágenes como deben ser, que es propiamente al que deben aspirar las artes y que implica la unidad profunda entre estética y ética. 

Si nos situamos así en el plano de lo verosímil y de una producción de imágenes sustentada en la unión de ética y estética, las artes: el conjunto de las artes, cuando alcanzan un registro de plenitud producen a partir de lo existente imágenes que van más allá de lo existente, nos dan las configuraciones de mundos alternativos posibles. Y esto implica que hoy, en una situación en la que el mundo natural está tan profundamente amenazado por una explotación técnica de los seres humanos sin límite ni control, las artes deben situarse en el primer plano para favorecer vías de conservación y cuidado de la naturaleza en todos sus ámbitos: una naturaleza plena de vigor, como espacio de nuestras vidas, es artística y realmente posible.


        Eduardo Chillida: Monumento a la tolerancia (1992). Muelle de la Sal, Sevilla.

Obviamente, no son pocos los artistas de nuestro tiempo que han desarrollado sus obras en esa perspectiva de respeto y diálogo con la naturaleza. En este marco de reflexión, simplemente quiero poner como ejemplo al gran escultor Eduardo Chillida (1924-2002). Su obra escultórica gira a lo largo de su amplio despliegue en una idea que él mismo formuló y que sirve de síntesis: dibujar en el espacio. Con eso se expresa la necesidad de desafiar la fuerza gravitacional de la naturaleza, el peso de los materiales y mostrar en éstos, a la vez que su despliegue espacial, los signos del paso del tiempo: el óxido, sobre todo, convertido en trazo del devenir, en raíz del contraste cromático entre la claridad y la sombra. En alegoría contenida del incesante proceso metamórfico de todo lo existente.

El papel: la madera, la terracota, el mármol, e incluso el hierro, el acero o el hormigón, adquieren, a través de las manos de Chillida, el perfil del aire, el tacto de la ligereza, la suspensión de lo ingrávido. Y de ese modo establecen una correspondencia con los elementos naturales: agua, tierra, fuego, y aire, todos ellos presentes en sus piezas. Aunque el predominio de lo aéreo, la tendencia a la elevación, sea el rasgo distintivo, de una forma de entender la escultura en que parece que ésta tuviera alas.

Esa es la cuestión decisiva: respeto al mundo natural y diálogo con sus formas. Chillida es uno de los mejores conocedores de esa comunicación íntima entre lo corporal y la tierra. En esa vía, el espacio se proyecta como forma de estar en el mundo: habitar. Y en el habitar vuelca el hombre su deseo de permanencia. Aunque eso sí: en sus diversas variantes constructivas la escultura de Chillida presenta siempre la cualidad de la elevación, el impulso de la ligereza. Nos da alas para volar hacia una naturaleza de plenitud. Otra naturaleza, ámbito de vida, fuerza de respiración, es verosímilmente posible, como nos dice el arte.


lunes, 12 de julio de 2021

Karl Kerényi: Los dioses de los griegos

 Imágenes de las vidas humanas

Oír directamente las voces de la Grecia antigua, de donde vienen las raíces culturales más intensas del universo cultural de Occidente. Eso es lo que nos da este libro ejemplar de uno de los conocedores más profundos de aquel tiempo histórico: Karl Kerényi (1897-1973). Nacido de padres húngaros de origen alemán en una localidad del entonces imperio austro-húngaro, hoy situada en Rumanía, Kerényi acabaría adquiriendo la nacionalidad suiza, utilizando como lengua de docencia y escritura el alemán.

Su especialidad fue la filología clásica, pero su amistad con Thomas Mann nos da una clave sobre la importancia de la literatura en su trabajo. Y junto a ello es también importante señalar su interés por el psicoanálisis, por los planteamientos de Sigmund Freud y Carl Gustav Jung, que nos permite comprender mejor la proximidad que establece entre los relatos míticos de la antigüedad y las cuestiones psicológicas.

No son pocas las ediciones en español de su amplísimo conjunto de obras, y la llegada de esta nueva versión de uno de sus libros más relevantes es todo un acontecimiento. Los dioses de los griegos tuvo su primera edición en inglés en 1951, a partir de la traducción del texto original en alemán. Fue publicado en español por la editorial venezolana Monte Ávila en 1991, y es esa la traducción, revisada por el mismo que la hizo entonces: Jaime López-Sanz, la que se publica ahora en Atalanta, con un sugerente prólogo de Luis Alberto de Cuenca.

La edición actual es impecable, aunque lamentablemente en ella no se recogen las reproducciones impresas de imágenes visuales de la antigüedad griega, seleccionadas por Kerényi, que sí estaban en la edición venezolana. Y es ésta una cuestión importante, pues como señala el propio Kerényi en su Introducción el objetivo central del libro es revelar el contexto original de la mitología griega, para producir “el efecto de una actividad de la psique caracterizada en imágenes.” (pg. 27). Es decir, Kerényi traza una línea de continuidad entre las imágenes verbales, recogidas en los relatos, y las imágenes visuales que se conservan en la cerámica y las esculturas de la antigua Grecia.

Siguiendo ese objetivo, y con un trasfondo de erudición verdaderamente impresionante, Kerényi crea un personaje ficticio: un narrador que nos habla directamente, que despliega su voz en el texto en el que se recogen las diversidades y variantes de los relatos míticos, construyendo así un relato en espejo con los relatos mitológicos. Un relato que propicia un viaje vivo en el tiempo, hasta la época de la antigüedad griega, a través de un relato trazado y expresado con la sensibilidad moderna del mundo occidental. En palabras de Kerényi: “Este libro es un intento experimental de reponer la mitología de los griegos (al menos hasta cierto punto) en su medio original: en el contar historias mitológico.” (pgs. 29-30).

Contar historias: el texto del libro se despliega en su plenitud literaria, eso sí: acompañado en los apéndices de toda una serie de registros que, más allá de la voz que nos habla directamente, nos remiten a las fuentes en las que bebe el relato, así como a los índices de dioses y personajes mitológicos, y al de los nombres de lugares. De este modo, si algo llama especialmente nuestra atención en el relato no perturbado, podemos profundizar con pleno rigor en las características de su formulación original.

El relato se articula en 15 secciones, que tienen como base nada menos que 909 fuentes originales. Esas secciones se despliegan en una articulación genealógica que proyecta luz acerca de dónde venimos: el mundo de los dioses, los titanes, los héroes, y dónde se sitúa nuestro inicio: los procesos de nacimiento y despliegue de la humanidad. Impresiona la gran complejidad e intensidad del relato. Y Kerényi alude al psicoanálisis cuando establece una comparación, algo de gran relieve, entre obra mitológica y obra de arte: “la «obra» mitológica contenía, como toda obra de arte, elementos tanto conscientes como inconscientes.” (pg. 36).

El mar, los ríos, la noche, el viento: las raíces del mundo. La figura de Eros, el que nació primero de todos los dioses y reveló el mundo. De los astros a los cuerpos, de las metamorfosis a la estabilidad de lo que permanece. La voz del narrador pone ante nuestros ojos y nuestra sensibilidad cómo todo aquello que fue en otro tiempo sigue estando, a través de variaciones, en nuestras vidas. Relatos de dioses, imágenes de las vidas humanas.   

 

* Karl Kerényi: Los dioses de los griegos. Traducción de Jaime López-Sanz. Prólogo: Luis Alberto de Cuenca. Atalanta, Girona, 2021. 367 pgs.

* Publicado en EL CULTURAL: - Edición impresa, 9 de julio, pgs. 28-29. Edición online, https://elcultural.com/el-mundo-todavia-vivo-de-los-dioses-griegos 


miércoles, 30 de junio de 2021

Exposición de Antoni Tàpies en Chillida Leku

 

Tàpies y Chillida: vivos en el tiempo

En el arte hay referencias y procesos de comunicación y diálogo que se van articulando a través del tiempo. La relación entre dos de los artistas más referenciales del siglo XX: Antoni Tàpies (1923-2012) y Eduardo Chillida (1924-2002) constituye uno de los registros más intensos de ese proceso de abrir y compartir horizontes y temáticas creativas, a través de un flujo de amistad y profundos intercambios personales.

La muestra que se presenta en Chillida Leku, el Sitio Chillida, y construida como un diálogo entre Tàpies y Chillida al llevar un conjunto de obras de gran calidad del artista catalán al espacio plenamente diseñado y construido por el artista vasco, es algo verdaderamente excepcional en el sentido antes indicado. Situado cerca de Hernani, Chillida Leku es un espacio de gran amplitud, que se recorre viviendo en naturaleza, donde el artista remodeló un caserío tradicional: el caserío Zabalaga, en un marco de jardines y bosques donde respiran al aire libre algunas de sus hermosas esculturas.

Ocho cruces [Vuit creus] (1981). Pintura y gofrado sobre papel y tela, 51 x 66 cm. 

Tàpies en Zabalaga se ha puesto en píe con la colaboración de la Fundación Antoni Tàpies, de la familia Tàpies, y con algunos préstamos de colecciones privadas. Bajo la supervisión de Mireia Massagué, Directora de Chillida Leku, se presentan 14 obras, más tres libros de artista en los que Tàpies colaboró con tres grandes poetas: el francés Jacques Dupin (1968), Joan Brossa (1973), y Rafael Alberti (1977). Además de los libros, se muestra un grupo de litografías de gran formato extraídas de las intervenciones de Tàpies en ellos.

Las obras elegidas: 9 esculturas y 5 pinturas, datadas entre 1980 y 1991, se fueron situando, sin una ordenación cronológica, en tres salas en los espacios de arriba del caserón, ocupando enteramente toda la planta, y buscando siempre el mejor diálogo plástico con los espacios concebidos por Chillida. Las obras de Tàpies allí desplegadas van así hablando continuamente con los muros de piedra y ventanas abiertas al exterior natural del caserón.

La datación de las piezas tiene bastante que ver con un acontecimiento concreto: fue en 1981 cuando Antoni Tàpies, animado a ello por Eduardo Chillida, empezó a experimentar con la tierra chamota, un material escultórico granular obtenido por la pulverización de ladrillos, piedras, o material cerámico, y que él ya utilizaba. Se subraya así el paralelismo, o diálogo, entre uno y otro. Y con ello, un rasgo común que caracteriza sus admirables trayectorias: la obra artística como expresión y síntesis del paso de la materia a la interioridad, a las dimensiones conceptuales y poéticas.

Zapatilla [Sabatilla] (1986). Tierra chamota, 51 x 206 x 85 cm. 

Las esculturas de Tàpies, en su diversidad de formatos y escalas, impresionan de verdad. Zapatilla (1986), con sus más de dos metros de largo, y depositada en el suelo, nos hace pensar en un espacio donde acostarse o refugiarse. Cabeza vendada (1989), sin cuerpo y con más de un metro de largo, nos lleva a la experiencia del sufrimiento sin límites ocasionado por la violencia desenfrenada. Composición (1991), una construcción con nichos blancos de hormigón superpuestos con su desdoblamiento por delante y por detrás, nos transmite los ecos de la fugacidad de la vida y el carácter inevitable de la muerte.

Cabeza vendada [Cap embenat] (1989). Esmalte sobre tierra chamota, 86 x 133 x 100 cm. 

Las pinturas seleccionadas tienen en sus soportes materiales, por ejemplo tierra cocida o lava, una intersección con la escultura. Y es que esa mezcla, esa intercomunicación, entre pintura y escultura, a través de los registros inorgánicos de la materia, es una de las claves más profundas del trabajo artístico de Tàpies. Pero aún hay otro aspecto de gran importancia: tanto en las esculturas como en las pinturas vemos continuamente inscripciones: números, palabras, o letras, fundamentalmente sus iniciales, A. T. Son signos. Y además de las inscripciones está su voluntad de representar, de dejar los ecos de lo que se ha utilizado o se ha visto en el proceso de realización de la obra, algo que el mismo Tàpies llamaba huellas.

Composición [Composició] (1991). Pintura al óxido sobre hormigón refractario, 160 x 243 x 59 cm.

Se articula así en sus obras una escala de significación, a través de la materia, los signos y las huellas. Discurriendo en esa escala, Tàpies: escritor de las formas desnudas, nos lleva de la materia al espíritu. En un texto, escrito en catalán, que se presenta en uno de los muros de la muestra, se recogen sus palabras: “Pienso que una obra de arte tendría que dejar perplejo al espectador, hacerlo meditar sobre el sentido de la vida.” 

Libro I [Llibre I] (1987). Pintura sobre bronce, 80 x 54,5 x 15 cm. 

De la materia al espíritu: la obra de Tàpies exige que el espectador participe, interactúe con los signos, huellas, soportes materiales y objetos que hablan, a la vez, a los sentimientos y a la mente. La centralidad de la dimensión comunicativa es lo que confiere a todas sus piezas una profundísima capacidad evocativa y, a la vez, el rebote que rechaza la mirada superficial, aquella que se contenta con la mera liturgia de la aproximación y el recogimiento confuso ante las obras de arte. Especialmente relevante en ese sentido es la escultura/libro Libro I (1987) en esta muestra, un libro escultórico con pintura sobre bronce en el que sólo podemos leer las inscripciones externas y las huellas y modulaciones de su forma. Pero que nos indica con intensidad la importancia de leer y comunicar.

En cualquier caso, lo más importante, en Tàpies, es que ese viaje hacia la dimensión espiritual no implica en ningún caso homogeneidad abstracta, sino un amor por las diferencias, por la salvaguardia de la particularidad del signo y la huella. Y ahí se sitúa, en lo que él llama "el elemento meditativo", el rasgo central de su contribución al arte, que podemos apreciar intensamente en este diálogo abierto en el tiempo con Eduardo Chillida.

 

 

Tàpies en Zabalaga. En Chillida Leku, Guipuzcoa. Comisariado: Nausica Sánchez, Estela Solana, y Mireia Massagué. Del 10 de junio de 2021 hasta el 10 de enero de 2022. [IMÁGENES DE LAS OBRAS: fotos de Álex Abril].

* Publicado en EL CULTURAL: - Edición impresa, 18-24 de junio, pgs. 30-31. Edición online, https://elcultural.com/tapies-y-chillida-vivos-en-el-tiempo

 

domingo, 23 de mayo de 2021

Exposición de Ricardo Calero en Zaragoza

 Escultor de palabras

Uno de los aspectos que más impresiona en el trabajo artístico de alcance es su capacidad para interrogar lo que nos rodea y no siempre vemos ni sentimos. La trayectoria de Ricardo Calero (Villanueva del Arzobispo, Jaén, 1955; aunque desde 1956 reside en Zaragoza) ha tenido y tiene en todo momento su núcleo en esa capacidad de interrogación. Ricardo Calero es escultor, pero como artista de nuestro tiempo su dinámica creativa se despliega en un proceso multimedia, que integra además de la obra de tres dimensiones el dibujo, el collage, la fotografía, el vídeo, las acciones documentadas, y las instalaciones.

Horadados - Más allá de la pared (1986-2011). Tríptico.
Fotografía, horadado y gofrado sobre papel [De la serie Acción de luna]

A todo ello podemos acceder en esta excelente muestra que recoge un conjunto de sus obras que va desde 1984 a 2019. La presentación no tiene un orden cronológico, sino que se articula poética y conceptualmente en siete estancias con los rótulos: Ausencias, Vacíos del silencio, Pulsiones de luz, Al alba, Sueños en el mar, Memoria del natural, y Pensar el sentir.

Lo que vamos viendo en el recorrido nos lleva desde fuera a dentro, de lo externo al interior de nuestra sensibilidad y nuestra mente. Los distintos soportes nos conducen a través de la materialidad, las palabras inscritas y el silencio. Nos desplazamos sintiendo aquello que nos falta: las ausencias, las palabras, la luz, el amanecer, los sueños acuáticos, la naturaleza viva y lo sensible.

De la siembra... (2005-2007). Fotografía de la acción, 50 x 40 x 1 cm. 
[De la serie Pensar el sentir].

Reflejos de la vida de hoy, en la que el ruido incesante y absorbente casi no deja espacio para la significación del sonido y el habla de lo sensible. Ricardo Calero nos lleva, haciendo pensar las imágenes, al contraste con una naturaleza devastada, o a esos flujos de migraciones humanas contenidos por fronteras no siempre visibles pero de una efectividad plena.

Sueños azules (2007-2008). Fotografía sobre lona, lágrimas de vidrio y anzuelos, 
de instalación escultórica, 360 x 260 x 30 cm. [Del proyecto Sueños en el mar].

Vemos las letras caídas en la tierra o en los suelos urbanos, sin capacidad para formar palabras. Los pasaportes sobrevolando el mar, yendo de una mano a otra, o plenamente deteriorados, así como el barco fragmentado, caído en un mar de letras, las mochilas y las maletas del viaje a ninguna parte. Y también las imágenes de flores, ramas y trozos de árbol caídos, así como las huellas vegetales que el curso del tiempo fija en los papeles. Todo ello, un flujo abierto, entre la memoria y el olvido. Y no faltan las imágenes de las sillas, que son para Ricardo Calero símbolos del diálogo: situándonos en ellas podemos oír y hablar, intercambiar palabras vivas.

Construcción del diálogo (2013-2019). Imagen de vídeo, de instalación con sillas 
de hierro, bronce y madera. Medidas variables [De la serie Espacios del sentir].

En todo ese recorrido por sus obras es obvio el eco de Las ensoñaciones del paseante solitario, de Jean-Jacques Rousseau, en las que se modula un andar a solas en la naturaleza que permite establecer un diálogo con ella. Y también el del paseante en la ciudad sin rumbo fijo, el flâneur de Charles Baudelaire, quien puede ver ante sus ojos lo maravilloso allí donde los que van apresurados no son capaces de ver nada. Un trasfondo que nos conduce a la filosofía, como el propio Calero reconoce, escuchando así también en sus obras ecos de El ser y la nada, de Jean-Paul Sartre.

Pero, eso sí: lo que queda claro al final, en síntesis, es que Ricardo Calero es un escultor. Pero un escultor bastante especial, pues lo que hace es identificar las palabras que dan sentido, ya que según considera todo escultor analiza las formas, y la palabra es la primera forma de expresión. De eso se trata: de dar forma a las palabras, de rescatar sus formas del silencio para hacerlas pasar a nuestra sensibilidad y nuestra mente. Ricardo Calero, escultor de palabras.

 

* Ricardo Calero: espacios del sentir. Comisariado: Rosina Gómez-Baeza y Lucía Ybarra. La Lonja, Zaragoza. Del 7 de mayo al 4 de julio de 2021.

lunes, 17 de mayo de 2021

Exposición en CaixaForum, Madrid

 

   Somos cuerpos

Estamos ante un acontecimiento muy especial. En él se reúne un conjunto de piezas muy diversas, en una proyección de siglos, y provenientes de los cinco continentes del planeta, que nos muestran la importancia central de la representación del cuerpo para plasmar los múltiples sentidos de la humanidad. Con el comisariado de Brendan Moore, conservador del Departamento de Exposiciones Internacionales del British Museum, se presentan 145 piezas de los fondos de esa institución, junto a 7 obras de la colección de la Fundación “la Caixa”, una instalación del Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona, y una instalación interactiva del artista Rafael Lozano-Hemmer: Asamblea registrada, que capta en su pantalla las imágenes de aquellos que se sitúan frente a ella, imágenes que se van superponiendo y después desaparecen.

Rafael Lozano Hemmer: Asamblea registrada
Ordenador, pantalla, cámara, software personalizado. Dimensiones variables.

El planteamiento se articula en cinco secciones: Belleza ideal, La expresión de la personalidad, El cuerpo divino, La encarnación del poder, y El cuerpo transformado. Con ellas se transmiten las referencias que diversifican las representaciones de lo humano: lo bello contrapuesto a lo real, la individualidad de las personas, lo divino con registros de humanidad más allá de lo humano, las figuraciones de los poderes políticos, las representaciones de traumas, las figuras funerarias, y las transformaciones contemporáneas de las representaciones corporales.

Los soportes de las piezas son variadísimos: las esculturas, las piezas en relieve, las tallas en madera, los retratos de moneda romanos, las medallas con rostros, dialogan con los formatos y soportes artísticos, desde los tradicionales hasta los de ahora mismo. Entre todas ellas hay un flujo continuo de interrelaciones, porque lo que vamos viendo son los distintos registros, en la variedad de ámbitos etnológicos y situaciones históricas, con los que las representaciones corporales activan nuestra forma de ser y estar en el mundo.

Eso sí, somos ante todo cuerpos, cuerpos cambiantes por las distintas articulaciones simbólicas y culturales en las que se despliegan las vidas humanas. Cuerpos que viven en la metamorfosis de los giros de las culturas y de las épocas. Cuerpos y tiempos.

En forma de pregunta: “¿El retrato más antiguo de la historia?”, se presenta la pieza con más años de la muestra, el Cráneo humano modelado, un cráneo humano real, intervenido con yeso y concha, y datado nada menos que hacia el 8.200-7.500 antes de Cristo. Impresiona profundamente esa imagen residual de una cabeza humana, que nos da un retrato directo de nuestro soporte óseo permanente en el curso del tiempo durante el espacio temporal de una vida humana concreta.

Cráneo humano modelado. Tell-es Sultan (antigua Jericó). C. 8.200-7.500 a. C. 
Hueso humano, yeso, concha, 20,3 cm. alt. British Museum, Londres.

Y el contraste que se establece entre ese cráneo y el vídeo del artista colombiano Óscar Muñoz Re/trato (2003-2004) interroga en profundidad nuestros sentidos de la existencia. En el vídeo vemos una mano que dibuja continuamente un rostro humano que una vez y otra se borra: no hay forma de terminar el re/trato, ¿por qué...? Óscar Muñoz utiliza como soporte una losa calentada por el sol y pinta sobre ella con un pincel mojado en agua. Pero luego el calor de la piedra hace desaparecer el rostro. Una obra de gran densidad artística que establece un ejercicio de comparación con la desaparición de las identidades humanas producida por la falta o la pérdida de la memoria, y por el paso del tiempo.

Óscar Muñoz: Re/trato (2003-2004). Vídeo monocanal, color, sin sonido, 28 min. 
Dimensiones variables. Colección la Caixa Arte Contemporáneo, Barcelona.

Particularmente relevante, como algo que nos interroga desde nuestro presente, es la obra fotográfica de la artista yemení Boushra Almutakawel Madre, hija y muñeca (2010), compuesta por nueve imágenes en las que las tres imágenes (de ella misma, de su hija, y de una muñeca) van siendo progresivamente cubiertas por pañuelos y velos, hasta que acaban desapareciendo plenamente en la oscuridad del negro que sirve de fondo desde la primera imagen. Lo que vemos: un proceso de ocultación de la identidad femenina.

Boushra Almutakawel: Madre, hija y muñeca (2010). 
Copias fotográficas, 60 x 40 cm. British Museum, Londres.

La línea de articulación en esa amplísima y densa diversidad de representaciones corporales es el retrato humano, núcleo expresivo de todas las piezas. En este punto es interesante retrotraerse a la genealogía de la palabra retrato, proveniente de la palabra latina «retractus», que significa alejado o retraído, y que asocia su sentido a sacar algo de nuevo, a hacerlo revivir.

Vamos así pasando ante una gran diversidad de imágenes de cuerpos, de retratos de la humanidad, que van desde las etapas más remotas de la Prehistoria hasta ahora mismo, desde figuras utilizadas en prácticas ceremoniales, en ámbitos religiosos, o en articulación con la política y los medios de comunicación social, a propuestas que despliega el arte a través de sus siglos de existencia. Una mirada crítica nos debe llevar a diferenciar las imágenes artísticas de las no artísticas. Pues los retratos de la humanidad tienen una existencia en el tiempo más larga que la del arte, que en un sentido propio es un descubrimiento cultural, un proceso que se abre en la Grecia clásica cuando a partir del s. VI a. C. comienza a darse un sentido plenamente positivo a lo que entonces se llamó «mímesis artística», la producción autónoma de imágenes.

La obra más relevante en la muestra de aquel momento histórico es una estatua de Eros, copia romana de un original griego (c. 360-330 a. C.) que se sitúa en la Acrópolis de Atenas. La estatua está profundamente dañada: sin cabeza, con los dos brazos y el órgano sexual cortados, así como con desperfectos en el pecho y en el estómago. Se dice que todo ello pudiera deberse a las agresiones de los primeros cristianos, en oposición intensa a las creencias y representaciones religiosas de la Antigüedad clásica.

Estatua de Eros de la Acrópolis de Atenas. Adaptación romana de un original 
griego de c. 360-330 a. C. Mármol, 142 cm. alt. British Museum, Londres.

En conclusión, el punto al que llegamos es que, más allá del fondo biológico común a toda la especie, lo que llamamos «naturaleza humana» suele desplegarse habitualmente en proyectos concretos, culturales, sociales o políticos, no siempre suficientemente explícitos, de articulación de la vida. Los retratos de la humanidad, las imágenes del hombre así producidas estéticamente, articulando tanto las dimensiones conceptuales como las sensibles, fijan nuestros criterios de la vida, dónde nos situamos. Imágenes de la humanidad: retratos de cuerpos humanos investidos de sentidos de permanencia. 


La imagen humana. Arte, identidades y simbolismo. Comisario: Brendan Moore. CaixaForum, Madrid. Del 28 de abril al 16 de enero de 2022.

* Publicado en EL CULTURAL: - Edición impresa, 14-20 de mayo, pgs. 36-37. Edición online, https://elcultural.com/somos-cuerpos

 

martes, 30 de marzo de 2021

Antoni Muntadas en el Museo de Bellas Artes de Bilbao

Ciudad y tiempo

Tras dos años de intenso trabajo, Antoni Muntadas (Barcelona, 1942) presenta lo que él denomina un «proyecto», y no una exposición. En él reconstruye el devenir histórico del urbanismo de Bilbao, siguiendo como línea de articulación el recorrido de la ría del Nervión y las distintas intervenciones arquitectónicas que se han ido sucediendo en la ciudad. El título del proyecto: «La ciudad vacía», alude a cómo esas intervenciones, con su carácter monumental, habrían ido ocasionando el vaciamiento de la urbe. Una cuestión que alcanza un eco profundo con las experiencias de la pandemia y el confinamiento que hemos vivido en los últimos tiempos.

El trabajo artístico de Muntadas tiene un interés y alcance conceptual muy profundos, en él ha ido integrando siempre la indagación sobre el lenguaje, sus usos sociales, y sus dimensiones políticas. En esta ocasión, todo ello se sintetiza con su atención a la arquitectura, que ha constituido un núcleo central de sus actividades como profesor en el Departamento de Arquitectura del Instituto de Tecnología de Massachuseetts (MIT) entre 1990 y 2014, así como en el Instituto Universitario de Arquitectura del Véneto, en Venecia, desde 2004.

Muntadas sitúa como núcleo de este proyecto multidisciplinar una serie de propuestas, iniciada en 1995, que lleva como título «On Translation» («Sobre la Traducción»), y que según aclara «hace referencia no a la traducción palabra a palabra, sino a la traducción cultural.» En esa línea, el proyecto «La ciudad vacía» se despliega en tres secciones y un complemento, aunque ya en la sala de entrada a los espacios destinados a su presentación encontramos dos baldas con catálogos anteriores de diversas propuestas de Muntadas, lo que resalta la línea de continuidad de lo que podemos ver, leer y oír ahora.

El complemento, que Muntadas caracteriza como una serie de anotaciones audio-visuales «a pie de página», tiene el carácter de un «preámbulo» de la investigación sobre Bilbao. Aquí encontramos tres vídeos anteriores: Dérive Veneziane (2015), Guadiana (2017) y Finisterre (2017), que alcanzaron un importante eco en sus proyecciones públicas y que nos llevan a otras confluencias de aguas y ciudades. Los signos de la escritura se confrontan con las imágenes visuales, pues en los bancos pintados de blanco dispuestos para sentarse a ver los vídeos encontramos inscritas, con un color negro intenso, las palabras TRANSITAR, TRANSFORMAR y TRANSCURRIR.

«Vacuum / Plenum»

La primera sección tiene como título «Vacuum / Plenum», palabras en latín que contraponen «Lo vacío y Lo lleno». Esa contraposición se articula en dos caras contrapuestas de una pantalla. En una van pasando en loop imágenes en blanco y negro de la ciudad, tomadas con cámara fija. En ellas vemos el despliegue de las aguas del núcleo acuático: la ría, de la ciudad de Bilbao. Todo ello, en silencio. Y en el banco para sentarse encontramos la inscripción TRADUCIR.

                                             «Vacuum / Plenum»                                             

En la otra, las imágenes en color nos llevan a la ciudad habitada, con sus construcciones arquitectónicas en torno a la ría, con gente que va y viene. En los muros hay una serie de citas de Walter Benjamin (extraídas de su Obra de los Pasajes, y en concreto del capítulo París, capital del siglo XIX). Entre ellas, por su relación directa con el proyecto de Muntadas, me parece importante destacar las siguientes: «El sentimiento de pertenencia a una ciudad va siempre unido por sus habitantes… / […] creando así un vacío antes de que apareciera el siguiente / […] nunca nos es posible recordar por completo lo que hemos olvidado […]». En el banco para sentarse a ver está la inscripción TRANSMITIR.

«Vacuum / Plenum»

Y es importante tener en cuenta que hay una entera sincronía entre las dos proyecciones, en las que se ven los mismos espacios, pero eso sí: en momentos diferentes del tiempo en la ciudad.

La segunda sección: «On Translation: La Ría», tiene como punto de partida el cuadro de Darío de Regoyos (1857-1913) La ría de Bilbao (c. 1910), que se confronta con la visión de la ría que transmite Google Earth. En este caso, se contraponen dos grabaciones sobre la ría que podemos oír. Una es la de la audioguía de la ciudad, con su carácter pretendidamente «oficial», mientras que la otra, del escritor Iñaki Uriarte, transmite una visión crítica de cómo se ha ido interviniendo arquitectónicamente en Bilbao en las últimas décadas.

En la tercera sección: «Suntsiketa / Eraikuntza», palabras en euskera que significan «Destrucción / Construcción», vemos un conjunto de fotos fijas de obras, edificios, pandemias e inundaciones, en blanco y negro y en color, viradas en negativo, con lo que se les pretende dar «un sentido fantasmal». En el banco en blanco para sentarse está la inscripción TRANSGREDIR, y además se puede también oír una grabación de unos «bertsolaris», en vasco improvisadores populares de versos.

«Suntsiketa / Eraikuntza» [«Destrucción / Construcción»]

Un signo central del proyecto de Muntadas es la repetición del prefijo TRANS en las inscripciones de los bancos, con las que según él indica nos lleva al origen del proyecto en su «On Translation», y con los sentidos de «a través» y «transmitir», pues con ello se quiere suscitar «participación» en aquellos con los que comparte sus proyectos. Lo que intenta es desencadenar un proceso que implica un paso de mirar a ver y percibir.

En definitiva, este profundo y excelente proyecto nos lleva, a través de la visión y percepción del flujo acuático y arquitectónico de Bilbao, a una consideración del carácter dinámico, fluido, tanto de las aguas como de las ciudades, puestas en espejo: ciudad y tiempo.

 

Muntadas. La ciudad vacía. Comisaria: Guadalupe Echevarría. Museo de Bellas Artes, Bilbao. Del 19 de marzo al 5 de septiembre de 2021.

* Publicado en EL CULTURAL: - Edición impresa, 26 de marzo -1 de abril de 2021, pgs. 26-27. Edición online, https://elcultural.com/muntadas-ciudad-y-tiempo