sábado, 16 de diciembre de 2017

«Más allá, pero aquí mismo»: ENTREVISTA.

Laocoonte [SeyTA: Sociedad de Estética y Teoría de las Artes], nº 4, 2017, pgs. 11-21.

CONVERSANDO CON
                    
 “Más allá, pero aquí mismo”
Entrevista con José Jiménez
por Miguel Salmerón Infante

La invitación del director de Laocoonte, Anacleto Ferrer, a entrevistar a José Jiménez produjo en mí sentimientos encontrados. Por una parte, entendía que suponía un estímulo poder intercambiar impresiones con una figura de indiscutible relevancia en el panorama de la Estética. Por otra, se despertó en mí la inquietud de no saber si, por tratarse de un maestro y un amigo, iba a conseguir una conveniente distancia para estar a la altura del reto. José me recibió en su despacho y la conversación fue tan sustanciosa como agradable. Sentí su bienestar al poder hablar de una impresionante trayectoria y un prolongado compromiso con la Estética y la Teoría de las Artes, que ha ido mucho más allá de la estricta dimensión académica.


Miguel Salmerón: Quiero empezar hablando de cómo surge tu vocación filosófica.
José Jiménez: Mi interés por la filosofía surgió muy pronto. Estudiaba bachillerato y en el primer año de bachillerato superior, en quinto de bachillerato, leí un libro de introducción a La Filosofía de Kant, de Manuel García Morente[1]. Aunque en un principio había elegido la opción de ciencias, ese libro fue para mí una motivación especial para adentrarme en la filosofía, y así en sexto cambié mi elección por la del bachillerato de letras. A partir de entonces, mi atención estaba ya muy centrada en la filosofía.
M. S.: Y entonces, comenzó tu periplo de estudiante universitario.
J. J.: Sí, fue en la Universidad Complutense. Cursé y superé los exámenes de comunes allí. Mi radio de acción, aparte de la filosofía, abarcaba más campos. Me interesaba mucho la filología, sobre todo lo relacionado con los textos clásicos y la literatura en todos los ámbitos. La situación que entonces había en la Universidad Complutense era desigual. Hablé con uno de los profesores que tuve en los años de comunes: Luis Cencillo, para que me orientara sobre cómo se podía estudiar bien filosofía en España, leyendo en profundidad a los clásicos: de la Antigüedad griega y latina, la filosofía medieval, clásicos de la modernidad... El consejo de Cencillo fue que estudiara Filosofía en la Universidad Pontificia de Comillas, que estaba instalándose en Madrid. Yo era laico, he sido laico toda mi vida, y estudiar en una institución de identidad religiosa me chocaba. Sin embargo, tomé esa decisión y pienso que fue acertada, pues mi formación de tres años allí me permitió un acceso y un estudio riguroso a los clásicos de la filosofía. Además, en la Universidad de Comillas tuve la suerte de conocer a un profesor y a un estudioso que marcó mucho mi trayectoria: José Gómez Caffarena. Caffarena era uno de los mejores expertos en el conocimiento de la filosofía de Kant, un autor muy importante en la evolución de mi línea de trabajo. A la vez que trabajaba: siete horas al día, estudiaba. Después, cumplí mi servicio militar en Melilla y a la vez cursé estudios de Antropología de América en la Universidad Complutense. Algo que también pasa a incorporarse a mi trayectoria intelectual, pues siempre me he planteado desarrollar una filosofía antropológica, o, si se quiere, una filosofía no metafísica.
En el año 74 comienzo mi desempeño como docente. Concretamente en un Instituto de Enseñanza Media, y como profesor de una asignatura de Filosofía de la Historia en la Universidad Pontificia de Comillas en Madrid. En el 75 obtengo una Beca de la Fundación Juan March en Filosofía, con vistas a la realización de mi tesis doctoral. Ese mismo año, entro como profesor en la Universidad Autónoma de Madrid, y en ella se produce mi encuentro con otra de las figuras referenciales en mi vida: Carlos París. París había puesto en marcha un Departamento de Filosofía interdisciplinar, que significaba un gran cambio en la organización de la filosofía académica en España.
M. S.: Si hubiera que ubicar en tu obra una noción o concepto-eje es el de “imagen”, es decir, y según tu propia caracterización: “forma simbólica de conocimiento e identidad”. Al hilo del estudio de tu obra, entiendo que la lectura de varios filósofos ha sido importante para tu concepción de esa categoría. Aparte de aquellos a los que tú puedas hacer alusión y que me hayan pasado inadvertidos, quisiera empezar por Platón. ¿No es sorprendente que tu diálogo filosófico en torno a la imagen comience por un autor que no parecía tener gran aprecio por la producción de imágenes, tal y como queda constancia de ello en República, VII y República, X?
J. J.: Platón fue el primer filósofo que elaboró una teoría de la imagen. Es cierto que en su pensamiento la imagen queda por debajo del conocimiento de la verdad, y que estaría situada en el ámbito de lo sensible. Sin embargo, su concepción filosófica de la imagen constituye un punto de partida imprescindible. Es la primera vez que el término “imagen” se unifica, y se convierte en materia de reflexión filosófica. Imagen es para mí una categoría filosófica y antropológica, y a mi juicio la teoría de Platón es muy importante como primera aportación. Tras ese punto de partida, inmediatamente después, me parece decisiva la complementariedad que aporta teóricamente Aristóteles a Platón. Posteriormente, hay otras aportaciones, aunque, para mí, la de Kant es absolutamente central. Y ya en una época más cercana a nosotros, considero que lo que Walter Benjamin plantea cuando habla de “imágenes del pensamiento” [Denkbilder] tiene una gran relevancia. Yo reformulo la expresión de Benjamin como “pensamiento en imágenes”, y es que la reflexión filosófica también produce imágenes.
Para pensar filosóficamente la imagen le doy igualmente una gran importancia a Ernst Cassirer y su “filosofía de las formas simbólicas”. Y ya algo después, en el terreno específico de la antropología cultural, al conjunto del pensamiento de Claude Lévi-Strauss. En síntesis, con todas estas referencias teóricas activas como trasfondo de mis libros y de mi trayectoria, desarrollo una teoría filosófico-antropológica de la imagen que conecta con el sentido de reflexión crítica de la modernidad que abren Kant y los filósofos de la Ilustración. Concretamente, con la consideración de la filosofía como filosofía crítica y comprometida con nuestro tiempo. Toda esta línea teórica permite pensar la imagen y los distintos tipos de imagen en el mundo actual y habilitar una crítica de las mismas.
M. S.: Y finalmente, en torno a los pensadores con los que has mantenido un diálogo para abordar la “imagen” me gustaría que nos hablaras de Wittgenstein, de sus Investigaciones filosóficas y su noción de “juegos de lenguaje”.


J. J.: Para mí Wittgenstein también es una referencia muy importante. Es un filósofo al que voy y al que vuelvo continuamente. Los Sprachspiele, los “juegos de lenguaje”, me parecen un planteamiento muy interesante. Primero, de autocrítica de lo que fue su periodo de integración en la filosofía analítica y de la consideración del lenguaje como una relación unívoca con la realidad observacional. Lo que Wittgenstein estructura con los Sprachspiele es una consideración del lenguaje como efecto pragmático en relación con el contexto en el que se sitúa, y aquí las significaciones son muy abiertas. El poder que tiene esta aportación de Wittgenstein me parece hasta tal punto importante, que hace unos años organicé una exposición con el título Juegos de lenguaje [2]. En ella, situaba los juegos en relación con el arte contemporáneo, en el mismo sentido en el que los niños cuando juegan estructuran una significación. Así como en un juego infantil un sofá puede convertirse en un castillo, o una silla en un león, los artistas actúan sobre estructuras y pautas de significación a las cuales les dan un sentido o sentidos alternativos. Además, el concepto es muy importante para comprender la dinámica ficcional de la imagen.
M. S.: Quizás es señal de que para ti el pensamiento filosófico consiste en abordar contradicciones, el primer ensayo de calado que haces es un estudio de la “imagen” del ángel caído. ¿No se trata de un tema de connotaciones excesivamente trascendentes para ubicarlo en una filosofía como la tuya que describes como un materialismo antropológico?


J. J.: A mí me interesaba mucho algo muy presente en la literatura, en las artes visuales, y también en el propio pensamiento filosófico en el siglo XX. Se trata de posiciones que en un ámbito de cultura eminentemente laica siguen manteniendo la pervivencia de una imagen procedente de un contexto religioso. Los ángeles sólo existen como figuras simbólicas en un contexto cristiano, no en otras religiones. A mí me interesaba la figura del ángel, pero, en particular, la figura del ángel caído, que aparece casi a modo de réplica en el espejo en la cultura occidental a partir del romanticismo. Esta figura significa el deseo de elevación que existe en todos los seres humanos y, sin embargo, la inevitable caída. Porque, aunque nos gustaría poder volar, no podemos volar. Sin embargo, esa voluntad de elevación permite una actitud de confrontación con todo aquello que limita, sojuzga, e impide una realización más plena de la humanidad. Por eso, para mí la imagen del ángel caído representa rebeldía y voluntad de ir más allá de las cosas tal como están.
M. S.: Bloch y Marcuse nos hablan del poder que tiene la utopía, del necesario concurso de ella para la anticipación de una situación humana de plenitud. Schiller, dentro de una tradición mentora tanto de Bloch como de Marcuse, nos habla de una educación estética de la humanidad. A través del contacto con el arte y el ejercicio de éste se alcanzaría un estado de formación ¿No sería esta propuesta desvirtuadora en dos sentidos? ¿Desvirtuadora del cambio social, que se acomete desde la asunción de las condiciones objetivas y no de las ficciones estéticas, y desvirtuadora del propio arte que parece desde estos parámetros condenado a ser arte político o de tendencia?
J. J.: Creo que no hay contradicción. Afirmar la intensidad utópica de la experiencia estética es algo que tiene que ver con el concepto de imagen. A través de la experiencia estética, se formulan alternativas a lo que hay en términos de imagen. Lo que ocurre es que esa formulación a través de la experiencia estética puede ser más profunda o menos, más o menos lograda. Desde el punto de vista filosófico, a mí me parece muy importante la elaboración de Ernst Bloch, porque sigo pensando en la relevancia de mantener la dinámica de lo que él formula como Principio esperanza, es decir proyectar un pensamiento crítico sobre lo que hay, voluntad humana de ir más allá. El pensamiento de Herbert Marcuse, que inaceptablemente está hoy algo entre paréntesis, me parece también muy importante, porque en él se establece una síntesis de utopía y de crítica. Por ejemplo, su reflexión en torno al consumismo en El hombre unidimensional, que se publicó en 1964, es de una profundidad notable. De hecho, el fenómeno del consumismo no ha hecho sino intensificarse en los últimos tiempos. Y resulta curioso que pensadores que se ocupan de ese fenómeno no sean capaces de mencionar a quien fue todo un pionero en el abordaje de este problema.
Igualmente me parece muy importante el antecedente que has mencionado de Schiller. Sus Cartas sobre la educación estética del hombre (1795), cuya motivación es doble: por una parte, la lectura atenta de las críticas de Kant y, por otra, la de la decepción que produce en él, y en muchos otros intelectuales europeos de la época, el periodo del Terror en la Revolución francesa. Lo que plantea Schiller es muy importante porque nos revela algunas de las razones fundamentales del fracaso de las sociedades en las que se intentó implantar el comunismo. ¿En qué sentido? En el de que, si no hay una educación en la forma, una educación que conlleve la aceptación del respeto a todos los seres humanos, así como todo juego tiene normas y tiene reglas, es imposible construir una sociedad moralmente justa: una sociedad moral y de seres humanos libres. Creo que la reflexión de Schiller abre una dinámica muy importante en el pensamiento, y a la vez también en los procesos artísticos. Porque lo que él plantea en sus Cartas tiene que ver con llevar a cabo una práctica libre del juego en las artes, y esa práctica del juego de las artes permitiría la educación formal, y a través de la educación formal la posibilidad de ir a una sociedad de seres humanos libres.
M. S.: En tu libro Cuerpo y tiempo, pones muy de relieve la importancia de la experiencia del cuerpo, y cómo esta sustenta la relación existente entre la noción de metamorfosis y la fuerza metafórica del lenguaje ¿Podrías abundar sobre la cuestión?


J. J.: Ése también es un hilo conductor de la trayectoria de mi pensamiento. Incluso en imágenes contenidas en mitos y en imágenes de las máquinas, la experiencia del cuerpo es sumamente importante. El cuerpo es el primer soporte que se utiliza para proveer de espacios de representación a los seres humanos. El tatuaje o la escarificación implican vestir el cuerpo para que el cuerpo se convierta en espacio de representación. El primer soporte, el soporte básico de toda representación, es el cuerpo. Naturalmente, lo que ocurre es que se cruza la experiencia individual del propio cuerpo con la experiencia cultural de la misma. De ahí que todas las experiencias del cuerpo, a lo largo de los tiempos, hayan interactuado con el contexto de cultura en el que vivimos. Así, la configuración de las pautas de representación tiene que ver con la concepción de las pautas de temporalidad desplegadas en cada cultura. En ese sentido, era muy importante para mí la consideración del cuerpo bajo las pautas de la temporalidad en la Antigüedad Clásica, según una concepción cíclica del tiempo. Ciclos temporales que son el sustrato de concepción del tiempo en la cultura de aquella época. ¿Qué es lo que eso tiene como trasfondo? Un reflejo que se ve muy bien en la metamorfosis. El cuerpo es cambiante igual que los ciclos temporales, que van y vienen: retornan. Cuando, por el contrario, se abre la concepción lineal del tiempo, la metamorfosis se ve ya como algo privado de significación, como algo situado en un contexto que ya no sigue viviendo. Y desde ahí se abre un concepto de tiempo homogéneo y lineal, que se apoya también en una experiencia del cuerpo. ¿Cuál sería? A partir de creencias religiosas la que considera que el cuerpo pasa por la tierra, y después su espíritu o reflejo se prolonga en el más allá en un sentido positivo o negativo, en el Cielo o en el Infierno, con sus respectivas pautas de representación. Creo que ésta es una cuestión muy central y no suficientemente estudiada, porque las formas en las que se concibe el dibujo de nuestro cuerpo están enormemente determinadas por pautas determinadas por una concepción compartida de la temporalidad. Pienso que desde el pensamiento filosófico hay que prestar mucha atención a estas cuestiones.
M. S.: En la nueva edición del que probablemente sea el libro en el que hasta ahora más se despliega tu pensamiento filosófico, Imágenes del hombre. Fundamentos de Estética, llama la atención que, entre otras ampliaciones, incluyas un capítulo sobre lo sublime. Me gustaría saber los motivos teórico-filosóficos de esta inclusión.


J. J.: Ya cuando apareció el libro en su primera edición tenía intención de elaborar un capítulo específico sobre la categoría de lo sublime. Pero, a veces, los proyectos no se consiguen llevar completamente a cabo. Y aunque en la primera edición haya una serie de referencias e indicaciones sobre la categoría de lo sublime, no había llegado a plantear lo que hubiera querido hacer: poner de relieve la relación de complementariedad entre la categoría de lo bello y la categoría de lo sublime. Complementariedad que ya fue retomada, de nuevo como en un juego de espejos, en la Crítica de la facultad de juzgar, de Kant. Debido a que el pensamiento filosófico ha de ser siempre un planteamiento abierto, tenía la voluntad de hacer un estudio detallado de la categoría de lo sublime, poniéndola en el mismo plano que la categoría de lo bello, en el plano de la representación. Hay algunas derivaciones de la reflexión en torno a la categoría de lo sublime en la época contemporánea que me perecen muy poco convincentes. Lo que quería era recuperar la categoría de la sublimidad en una línea que remite a un acercamiento a Kant y Schiller, referenciales en mi trabajo filosófico, y cuyo núcleo es la voluntad de ir más allá, pero aquí. Lo que no comparto es la visión metafísica y trascendente de lo sublime. Me identifico con la propuesta de ir más allá, pero aquí mismo.
M. S.: Me consta que tienes pensado seguir avanzando en tu Teoría de la imagen con una publicación que se antoja poco menos que definitiva en torno a esa noción, ¿podrías avanzarnos algo de ella?
J. J.: Es un nuevo libro, que tengo en preparación. Intenta ser primariamente, una vez más, un diálogo con Kant. Si Kant escribió tres críticas, lo que yo pretendo hacer ahora es algo que podría llamarse “la cuarta crítica”. Mi reflexión intenta entablar un diálogo con la Crítica de la facultad de juzgar, de 1790. Creo que en ella Kant abre el camino a la fundamentación del pensamiento estético sobre la base de la crítica en general. Entiendo que el reto más importante de nuestro tiempo sería una crítica filosófica de la cultura, y una crítica de la cultura en la que vivimos sería una crítica de la imagen. ¿En qué se ha convertido la imagen en el siglo XXI? Se ha convertido en una imagen global. ¿Cómo pongo esto de manifiesto en mis libros? Señalando que las pautas primarias de la estética en la modernidad se transmiten a través de tres grandes vías de experiencia estética, no artísticas: el diseño (en sus diversas variantes), la publicidad, y los medios de comunicación tienden desde hace ya más de dos siglos a la integración de los estímulos en imágenes de carácter masivo. Este proceso se ha visto intensificado por la más reciente síntesis de estas tres vías de esteticidad masiva en las redes digitales. Lo que ha dado lugar a lo que llamo un mundo imagen. Por ello, en esta época de incertidumbres generalizadas, considero sumamente importante desarrollar una crítica del mundo-imagen. La crítica de una imagen global, pasiva, envolvente, configurada en la inmediatez, y la oposición a ésta de una imagen que sea diferenciación, singularización, y por tanto pregunta y posibilidad de pensar.
M. S.: Ahora vamos a hablar de un nombre propio, y de lo que para ti supuso en la renovación de los estudios de Estética en España: José María Valverde.
J. J.: Considero una experiencia decisiva en mi vida el encuentro con José María Valverde, que fue un excelente poeta, un gran pensador, y una persona plenamente comprometida, moral y políticamente. Valverde, como es bien sabido pero tal vez no suficientemente recordado, abandonó su Cátedra de Estética, cuando el franquismo expulsó de la universidad a los catedráticos José Luis López Aranguren (con quien también he mantenido una gran amistad, y distintos espacios de colaboración), Enrique Tierno Galván y Agustín García-Calvo. Valverde le envió una carta a Aranguren en la que estaban estas palabras: “Nulla Æsthetica sine Ethica, así que apaga y vámonos”.Con ello expresaba que abandonaba su Cátedra en solidaridad con los tres catedráticos expulsados, poniendo en primer plano que no puede haber Estética, digna de tal nombre, si no hay Ética. Valverde se marchó de España, y sólo volvió cuando se abrió la democracia. Para mí esto es fundamental: los estudios de pensamiento estético tienen siempre un trasfondo moral, como puede apreciarse en los escritos de Platón, Aristóteles, Kant, Schiller…
Valverde era un hombre extraordinariamente sutil y abierto. Era una persona que conocía en profundidad los distintos registros del lenguaje y la historia del pensamiento estético. Además, en él yo encontré un apoyo decisivo a la voluntad que a mí me animaba: el intento de crear un área de Estética importante en el ámbito académico y en los distintos espacios editoriales y de comunicación. Él estaba muy interesado en ello. Todo lo que se pudo lanzar en cierto momento, él lo apoyó firmemente. Sigo manteniendo por José María Valverde un gran reconocimiento y una gran admiración. Y, eso sí, no puedo evitar un cierto desapego hacia quienes trabajando en Estética lo tienen tan relegado y tan olvidado.
M. S.: Es muy interesante que a la crítica de arte la llames “filosofía aplicada”. Sobre esta cuestión, tres preguntas: ¿No ha sido vista con hostilidad esa orientación tuya entre los historiadores del arte?, ¿Cómo la ven en general los artistas?, ¿Ves un número apreciable de buenos críticos de arte que se rijan por ese “criterio filosófico”?


J. J.: Éste es mi planteamiento teórico que he expresado, he explicado, y lo he justificado con mis escritos, y claro: hay gente que lo apoya. Para mí el sentido de la crítica artística, inaugurada como tal con Baudelaire, es el del diálogo del pensamiento con la práctica artística. Por eso, en lugar de situar la crítica artística en el ámbito de la filología o en el ámbito de la historia del arte, creo que la crítica artística, que se hace como compromiso con el tiempo que vivimos, es básicamente pensamiento aplicado y, desde ese punto de vista, filosofía. Y cuando digo pensamiento, no lo digo en un sentido académico, sino en el sentido de pensamiento teórico que se aplica en un diálogo con la práctica. El iniciador: Baudelaire, no era un filósofo “académico”. Yo tengo el máximo respeto por la Historia del Arte y por las elaboraciones teóricas en el marco de esa disciplina, y por mi parte no hay ningún tipo de menosprecio hacia la misma. Sin embargo, creo que la crítica artística como tal, al tener un compromiso con nuestro tiempo, no conlleva el carácter de historia que tienen los estudios de Historia del Arte. La crítica es desafío, es atreverte a decir cómo ves las cosas. Y esto yo lo he experimentado encontrando pautas de diálogo con las obras y con los artistas. Pienso que uno siempre se siente bien reconocido en su trabajo desde la libertad, cuando uno no plantea normativamente lo que es el arte y no dice al artista tú debes hacer esto o tienes que hacer esto, sino que entabla un diálogo aceptando la libertad sin límite de los creadores.


M. S.: Dentro de las vanguardias históricas siempre hay una que ha suscitado especialmente tu querencia: el surrealismo. Es mi impresión que, al menos en el ámbito de la filosofía, pocas presencias o ninguna de ellas, obedecen al azar, sino a una meditada decisión. ¿Por qué valoras el surrealismo y sientes esa identificación con él?


J. J.: Valoro mucho el conjunto de las vanguardias artísticas. Todas las vanguardias han sido importantes para comprender las profundas transformaciones del arte de nuestro tiempo. Pero me interesa especialmente el surrealismo porque, además de ser un importante movimiento literario y artístico visual de las vanguardias, además de eso, plantea un horizonte o un panorama de configuración emancipatoria de la vida. El surrealismo propone una perspectiva de libertad plena: superar la dominación de carácter racionalista y rechazar también toda pauta constrictiva en el plano moral. La afirmación de la libertad es algo que desde el punto de vista filosófico a mí me interesa, desde mi lectura de Platón, Aristóteles, Kant y Schiller y, por otro lado, se plantea hoy como una exigencia crítica.


De todos modos, es llamativo que el surrealismo, con todo, caiga en contradicciones. Así en su afirmación de la libertad personal, en su trato a la mujer cometieron contradicciones desde mi punto de vista inaceptables. Concebían a las mujeres como amantes, compañeras, musas… André Breton empleó incluso una fórmula para caracterizarlas: “eternas adolescentes”. Es decir: mujeres y, por eso, siempre “niñas”. Me parece una contradicción inaceptable. Por ello, acabo de dar un paso más en mi atención crítica y teórica al surrealismo con una importante exposición: Somos plenamente libres. Las mujeres artistas y el surrealismo[3]. Esta exposición presenta la obra de dieciocho mujeres artistas que durante años han estado marginadas y olvidadas. Mujeres artistas, que estaban en la órbita del surrealismo, que no formaban parte del grupo, pero que, en el contexto de reclamación de la libertad, renunciaban a ser musas o acompañantes, y querían ser mujeres libres y mujeres pensantes. El surrealismo debe ser conceptuado siempre como reivindicación de la libertad.
M. S.: ¿Qué papel desempeña en la historia del arte y en la cultura occidental Marcel Duchamp?


J. J.: Un papel decisivo. Después de desarrollar una importante trayectoria como pintor de la vanguardia, tras un proceso de acercamiento al impresionismo, al cubismo, y al simbolismo, Duchamp comprende, en 1912: en lo que yo llamo “El año uno de la Galaxia Duchamp”, que estamos viviendo ya en una época de imagen libre. Comprende que el arte no puede seguir desempeñando una posición de jerarquía en la producción de imágenes. Hay imágenes por todos lados, Duchamp lo comprende, y el planteamiento artístico que en consecuencia despliega no justifica los ataques que ha recibido. Duchamp no fue como algunos han dicho “el asesino de la pintura”: Duchamp no dejó de pintar nunca, lo hizo hasta el final de su vida. Póstumamente aparece el diorama, Étant donnés: 1º La chute d’eau, 2º Le gaz d’éclairage, una instalación,pero una instalación en la que la práctica pictórica permanece, está viva, eso sí: en un soporte expresivo diferente. De modo que lo que Duchamp plantea es una situación del desplazamiento del lugar anteriormente ocupado en la historia por el arte, y no la muerte del arte. Y esto es muy importante, porque si se comprende la nueva situación, lo que el arte tiene que hacer es confrontarse con la imagen mediática, sabiendo que en la propia propuesta artística va a estar, en buena medida, introducida como reverberación, ella misma: la imagen mediática. Comprender todo esto, ya en 1912, es la anticipación de un gran pionero, tanto en la desde el punto de vista del pensamiento, como desde el punto de vista de la práctica artística. Hay que tener en cuenta que el gran texto teórico de Walter Benjamin La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, se escribe en los años treinta, y su última versión es de 1936. Duchamp, ya en 1912, tuvo esa comprensión profunda y con ello cambió el modo de entender el arte, de concebir el arte, y de hacer arte.
M. S.: En tus clases en la actualidad consideras fundamental que, en el contexto de la cultura digitalizada y las tecnologías de la información, los alumnos manejen in situ textos impresos, los lean de viva voz, y den cuenta de sus reflexiones en torno a ellos. De algún modo tu propuesta quiere paliar un déficit de comprensión lectora. Esa práctica la introduces en el ámbito de una sociedad que se llama a sí misma “de la información y el conocimiento”. Parece que no estás en la línea de considerarla ni de llamarla así. ¿Es negativo en la cultura el impacto de las tecnologías de la información y el conocimiento (TIC)?
J. J.: El impacto de la tecnología digital tiene una dimensión muy positiva y otra no tan positiva. Lo que intento es evitar la confrontación puramente instintiva, simplemente inmediata, con el lenguaje. El problema de cómo se configuran las tecnologías digitales en las redes de comunicación es que no dejan prácticamente la mínima pauta de distanciamiento respecto a aquello que se recibe, como lenguaje, o como forma, que es lo único que permite un juicio respecto a ello. La gente va pasando con el “clic” de una palabra a otra palabra, de una imagen a otra imagen. Lo que queda de esa experiencia es un flujo ante el que no hay distancia para saber si aquello que se transmite es algo que tenga consistencia. Esto implica un doble efecto. Por un lado, aumenta la velocidad de lo que recibimos. Pero, por otro, a la hora de configurar la forma del pensamiento sobre lo que recibimos, nos falta la estructura de su configuración. Lo que hago en las clases es desplegar esa línea de trabajo: distanciamiento y análisis de la estructura de configuración del lenguaje y de las formas. Es impresionante ver cómo muchachos que llevando ya unos años estudiando filosofía, y a los que por tanto se les supone cierto nivel de elaboración del pensamiento, en muchas ocasiones no comprenden lo que están leyendo, por el hábito de esa aproximación instantánea, ese clic-clic-clic… que elude su aproximación crítica al lenguaje y a las formas. En cualquier caso, todo lo que digo no supone que sea “alguien contrario a la tecnología digital”: todas las tecnologías se acaban imponiendo, y no podemos renunciar a ellas. Lo que sí podemos, intentando avanzar en la filosofía, y es lo que yo procuro como profesor, es introducir pautas de pensamiento que posibiliten pensar y juzgar, abiertas a la reflexión en el marco digital de nuestra cultura.
M. S.: La última parte de esta entrevista quiero dedicarla a tu dimensión más institucional de tu trayectoria. ¿Qué significado entrañó el Instituto de Estética y Teoría de las Artes, y qué supuso éste personalmente para ti?


J. J.: Para mí fue un proyecto con el que estuve muy comprometido. Era poner en relación el pensamiento sobre arte con los ámbitos plurales y diversos de las distintas prácticas artísticas. Significó constituir una plataforma académica, no académicamente organizada. Allí estaban presentes, críticos, historiadores del arte, filósofos, periodistas, artistas de todas las disciplinas, cineastas, poetas, novelistas, músicos… Creo que es lo que hay que pedirle a la Estética: interdisciplinariedad, respecto a las distintas especialidades teóricas y respecto a las distintas artes. Para mí, la última palabra sobre la producción artística la tiene el tiempo, el paso del tiempo, que acaba situando las cosas “en su sitio”. Pero la interrelación abierta entre las prácticas artísticas y la reflexión filosófica permite comprender en profundidad hacia dónde pueden ir las cosas, cómo se va configurando el horizonte cambiante de las artes. Pienso que el Instituto de Estética y Teoría de las Artes era una de las mejores plataformas para avanzar en esa dirección. Funcionó durante cinco cursos académicos, y sus alumnos recibieron la formación pertinente, lo que capacitó a muchos de ellos para un desempeño profesional notable en distintos planos de actividad en torno al universo de las artes.
M. S.: En tu política cómo Director del Instituto Cervantes de París (2004-2007) consideraste muy importante poner por delante que la lengua, en este caso la española, es un vehículo de difusión de la cultura. A su vez, hiciste hincapié en la importancia de la institución como plataforma de culturas latinas europeas y como vínculo con la latinidad americana. ¿Cómo se desarrolló tu labor en París? ¿Estás de acuerdo con las orientaciones que viene tomando el Instituto desde tu marcha?
J. J.: Bueno…Esa es una cuestión delicada. El Instituto Cervantes es una idea muy positiva para la proyección y la reestructuración de los diversos ámbitos de la cultura de España hacia el mundo. Y desde ese punto de vista, es una institución a la que hay que apoyar siempre. En mi opinión, lo que ha pasado en distintas ocasiones es que se ha concebido esa institución de una forma reductiva. Cuando yo estuve en el Instituto Cervantes de París, además de esa idea de que España es la antigua Hispania, no se debe olvidar su dimensión americana. Por otra parte, yo abrí, las clases de catalán, además de las clases de español. También abrí el diálogo de culturas y arte con Francia, con Italia y con el resto de Europa. Y esa es la pauta que, en mi opinión, debe seguir el Instituto Cervantes, una pauta de diálogo abierto, que reconozca la pluralidad de contextos culturales y lingüísticos en la España actual, y una proyección abierta y plural de España en el contexto global del mundo de hoy. Pienso que debe haber más medios para que la actividad del Instituto no se reduzca a la enseñanza de la lengua, y que debe ser también una institución sólida de proyección de la cultura en sus diversas manifestaciones; pensamiento: filosofía y ciencias, las diversas artes, etc.
M. S.: ¿Qué nos puedes decir de tu labor como Director General de Bellas Artes (2007-2009)? ¿Qué crees que está correctamente puesto en valor en España en este ámbito, y qué piensas que debe ser notablemente modificado o, incluso, radicalmente transformado?
J. J.: Bueno…Yo no soy un político «profesional». Eso es lo primero que hay que decir. Yo accedí a un puesto de carácter político cuando una persona que tengo en gran estima: César Antonio Molina, entonces Ministro de Cultura, me pidió que le apoyara en ese ámbito. Para mí era entrar en un terreno, por decirlo así, “minado”. Era un terreno lleno de problemas, pues nunca he querido ser una persona que ocupase una posición jerárquica y dominante, y parto de la base del máximo respeto a todo ser humano, pues pienso que todo individuo lo merece. Era un momento en el que la sensibilidad en los distintos ámbitos de la cultura apuntaba a la necesidad de un cambio, a que la cultura no siguiera sometida a la jerarquía externa de los profesionales de la política. Y esa fue la línea central de mi trabajo como Director General de Bellas Artes y Bienes Culturales. Mi responsabilidad recaía sobre las colecciones artísticas del Estado y el patrimonio de España. En consecuencia, para mí era un imperativo moral la aplicación más estricta de códigos de buenas prácticas en los distintos ámbitos de las instituciones artísticas y culturales bajo mi responsabilidad.
Creo que ahí avanzamos mucho, convocando concursos abiertos, con jurados constituidos por profesionales, para la elección de cargos públicos, en lugar de la nominación “a dedo” por parte de los políticos, o por parte de patronatos controlados políticamente. Lo que pusimos en marcha fue que los nombramientos de directores de las instituciones culturales y museísticas debían fundamentarse en criterios profesionales. Además de ello, impulsé un proyecto para que se consiguiera un sistema unificado que garantizara la colaboración de las instituciones artísticas y museísticas más relevantes de España: la creación de una “Red de Museos de España”, que fue aprobada formalmente en una reunión del Consejo de Ministros en julio de 2009, pero que, sin embargo, lamentablemente, nunca se ha aplicado, a pesar de que los acuerdos en dicho órgano de gobierno conllevan su aplicación. Aparte de la posibilidad de desarrollar proyectos en colaboración, la creación de la “Red de Museos de España” permitiría algo de una gran importancia: que todas las instituciones integradas en esa Red pudieran disponer de la garantía de seguros del Estado para la realización de exposiciones temporales, lo que sigue estando reservado tan sólo para los museos estatales de mayor relevancia. Y ahí se encierra un gran problema: la unidad de España, en la diversidad, tiene uno de sus más relevantes soportes de despliegue en la unificación del rango de las instituciones culturales de toda la nación.
M. S.: Y, para acabar, dos preguntas que sin duda están muy relacionadas ¿Cómo ves la situación actual de la Universidad? Y ¿cuál es la situación institucional del Área de Estética y Teoría de las Artes en España?
J. J.: Pienso que en España se ha producido un intensísimo reflujo de la educación universitaria y de la educación en general, motivada por unas prácticas demasiado pragmáticas de los políticos que nos gobiernan. Las universidades españolas no tienen ni las dotaciones económicas ni el respeto institucional que merecen, y eso implica que personas con una sólida trayectoria no puedan ejercer su tarea docente con tranquilidad y estabilidad, e incluso que no puedan acceder a un escalón siguiente en su categoría, a pesar de estar debidamente acreditados y preparados para ello. Esto forma también parte del menosprecio generalizado de la cultura que seguimos viviendo. Así, en España en especial ser profesor casi no significa nada, cuando el profesor es quien transmite unas pautas de educación, de pensamiento, y por tanto del ejercicio de la libertad. Aquí hay una tarea muy importante por hacer que es responsabilidad de las universidades, pero también de los políticos, que limitan las posibilidades de gestión de éstas.
Y dentro de esta pauta general, lo que ha ocurrido en concreto en nuestra área universitaria es un reflujo dentro del reflujo. Si ha habido un reflujo en el conjunto de la universidad para nosotros ha habido un reflujo doble. En nuestra situación no cabe ser muy optimista. Áreas con más poder y más numerosas han ido eliminando y reduciendo la presencia de áreas más pequeñas. Desde mi punto de vista eso es muy negativo para esas otras áreas, pues se cierran y pierden interdisciplinariedad. Nosotros, por nuestra parte, debiéramos luchar por tener más presencia en las instituciones, para alcanzar en todas ellas más consistencia y reconocimiento. Se ha perdido mucho respecto a lo que en un determinado momento llegamos a conseguir. La última década hemos experimentado un retroceso notable, pero es preciso “levantarse”, hay que luchar para recuperar al menos lo perdido e, incluso, avanzar.
M. S.: Muchas gracias, José.
J. J.: Muchas gracias a ti, querido Miguel.




[1] Manuel García Morente (1917): La filosofía de Kant. Una introducción a la filosofía. Introducción y revisión Antonio Fernández-Galiano; Editorial Victoriano Suárez, Madrid, 1961.

[2] Juegos de lenguaje. Una introducción al arte de nuestro tiempo. Fundación Helga de Alvear, Cáceres, 26 de octubre de 2012 - 5 de mayo de 2013.

          [3] Museo Picasso Málaga, 10 de octubre de 2017 – 28 de enero de 2018. 

QUIERO EXPRESAR MI AGRADECIMIENTO A MIGUEL SALMERÓN Y A ANACLETO FERRER, DIRECTOR DE LAOCOONTE, POR LA PUBLICACIÓN DE LA ENTREVISTA EN LA REVISTA DE SEyTA, Y POR SU AUTORIZACIÓN PARA PUBLICARLA TAMBIÉN EN ESTE BLOG.

domingo, 10 de diciembre de 2017

El trabajo artístico de Soledad Córdoba

Arrastrar piedras


Esas mujeres: Guerreras, nos miran fijamente, desafiando con sus intensos ojos azules cualquier pretensión de dominio ajeno. Están en sí mismas. Son plenamente libres. Otra mujer, cubierta con velo negro, con los pies descalzos, transporta piedras en un paisaje desértico. Gira en círculo sobre el cúmulo de piedras que forma un eje de rotación. Se sitúa sobre las piedras, las cubre con su velo negro. Las transporta a la cima del montículo, arrastrándolas con cuerdas. Y, también allí, se sitúa encima de ellas.

Acción de fuerza - I (2017).
Tintas pigmentadas en papel baritado sobre dibond, 100 x 150 cm. 

Arrastrar las piedras de la existencia, girar en torno a ellas, hasta conseguir dominarlas, convertirlas en escala de la elevación. En Resistencia, Soledad Córdoba continúa desplegando lo que constituye el hilo de continuidad de su trabajo artístico: el cuerpo, su propio cuerpo, como signo para construir historias. Historias de mujeres. Historias de humanidad.

Instalación, Museo Barjola.

En la exposición, en Resistencia, encontramos tres dibujos de gran formato de la serie Guerreras y tres vídeos: Acción de fuerza I, II y III, que se integran en una instalación unitaria, tras el cúmulo real de piedras cubierto con el velo negro también real. Velos negros, ojos azules. En su poema La luna y el tejo [The Moon and the Yew Tree], Sylvia Plath escribió:

«Esta es la luz de la mente, fría y planetaria.
Los árboles de la mente son negros. La luz es azul.»
[«This is the light of the mind, cold and planetary.
The trees of the mind are black. The light is blue.»]

El poema expresa la oscuridad del lugar donde ella vivía, en donde ni siquiera es capaz de ver “si hay un sitio adónde ir”. Ni siquiera la luna ilumina: “es calva y salvaje”. Y el mensaje del tejo es “la negrura”, “la negrura y el silencio”. Oscuridad y tinieblas de la existencia: Sylvia Plath expresa poéticamente la dificultad, la terrible dureza, que implica ir adelante. Avanzar en la vida.

Guerrera I (2017).
Grafito, acrílico, acuarela, gouache oro y tinta sobre papel, 109 x 80 cm. 

Y a ello también apunta, convirtiendo su cuerpo en expresión poética, Soledad Córdoba: avanzar, ir adelante, elevarse, supone inevitablemente llevar cargas, por propia voluntad o impuestas. Arrastrar las rocas, las piedras, que eso sí: después de girar en círculo en torno a ellas, después de soportar todo su peso en el arrastre, hacen posible la elevación. Situarse encima. Tocar el cielo.
La cuestión se hace más determinante y aguda siendo mujer. Y eso es lo que relata plásticamente Soledad Córdoba, a través de un conjunto de visualizaciones performáticas, que permanecen en el tiempo en retención de la imagen. Es preciso adoptar la mirada libre y la desnudez de la fuerza propia, porque en este mundo pleno de incertidumbres ser mujer implica necesariamente ser guerrera. Desplegar fuerzas para resistir y avanzar, para superar los obstáculos y construir el ámbito propio de la vida. Elegido en libertad, más allá de prejuicios e imposiciones externos. Arrastrando y dominando las piedras de la negación de lo humano.

Guerrera II (2017).
Grafito, acrílico, acuarela, gouache oro y tinta sobre papel, 109 x 80 cm.

Resistencia es así un grito intenso de libertad. Una expresión plástica de gran intensidad, plena de ecos y resonancias, acerca de la necesidad de la autoafirmación ante las dificultades y problemas de la condición existencial de los seres humanos. En su propia escritura, Soledad Córdoba relaciona estas cuestiones con el pensamiento filosófico de Jean-Paul Sartre, a través de la dinámica que se establece entre “el juego de la voluntad” y la existencia humana, caracterizada como proyecto.
El 29 de octubre de 1945, Sartre dio en París una conferencia, cuya transcripción taquigráfica se publicaría como libro de forma casi inmediata, con el título El existencialismo es un humanismo. Y es ahí donde Sartre plantea por vez primera que la existencia humana implica siempre un proyecto de vida: el ser humano es, ante todo, un proyecto. Ésta es su formulación: “El hombre es ante todo un proyecto que se vive subjetivamente, en lugar de ser un musgo, una podredumbre o una coliflor; nada existe previamente a este proyecto; nada hay en el cielo inteligible, y el hombre será ante todo lo que haya proyectado ser. No lo que quiera ser.”[1]
Sartre antepone el proyecto al querer ser, porque desde su punto de vista querer ser algo implica una actitud consciente, y por ello posterior al proceso de constitución del ser humano. El proyecto va antes, y de ahí la importancia de su elección y de su desarrollo. Aunque, claro está, su realización o culminación, lejos de ser algo simple o sencillo, está siempre asediada, rodeada de acechanzas y desviaciones, que pueden conducir a su fracaso, a su frustración.

Guerrera III (2017).
Grafito, acrílico, acuarela, gouache oro y tinta sobre papel, 109 x 80 cm.

Por eso, frente a ello es decisivo afirmar en plenitud la propia libertad. Mirar de frente, con el azul luminoso de los ojos que nunca retroceden. Arrastrar las piedras de la existencia con la fuerza que nos da aquello que queremos ser. Voluntad en el tiempo. Acción, mental y física, en la construcción de la vida. Soledad Córdoba en Resistencia.



[1] Jean-Paul Sartre (1945): El existencialismo es un humanismo. Trad. de Victoria Praci de Fernández; Edhasa, Barcelona/Buenos Aires, 2009, p. 29.

PUBLICADO EN el catálogo Soledad Córdoba: Resistencia [exposición, 17 de marzo - 4 de junio de 2017]; Museo Barjola, Gijón 2017, pp. 2-5.

domingo, 3 de diciembre de 2017

En el Pórtico de la Gloria:

Elevación de la mirada

Junto a Manuel Quintana, Tom Skipp y Miguel Fernández-Cid.

El pasado miércoles, 29 de noviembre, pude vivir una experiencia memorable. Gracias a la mediación de la Academia Galega de Belas Artes, y con los debidos permisos de las autoridades correspondientes, pude visitar las obras de restauración del Pórtico de la Gloria de la Catedral de Santiago, junto al vídeo-artista y traductor Tom Skipp, Manuel Quintana y Miguel Fernández-Cid, miembros estos últimos de la Junta Directiva de la Academia.

Fotografía de Tom Skipp.

Fotografía de Tom Skipp.

Pudimos acceder al tercer nivel, en altura, del Pórtico, y luego ir bajando hasta el nivel correspondiente al piso bajo. Memorable: poder ver las esculturas y el diseño arquitectónico del Maestro Mateo, dialogar con la mirada, frente a frente con ellas, supone una experiencia irrepetible. Un viaje en el tiempo hacia una de las obras artísticas, en este caso ligada a las creencias religiosas, de mayor alcance en los siglos medievales.

Fotografía de Tom Skipp, con el documento de las tres fases de policromía utilizado por los restauradores.

Los trabajos de restauración permiten reconstruir, en parte, las tres fases de policromía del Pórtico. La Catedral se había empezado a construir hacia 1075. El Maestro Mateo se incorporó en 1168 como Director de los trabajos, que culminaron con la consagración del templo en 1211. La restauración, sumamente cuidadosa y desarrollada con el más intenso rigor técnico, tuvo su inicio en 2008, y el plazo de finalización de la misma está fijado en el 31 de mayo de 2018.

Fotografía de Tom Skipp.

Fotografía de Tom Skipp

Maravillosa experiencia. Memorable. El Pórtico de la Gloria volverá a tener vida y elevación. Los seres humanos no somos nada sin el ejercicio de la memoria y sin el reconocimiento del esplendor de lo visible. Por la mirada, en el tiempo, a la elevación. 

domingo, 26 de noviembre de 2017

Jan Fabre

El brillo de la desmesura


Llega a Madrid la obra transgresora y abierta de Jan Fabre (Amberes, 1958). Activo desde 1977, el artista belga ha consolidado una intensa presencia internacional a lo largo de su trayectoria. Un ejemplo reciente de ello es su exposición «Esculturas de vidrio y hueso, 1977-2017», presentada este mismo año como evento colateral de la Bienal de Venecia en la Abadía de San Gregorio, un conjunto de obras construidas con cristal y con huesos animales y humanos.

Los negros belgas conocen el chasquido del látigo [The Belgian Blacks Know the Clack of the Whip] (2013). 
Serie: Tributo al Congo Belga, 2010-2013. 
Mosaico, élitros de escarabajos joya sobre madera, 227,5 x 173 x 8 cm.

En Madrid, Jan Fabre presenta 15 mosaicos, de gran formato, y 6 esculturas: cráneos de pequeño formato, concebidas como transiciones entre los mosaicos. Mientras que éstos están elaborados con los élitros: carcasas o estuches, que recubren el cuerpo de los escarabajos joya, distribuidos sobre amplios soportes de madera, las esculturas-cráneos están construidas con mezclas de los mismos tipos de élitros, polímeros y hierro.
Los materiales utilizados nos dan ya una clave del tipo de búsqueda que caracteriza el trabajo de Jan Fabre. Sintiéndose heredero de la tradición artística flamenca, donde según afirma se habría inventado la pintura, Fabre intenta ir más allá de las fórmulas establecidas, tanto en los materiales y soportes como en las temáticas que elige. Entre ellas, la muerte como reverso de la vida: esculturas funerarias, o los cerebros desnudos.

El deleite de la factoría de armas belga [The Delight of Belgian Arms Factory] (2012). 
Serie: Tributo a Hyeronimous Bosch en Congo, 2011-2013. Mosaico, élitros de escarabajos joya sobre madera, 227,5 x 173 x 8 cm.

En sentido estricto, Jan Fabre es un artista multimedia, en el más amplio sentido del término. En el ámbito plástico, se expresa a través del dibujo (utilizando para ello de forma preferente el bolígrafo bic azul), la escultura, la instalación, la performance, o el vídeo. Pero hay también que tener en cuenta su actividad como autor dramático, como actor y como director de escena. E igualmente su dimensión de escritor, que puede apreciarse en los dos libros traducidos al español y editados en paralelo a esta exposición.

Cráneo con los instrumentos de la suerte [Skull with the tools of luck] (2017). 
Serie: Tributo a Hyeronimous Bosch en Congo, 2011-2013. Mezcla de élitros de escarabajos joya + polímeros, 29 x 12,5 x 22 cm.


Todo ello nos permite apreciar que el trabajo artístico de Fabre implica una especie de retorno a prácticas pre-artísticas: las ceremonias o rituales, que precedían en los diversos grupos étnicos de la humanidad a la emancipación de la forma, en tanto que forma, que es lo que supone en sentido estricto el nacimiento del arte, en la Grecia antigua, en un proceso que discurre del siglo VIII al siglo V a. C.
Y con ello, se puede establecer un paralelo entre Fabre y el artista alemán Joseph Beuys (1921-1986), sin duda una de las raíces más intensas de su trabajo, como él mismo reconoce. Por ejemplo, en esta anotación de sus Diarios fechada el 3 de marzo de 1978: «Me he comido un catálogo / porque estoy celoso y quiero ver (como él). / Joseph Beuys.»
De modo que al ver esta exposición, o cualquier otra propuesta de Fabre, ábranse a ese trasfondo ceremonial, insertándose en la circularidad vida/muerte que fluye como un eco de escalas diversas en todas sus obras. Para él, el arte puede sanar o intoxicar, según podemos leer en la primera anotación de sus Diarios, fechada el 7 de febrero de 1978: «Belleza: el vudú que sana o intoxica el cuerpo.»

Prueba tu suerte [Try your Luck] (2013). 
Serie: Tributo a Hyeronimous Bosch en Congo, 2011-2013. Mosaico, élitros de escarabajos joya sobre madera, 227,5 x 173 x 8 cm.


En esta muestra, Jan Fabre propone una mirada autocrítica sobre lo que su propio país: Bélgica, realizó en su dominación colonial del Congo. Craneos y mosaicos que nos hablan del proceso destructivo de la «otra» humanidad, que el colonialismo considera, sin más, objeto de posesión. En los mosaicos vemos imágenes que expresan el poder empresarial y político, con una pretensión cínica: la de transmitir un supuesto bienestar que nunca llegará. El crimen y la explotación se recubren con una nube que alude a una promesa de civilización y de regeneración del otro, degradado a la condición de mero salvaje.
Pero en esas imágenes se insertan también figuras y situaciones que Jan Fabre extrae de El jardín de las delicias, de El Bosco, buscando la resonancia de esa belleza que sana, de un arte reparador de la violencia y la destrucción de la humanidad. Es así, a través del brillo de la desmesura, como podemos acceder a la comprensión de la fragilidad de la vida: el caparazón externo de los brillantes escarabajos, los huesos, la sangre.

Aventurándose sobre hierro resbaladizo [Venturing on Slippery Iron] (2013). 
Serie: Tributo a Hyeronimous Bosch en Congo, 2011-2013. Mosaico, élitros de escarabajos joya sobre madera, 227,5 x 173 x 8 cm.


Los Diarios
Los dos volúmenes editados expresan con claridad, ya en su título, el espacio donde se sitúa la escritura de Jan Fabre. Son Diarios nocturnos, es decir anotaciones que se fijan al término del día, tras la jornada de vida y experiencias.
Se sitúan, así, en la estela abierta por Charles Baudelaire con su Mi corazón desnudado, los textos fragmentarios sobre su experiencia de vida, que se publicaron póstumamente en 1887. ¿Quién es Jan Fabre…? Alguien que nos dice, 2 de febrero de 1983: «He creado un país. / Y he promulgado un decreto con la belleza / que ni siquiera la muerte puede revocar.»


* Jan Fabre: Tributo al Bosco en Congo. Galería Javier López & Fer Francés, Madrid. Del 16 de noviembre de 2017 al 7 de febrero de 2018.  

* Jan Fabre: Diario nocturno (1978-1984) y Diario nocturno (1985-1991); Casimiro libros / Galería Javier López & Fer Francés, Madrid, 2017, 230 y 339 pgs. 

PUBLICADO EN: ABC Cultural (http://www.abc.es/), nº 1.305, 25 de noviembre de 2017, p. 23. 

miércoles, 22 de noviembre de 2017

William Kentridge

Dibujar la vida
   
El artista sudafricano William Kentridge (Johannesburgo, 1955) es, sin duda, una de las figuras más relevantes de la escena artística actual. Tras la reciente concesión del Premio Princesa de Asturias, el Museo Reina Sofía le dedica una excelente exposición, centrada en sus propuestas escénicas, teatro y ópera, de las que se dan grabaciones de sus representaciones. Pero acoge también todos los registros de su actividad plástica en relación con esas propuestas escénicas: dibujos al carbón, animación fílmica, marionetas, trajes, grabados, maquetas para los montajes en el escenario…  
La muestra se articula en torno a   cuatro piezas teatrales y dos óperas, dirigidas por Kentridge: Woyzek en el Alto Veld (1992), ¡Fausto en África! (1995), Ubú y la comisión para la verdad (1997), El retorno de Ulises (1998), La nariz [ópera de  Dmitri Shostakóvich] (2010) y Lulú [ópera de Alban Berg] (2015). En realidad, esta exposición de William Kentridge debe entenderse en continuidad con la que le dedicó en Barcelona el MACBA en 1999, comisariada por Manuel Borja-Villel, con la misma concepción y con la presentación de los materiales de las cuatro primeras piezas que figuran en ésta.

Yo no soy yo, el caballo no es mío [I am not me, the horse is not mine] (2008).
Performance. Fotografía cortesía del artista.

El trabajo artístico de William Kentridge tiene una intensa dimensión dinámica. Se concibe como un viaje en el tiempo, como un ir y volver en la vida, a través de la experiencia de las imágenes. Imágenes nunca quietas, imágenes que fluyen, imágenes en movimiento. Eso sí, el núcleo de ese flujo de imágenes abiertas es, en todo momento, el dibujo. Concebido éste con un carácter de acción, de performance, ya que el propio Kentridge se introduce, está presente, en esas imágenes que, a la vez, demandan a todos los que nos acercamos a las mismas que no nos quedemos fuera, que también nos introduzcamos en ellas.

Dibujo para El retorno de Ulises (1998).
Carboncillo sobre papel, 76 x 106 cm. Colección particular.

Ese dinamismo es fundamentalmente interior, ya que a pesar de la difusión internacional de su obra por los centros artísticos y dramáticos de todo el mundo, Kentridge sigue viviendo en Johannesburgo, un lugar que para él es tranquilo y enriquecedor, a diferencia de los compromisos y distracciones que según dice tendría que asumir de vivir en Europa o Estados Unidos.
Pero, eso sí: desde ese fondo interior, Kentridge mantiene un compromiso moral y político profundo con nuestro tiempo, con esta época de terribles convulsiones, violencia masiva, e incertidumbre. Todo ello, sin restricción de fronteras: el mundo abierto y global, con su trazado sinuoso. Sus imágenes nos dan los mapas de un mundo roto: el colonialismo, el racismo, el encubrimiento de la opresión, las revoluciones que no culminan, el ir y venir de la frustración y la inhumanidad a lo largo del tiempo. Y de ahí la demanda de acción, el dibujo de una vida verdaderamente libre. En un texto de 1992, Kentridge precisaba: “Me interesa el arte político, es decir, un arte de ambigüedad, contradicción, gestos incompletos y finales inciertos. Un arte (y una política) donde el optimismo está bajo control y el nihilismo se mantiene a raya.”

Dibujo para Lulú (2012).
Tinta india y lápiz rojo sobre páginas de diccionario, 83,5 x 55,9 cm. Colección particular, Madrid.

El hilo de conducción de su trayectoria se sitúa en el dibujo, en la medida en que el dibujo, según Kentridge, transciende lo que sería una representación “plana” de las experiencias. En 2014, en una entrevista afirmaba: “Afortunadamente fracasé como pintor y quedé reducido a hacer dibujos a carboncillo”. Y en esa importancia del dibujo resulta evidente la cercanía que se puede apreciar entre su obra y la de Goya, testigo también a través de las imágenes de un mundo roto. “No sé quién sería sin Goya”, afirma el propio Kentridge en la misma entrevista.
Lógicamente, además de las experiencias personales en Sudáfrica, su profundo conocimiento de la tradición artística clásica y de Goya, también es importante el diálogo de Kentridge con el arte más próximo en el tiempo, en particular con las vanguardias artísticas alemanas y rusas. Y todo ello, en una perspectiva interdisciplinar, en la que las grandes obras literarias, el teatro, la música, la ópera, y el cine transitan en esa forma abierta de transcendencia del dibujo que constituye el núcleo de su trabajo.

Maqueta para la ópera Wozzek (2016).
Varios materiales, 135 x 220 x 183 cm. Colección particular.

El dibujo, que se expande en sus películas de animación, transmite pensamiento, abstracción, permite pasar a través de la representación, de lo particular a lo general. En el texto de una conferencia de 2016 sobre “la performance del dibujo”, y que vuelve a presentarse en el marco de esta exposición, Kentridge decía: “Hay una manera de pensar en carboncillo y tinta, en cobre, en aire. Hay transformaciones de la palabra a la tinta, del pensamiento al cobre.”

Imagen del libro Tummelplatz [Campo de acción(2017).
Galería Ivory Press, Madrid.

Ese pensamiento en imágenes puede también apreciarse en el libro de artista que, en paralelo, William Kentridge presenta en la Galería Ivory Press: Tummelplatz, término alemán traducible como “campo de acción”. Con una edición de nueve ejemplares (más cuatro fuera de comercio y tres pruebas de artista), consta de dos volúmenes, cada uno de los cuales contiene diez fotograbados estereoscópicos. El libro que juega, a la vez, con las tres dimensiones y el carácter plano del papel, tiene también su punto de partida en el dibujo. En concreto, en la realización de una serie de dibujos tridimensionales durante un periodo de unos dos años de la que se seleccionaron veinte imágenes, recogidas en el libro.
Como la vida es dibujo, de eso va la gran obra plástica y de pensamiento de William Kentridge, de dibujar la vida.


* William Kentridge: Basta y sobra. Comisarios: Manuel Borja-Villel y Soledad Liaño; Museo Reina Sofía, Madrid. Del 1 de noviembre de 2017 al 19 de marzo de 2018.


* William Kentridge: Tummelplatz [Campo de acción]; Galería Ivory Press, Madrid. Del 2 de noviembre de 2017 al 27 de enero de 2018.  

PUBLICADO EN: ABC Cultural (http://www.abc.es/), nº 1.303, 11 de noviembre de 2017, p. 23.