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lunes, 12 de mayo de 2014

LA EXTRAÑA CIUDAD, de Ilya y Emilia Kabakov

Utopía: La ciudad de los sueños y de la memoria


Ilya y Emilia Kabakov en el Grand Palais, París.


Desde 2007, el Ministerio de Cultura de Francia ofrece a un gran artista de renombre internacional la realización de una exposición/instalación de grandes dimensiones en la nave central del Grand Palais de París. El programa, que con el expresivo título de MONUMENTA debía celebrarse cada año fue suspendido en 2009 y 2013, en este segundo caso por limitaciones presupuestarias. En las sucesivas ediciones han pasado por él Anselm Kiefer, Richard Serra, Christian Boltanski, Anish Kapoor y Daniel Buren, hasta este 2014 en que acoge a la pareja de artistas, nacidos en Ucrania, Ilya (1933) y Emilia Kabakov (1945). 
Hasta 1989 en que se instala en Berlín y comienza su colaboración con Emilia, Ilya Kabakov había desarrollado una importante trayectoria artística en la antigua Unión Soviética. En 1992, Ilya y Emilia se casan y se establecen cerca de Nueva York, donde hoy siguen viviendo. En 1999 presentaron en España, en el Palacio de Cristal del Parque del Retiro en Madrid, El palacio de los proyectos, una muestra que reunía 65 proyectos utópicos, y que en alguna medida puede considerarse un antecedente de lo que ahora podemos ver en París.

Ilya y Emilia Kabakov: Estudio para una vista de conjunto de La extraña ciudad (2014). Dibujo.

 La extraña ciudad, vista desde arriba.

Con el título La extraña ciudad, los Kabakov han concebido una instalación expandida en los hermosos, y a la vez muy difíciles de ocupar, espacios de esa joya de la arquitectura en hierro y cristal que es el Grand Palais. Al entrar, los visitantes se encuentran con una gran cúpula, colocada en posición frontal, cuyos colores, así como su brillo, intensidad y modulación, van cambiando. Con ella pretenden evocar el órgano luminoso del compositor Alexander Scriabin, con su teoría, basada en la sinestesia, de la correspondencia de colores y sonidos, y a la vez también el ideal de la obra de arte total, formulado por Richard Wagner.

La extraña ciudadLa Cúpula.

Lo primero que se ve en la gran nave del Grand Palais es un conjunto de cinco edificios que se alzan en un recinto circular, a los que se accede por una puerta de entrada, concebida como la ruina, el resto, de una especie de arco triunfal. Tanto la puerta como los muros de los edificios son de color blanco. Los nombres de las tres construcciones que aparecen en primera línea son: Manas, El museo vacío y Las Puertas. En el primer caso, encontramos la reproducción de una ciudad que existía en el norte del Tibet, que se desplazaba en dos niveles: el de la vida cotidiana, terrestre, y el de un mundo superior, celeste. En El museo vacío las pinturas de los muros han sido reemplazadas por espacios de luz, y a la vez suena el Pasacalle de Johann Sebastian Bach. En Las Puertas, el corte que habitualmente éstas establecen entre la vida privada y la vida social, entre lo individual y lo colectivo, se abre a una evocación de las situaciones de transición, del paso de esta vida al más allá, utilizando para ello una serie de doce pinturas que remiten al impresionismo y a Paul Cézanne.

Ilya y Emilia Kabakov: Estudio para Las puertas (2014). Dibujo.

Las otras dos construcciones que se alzan en la segunda línea son El centro de energía cósmica y Cómo encontrar un ángel. La primera integra tres espacios: el depósito antiguo de la energía cósmica, el centro de la energía cósmica y el laboratorio de comunicación con la noosfera, en los que se combinan los registros arqueológicos de las civilizaciones antiguas con las antenas e instrumentos tecnológicos que captan las señales del cosmos. La segunda, para mí –por razones autobiográficas– uno de los componentes más intensos de esta ciudad de los sueños y de la memoria, traza y recoge la larga y continua atención de los Kabakov a la imagen del ángel, en sus distintas variaciones. Aquí, según sus palabras, “más que una figura de la religión, el ángel es una alegoría de la aspiración a la felicidad y a la sabiduría”.

Ilya y Emilia Kabakov: ¿Cómo encontrar un ángel? (2014). Dibujo.

Ilya y Emilia Kabakov: ¿Cómo encontrar un ángel? (Monumenta, 2014). Instalación.

Finalmente, el trazado de la ciudad culmina con otros dos edificios, situados tras el primer recinto circular. Son La capilla blanca y La capilla oscura, que repiten en ambos casos las proporciones de una iglesia renacentista. En la primera, como en muchas iglesias antiguas, los frescos de los muros han desaparecido, pero un conjunto de pinturas dispersas muestran fragmentos de vida, retazos de memoria, entre los cuales pueden reconocerse imágenes de la propaganda soviética, así como una enorme mancha negra, por encima de la entrada, que remite a las imágenes cristianas del Juicio Final y a la representación del Infierno. En La capilla oscura, un conjunto disperso de pinturas en los muros, volteadas con un giro de 90º, representan imágenes soviéticas estereotipadas y otras con el recuerdo de los actos de recepción del Premio Imperial en Tokyo (concedido en 2008 a Ilya Kabakov), con la idea de que esa mezcla de honor y trivialidad remita a una especie de vanitas.
El recorrido por la ciudad de los Kabakov, inserta en un contenedor tan desaforadamente monumental, alcanza la paradoja de despertar en el visitante, el registro y las asociaciones más íntimas e interiores. En este caso, y de modo intensísimo, fuera es dentro. En lugar de esa proliferación reiteradamente externa de las imágenes mediáticas, que hoy llenan de ruido e interferencias nuestras vidas, los Kabakov trazan una especie de itinerario ideal hacia uno mismo, hacia los sueños, los surcos de la memoria, los deseos: realizados o no, que jalonan la existencia humana.
Al presentar La extraña ciudad, Emilia Kabakov recordaba que cuando hace algunos años les preguntaron si pensaban que el arte podía influenciar la política, respondieron que no. Y a continuación: “Seguimos teniendo la misma opinión, pero durante todos estos años hemos trabajado con ideas en torno a lo imaginario y la utopía. Y creemos de verdad que el arte, que ocupa un gran espacio en nuestra cultura, puede cambiar la forma en que pensamos, soñamos, actuamos, reflexionamos. Puede cambiar nuestra forma de vida.”
En definitiva, de eso se trata. Recorrer el recinto y las construcciones de La extraña ciudad supone adentrarse en un itinerario que nos lleva al conocimiento y a la visión. De nosotros mismos y de la experiencia, múltiple y compleja, que  nos rodea. Utopía significa no lugar. Pero, por eso mismo, ante la situación actual de nuestra existencia, doblegada por la ocultación y el simulacro con apariencia de verdad que sólo destila mentira, la utopía como viaje al otro lado de lo que creemos ver, del encubrimiento de lo real, es más necesaria que nunca. Utopía como auto-cuestionamiento, como registro de los sueños, de la memoria, de los deseos, siempre consciente de su posible frustración. A todo eso nos lleva esta intensísima y lúcida propuesta artística, esta extraña ciudad de Ilya y Emilia Kabakov. Si tienen ocasión, no pierdan la oportunidad de recorrer su recinto, para así poder llegar al otro lado de sí mismos.



* Ilya y Emilia Kabakov: La extraña ciudad, comisarios: Jean-Hubert Martin y Olga Sviblova; Grand Palais, París, 10 de mayo – 22 de junio de 2014.





miércoles, 26 de enero de 2011

Transparencias [sobre "Nostalgias ajenas", de Daniel Silvo]

     Tras pasar en 1961 de la entonces existente República Democrática Alemana a la República Federal, el gran filósofo de la utopía Ernst Bloch pronunció en la Universidad de Tubinga su primera lección con el título "¿Puede resultar fallida la esperanza?" Bloch distinguía entre utopías no mediadas, meras ensoñaciones sin fundamento real, y lo que denominaba docta spes: esperanza sabia, o utopía ilustrada: aquella que se construye con fundamento histórico y conceptual y es, además, consciente de la posibilidad de su frustración. Hacia el final del texto de la conferencia escribió: "Nada es más humano que traspasar lo que es. El que los sueños en flor casi nunca maduran es archiconocido. La esperanza ilustrada sabe esto mejor que cualquiera; tampoco en esto es ella ninguna garantía. Ella sabe sobre todo que el fracaso se pasea por el mundo como función de la nada, que también un en-vano está latente en la posibilidad real objetiva, que lleva en sí sin decidir aún tanto la salvación como el fracaso."
     Estas líneas de pensamiento resonaban en mi memoria viendo "Nostalgias ajenas", la estimulante exposición de Daniel Silvo (Cádiz, 1982) en la Galería Marta Cervera, de Madrid. Daniel Silvo construye su propuesta remitiéndonos a las utopías frustradas: el México de la Revolución, Cuba, República Democrática Alemana... Lo hace con un distanciamiento (por eso las nostalgias de las que se habla son ajenas) que ninguna persona de mi generación podría sentir ante esos dolorosos dramas históricos. A pesar de todo, nostalgia. Evidentemente, por lo que pudo ser y no fue.
     En una primera visión, podría pensarse que la exposición expresa un rechazo general ante las utopías. Sin embargo, no estoy seguro de que sea del todo así, más allá incluso de la intención consciente del propio Silvo. No se rechaza del todo aquello que produce en nosotros nostalgia, aunque sea ajena. Y sobre la utopía y la esperanza habría mucho que hablar y distinguir, como nos muestra la obra de Bloch, aunque lamentablemente en los tiempos que corren pocos lean a Bloch, pocos lean y mediten filosofía.
     En la muestra puede apreciarse el cruce entre tecnología y utopía en los tiempos modernos. El tren de la Revolución Mexicana (de modo similar al tren de Trotsky en la Revolución Soviética), los coches Lada: signos de la resistencia de los materiales y la capacidad de aguantarlo todo en la Cuba castrista, los diseños arquitectónicos imposibles destinados a proporcionar viviendas repetitivas y homogéneas en las avenidas berlinesas de la República Democrática Alemana.
     Hay en ella tres obras que me han gustado especialmente, de una gran calidad plástica y riqueza de sentidos. La instalación Justicia y ley, constituida por una serie de ampliaciones fotográficas que permiten identificar uno a uno a los hombres que figuran en una fotografía de grupo junto al tren revolucionario mexicano. Al poder ver sus rostros, su mirada, individualizamos los sueños frustrados de una colectividad que, sin duda, cambió la historia, aunque no plenamente en el sentido que seguramente se deseaba. Sus imágenes son espejos de nosotros mismos, deambulando a tientas, figuras borrosas entre la realidad y el deseo.
     Junto a ella, las piezas de neumáticos que forman parte de la instalación Libertad o muerte (2010), en cuyo círculo interior se han construido figuras de constelaciones como pueden verse desde Cuba, y en las que los astros se representan con monedas cubanas, todas ellas de ínfimo valor. De nuevo, una imagen del cielo estrellado, una indicación de que los seres humanos, a pesar de penurias y calamidades, no pueden dejar de elevar su mirada al cielo, no pueden evitar sentir el impulso de la elevación.

Daniel Silvo: Glasnost 01 (2011)
Vidrio, 29 x 15 x 15 cm.

     Finalmente, llamo también la atención sobre las dos piezas llamadas Glasnot (2011), que como sabemos significa transparencia en ruso y fue uno de los lemas centrales de la acción política de Mijail Gorbachov en los años finales de la Unión Soviética. Daniel Silvo juega aquí con las matrioskas, esas muñecas rusas que llevan en su interior otras más pequeñas repitiendo serialmente la imagen. Al realizar su obra en vidrio, Silvo permite ver lo que hay dentro, le da transparencia. Pero, claro, con ello comprendemos que nuestra mirada exterior de las cosas, los problemas, las situaciones: del mundo y de los seres humanos, no alcanza casi nunca esa transparencia. Habitualmente, no vemos, perdemos lo que hay dentro. No llegamos a alcanzar la pluralidad de sentidos superpuestos que definen esa dimensión compleja que llamamos realidad.
     Si la utopía ya no nos dice nada, si hay tantos ejemplos, humanos e históricos, de su frustración, ¿debemos renunciar a ella...? Quiero terminar esta nota sobre las Nostalgias ajenas de Daniel Silvo, continuando la cita del texto de Ernst Bloch en el punto mismo donde antes lo dejé. "El proceso del mundo" -escribe Bloch- "no está decidido todavía en ninguna parte; claro que tampoco está todavía frustrado en ninguna; y los hombres pueden ser en la tierra los guardaagujas de su ruta, no decidida aún hacia la salvación, pero tampoco hacia la perdición. El mundo permanece en su totalidad como un fabril laboratorium possibilis salutis [laboratorio de posible salvación]. De ahí que se pueda decir, como Heráclito: 'quien no espera lo inesperado jamás lo encontrará'."