jueves, 7 de julio de 2011

Evanescencia (sobre Francis Naranjo)

à Texto publicado en el catálogo de la exposición francis naranjo SMILE, comisariada por Juan-Ramón Barbancho. Fundación Municipal Ayuntamiento de Gijón, Centro de Cultura Antiguo Instituto, 9 de junio - 17 de julio de 2011.


EVANESCENCIA

Es el nuestro un mundo poblado, sobrecargado incluso, de luces que, sin embargo no nos dejan ver. Ahí se sitúa la inquietante paradoja que atraviesa como una constante toda la trayectoria creativa de Francis Naranjo. No ver y ser visto. Controlado, expuesto, conducido. Sabemos que el exceso de luz ciega. Como ha escrito Yves Bonnefoy (1987, 22), "por desgracia, cuanto más claro se ve, con más dureza se padecen los efectos del punto ciego". Y eso es lo que nos pasa: vivimos envueltos en un exceso de luz, de sonidos, de palabras, de estímulos que actúan sobre nosotros como instrumentos de control.


Cada vez estamos más condicionados, casi configurados, por una red tecnológica, ahora con soporte digital, que organiza y distribuye el conjunto de las relaciones sociales. Michel Foucault fue quien primero habló del paso de las "sociedades disciplinarias", con su técnica principal: el encierro (no sólo en el hospital y la prisión, sino también en la escuela, la fábrica y el cuartel), a las "sociedades de control", que funcionan ya no por el encuadramiento espacial de los individuos, por el encierro, sino por un control continuo, diseminado, que se ejerce a través de flujos instantáneos de comunicación.
Partiendo de esa distinción, Gilles Deleuze (1990, 237) indica que se puede establecer una correspondencia entre los distintos tipos de sociedad y los diferentes tipos de máquina: "las máquinas simples o dinámicas para las sociedades de soberanía [identificables con las sociedades pre-modernas, pre-industriales], las máquinas energéticas para las disciplinas, las cibernéticas y los ordenadores para las sociedades de control". Aunque, a la vez, puntualiza que "las máquinas no explican nada, es preciso analizar las disposiciones colectivas, de las que las máquinas no son más que una parte."
La posición de Deleuze explicita un planteamiento que aparecía ya en Mil Mesetas, su obra de 1980, escrita en colaboración con Félix Guattari: la necesidad de oponer lo que allí llamaban "máquinas de guerra" al sistema de dominación. Estas máquinas de guerra, puntualiza Deleuze (1990, 233) "no se definirían en absoluto por la guerra, sino por una manera de ocupar, de llenar el espacio-tiempo: los movimientos revolucionarios (…), pero también los movimientos artísticos son máquinas de guerra de ese tipo."

Francis Naranjo, Nos vemos esta noche

No encuentro noción más apropiada para caracterizar las obras, las instalaciones, de Francis Naranjo, que esta de máquinas de guerra: propuestas elaboradas con un alto grado de sofisticación tecnológica, que buscan la máxima perfección en su acabado, pero cuya intención central es desvelar la inserción en nuestras vidas de la inaprehensible tecnología de control. Darle la vuelta a la tecnología utilizando sus propios procedimientos y su mismo lenguaje. Hacer ver lo que no vemos, pero que por ello mismo actúa sobre nosotros con más eficacia. La colaboración con el poeta Dionisio Cañas y con el compositor José Manuel López López, la introducción de la palabra y la música en las obras, intensifica el carácter multimedia, la proliferación expresiva, da respuesta en el terreno del arte a la pluralidad de canales que desarrolla y emplea la tecnología de control.
Francis Naranjo, Nos vemos esta noche, detalle de la instalación.

El instrumental quirúrgico, las cortinas o las cucarachas-robot nos hablan de la pretendida asepsia a la que se quiere someter al conjunto de las relaciones humanas. Por medio de ellas,  Francis Naranjo plantea un itinerario de reconocimiento de nuestra indefensión ante los ojos del control electrónico y de las derivas hospitalarias de un tipo de sociedades, las nuestras, en las que los criterios de visualización y de sentido permanecen celosamente ocultos. Guardados por poderes que no se dejan ver.  Pero la visión nos hace humanos, a través de ella llegamos al conocimiento y entramos en relación con los otros y con el mundo. Por eso, Naranjo reclama su función, su fuerza, la de una visión que no es esa ceguera inducida por el exceso de luz de la tecnología de control, sino una visión que, desde la interioridad, desde la comprensión de la situación en que vivimos, se dirige al reconocimiento del otro. Un "otro" que en su caso es también, siempre, el que mira, el espectador, al que busca convertir en cómplice, en quien intenta despertar su participación activa, abrir un cauce de reflexión a partir de lo que las obras proponen.
  "Si no ves la profundidad / es que no sabes mirar", leemos en uno de los paneles del "poema instalativo" Les Saisons (Las Estaciones). Algo que subraya la importancia que tiene en las propuestas de Francis Naranjo esa tarea de liberación de la mirada, concebida como un proceso de emancipación sensible, conceptual y ético. Y que remite igualmente, como es obvio, a saber oír, a despertar el destello del reconocimiento de la palabra del otro, negada en el demasiado habitual infierno de las relaciones de pareja. Y que se resuelve, también, en una risa de impotencia ante la petición de socorro, de ayuda, que no sabemos cómo atender.
Se trata de dar una respuesta "fría", de oponer una evanescencia, una desaparición del gesto pretendidamente inmediato, para abrir la vía, desde el arte, a un rechazo reflexivo, mental y corporal, del sistema de dominio, también él no manifiesto, evanescente, que nos controla y somete. Como afirma Deleuze (1990, 235), "el arte es lo que resiste: resiste a la muerte, a la servidumbre, a la infamia, a la vergüenza." Las obras, las instalaciones, de Francis Naranjo son, en ese sentido, tanto máquinas de guerra como espacios de resistencia, en las que, con lucidez, el trabajo artístico se desplaza a criterios de sentido y significación distintos a los del pasado. Tienen en cuenta el paso de un sistema de dominación que actuaba acuñando moldes, de carácter estático, a otro, el de hoy en día, que opera a través de una modulación intensa y constantemente dinámica: "Los encierros son moldes, vaciados distintos, pero los controles son una modulación, como un vaciado auto-deformante que cambiaría continuamente, de un instante a otro, o como un tamiz cuyas mallas cambiarían de un punto a otro." (Deleuze, 1990, 242). Se trata de ir más allá de la luz cegadora. Más allá de la ignorancia. Y, desde luego, más allá de la autocomplacencia cínica, satisfecha con los residuos de beneficio y de poder que así obtiene. Se trata de resistir. De llamar a la resistencia.
Cuando comprendemos, en nuestros labios alumbra una sonrisa contenida. Melancólica. Cuando, dolorosamente, asimilamos que no hay salida, al menos de forma inmediata. Que el mundo está, definitivamente, mal hecho. Que el dolor es irreprimible. Y el sistema de control no es tan torpe como para negarlo, simplemente lo oculta, lo desvanece. Nos queda la respuesta desencadenada, emotiva, de la risa trágica, que reconoce el carácter inevitable del sufrimiento. O mejor, de nuevo, desde la resistencia "fría", a la altura de los tiempos, la sonrisa melancólica. La misma, aunque Cervantes no lo dice, que debió esbozar Don Quijote después de ser vencido por el Caballero de la Blanca Luna, el otro yo del Bachiller Sansón Carrasco, y comprender que sus correrías de caballero andante, es decir: su posibilidad de acabar con la injusticia, habían llegado a su fin. Eso indica, en todo caso, que Don Quijote decidiera entonces hacerse pastor. De la novela de caballerías a la novela pastoril.

Francis Naranjo, Two Friends

Reír. Tal vez sonreír. Nunca llorar. Sonreír asumiendo en el reconocimiento melancólico de que las cosas no pueden ser cambiadas, el aguijón persistente, que sigue vivo, activo, de nuestro deseo irreprimible. Nuestro mundo no está aquí. El sueño de un mundo mejor sigue brillando en el destello melancólico de nuestra mirada. En nuestra risa ante lo absurdo que cerca y cercena la vida. Risa trágica. O, tal vez, sonrisa. Abierta a sí misma, al eco de la melancolía.

Referencias
- Yves Bonnefoy: (1987): Rue Traversière et autres récits en rêve; Éditions Mercure de France, Paris. Tr. esp. de Julián Mateo Ballorca: Relatos en sueños; cuatro.ediciones, Valladolid, 2009.
- Gilles Deleuze (1990): Pourparlers; Les Éditions de Minuit, Paris.

lunes, 27 de junio de 2011

El triunfo de lo local (sobre la 54 Bienal de Arte de Venecia)

Inmateriales
El triunfo de lo local
A pesar de ser relativamente pequeña, con una extensión de tan sólo 41.290 Km2, y una población de 7.725.200 habitantes, Suiza es, como todos sabemos, una de las naciones más ricas del planeta. En ella reside un tercio de la riqueza en manos privadas de todo el mundo. Bice Curiger, la Comisaria de la recién inaugurada 54 Bienal Internacional de Arte de Venecia, una de las citas de mayor relieve del arte contemporáneo, es precisamente suiza. Conservadora de la Kunsthaus de Zurich desde 1993, y fundadora y redactora jefe de Parkett, una de las revistas de referencia para el conocimiento y la difusión del arte de nuestro tiempo, Curiger es una personalidad internacionalmente reconocida y respetada.
Había las mejores expectativas hacia su propuesta que, sin embargo, ha causado una decepción prácticamente general entre todos los especialistas presentes en la cita. Se supone que, a diferencia del carácter comercial de las ferias, las bienales deben presentar una articulación conceptual para así transmitir al público, a los públicos del arte, un cierto estado de la cuestión. Naturalmente, a estas alturas nadie piensa ya en una exposición-panorama que agrupe y ordene "todo lo que hay". Pero sí en un registro parcial, en una mirada selectiva, capaz de transmitir algunas líneas o planteamientos de actuación relevantes sobre la dinámica del arte. Sin embargo, para decirlo lisa y llanamente, la muestra de Bice Curiger es un desastre. El concepto que utiliza: IllumiNAZIONI, que juega incluso tipográficamente con un doble plano de sentido: iluminaciones, por un lado, y naciones, por otro, ha dado paso a una selección de obras y artistas que parece completamente ocasional. Igual que están los que están, podrían estar muchos otros.

James Turrell - Skyspace Zuoz (Espacio celeste Zuoz, 2005).
Instalación. Fotografía de Florian Holzherr. Cortesía del artista.

No sirve, como hace Curiger, remitirse al sentido, poético o filosófico, que el término iluminaciones tiene en Rimbaud o en Walter Benjamin si luego las propuestas resultan deslavazadas y, en no pocas ocasiones, transmiten oscuridad en lugar de luz. Sin intensidad, sin brillo. Se oscila entre artistas muy jóvenes para una convocatoria de este tipo: de un total de 89, hay 32 nacidos después de 1975, y algunos grandes nombres, como Sigmar Polke, Franz West, James Turrell o Fischli y Weiss, pero sin presentar de ellos propuestas nuevas o suficientemente intensas. O, peor aún, se incluye, de manera meramente oportunista, a un clásico como Tintoretto.
Uno de los casos más patéticos de la falta de intensidad de esta Bienal es la repetición, porque de eso se trata, de la obra del italiano Maurizio Cattelan, que ya en 1997 situó en los espacios expositivos de la Bienal a 200 palomas disecadas con el título Tourists (Turistas). Ahora el número de animales disecados (¿con qué finalidad…?) ha aumentado, y la pieza se llama Others (Otros). Pero nada ha cambiado, sigue siendo la misma banalidad vacía que, además rompe vidas. Claro está, hay también alguna obra de interés, y una excepcional: The Clock (El reloj, 2010), del californiano Christian Marclay, un extraordinario ejercicio de montaje fílmico, con una duración de 24 horas, en la que se va siguiendo la sucesión temporal en escenas de películas diversas en las que aparece una cuenta del tiempo que coincide con la que el espectador tiene en su propio reloj. Es obvio, sin embargo, que se trata de una obra producida antes y al margen de los planteamientos de la Bienal.


Christian Marclay - Imagen de The Clock (El Reloj, 2010).
Vídeo monocanal, edición de 6. Duración 24 horas.
White Cube, Londres y Paula Cooper Gallery, Nueva York.

Comenzaba el artículo escribiendo sobre Suiza. He tenido que molestarme en hacer el recuento, pero un dato significativo es que entre todos los artistas presentes hay nada menos que 12 que han desarrollado o desarrollan su trabajo, o han nacido en Suiza. El grupo más numeroso entre las distintas nacionalidades presentes en la selección de Curiger. De modo que, a pesar de que, según el Presidente de la Bienal, se había pedido a la Comisaria una muestra "sin fronteras", el resultado real ha sido una muestra limitada, probablemente construida con sus contactos personales. En la que lo mejor se encuentra en algunos pabellones nacionales, fuera de su responsabilidad. En fin, esta Bienal supone el triunfo de lo local. Eso sí, de lo local bien situado, influyente, por su posición de poder en el mundo.



PUBLICADO EN: ABC Cultural (http://www.abc.es/),  nº 1003, 25 de junio de 2011, p. 24.

martes, 21 de junio de 2011

Uno es dos (nota sobre la exposición "Soy-oír", de Alex Francés)

Uno es dos

Hermosa, sugestiva exposición, de Alex Francés (Valencia, 1962) en el nuevo espacio Centro de Arte Complutense en Madrid. Con el título Soy-oír presenta un conjunto de vídeo-instalaciones, fotografías, piezas escultóricas y dibujos, complementado con tomas de sonido, que gira, todo él, en torno a la experiencia del esquí. Esquiar supone modular el cuerpo, imprimir en la figura una capacidad de deslizamiento que lleva a una experiencia diferente de uno mismo. Por eso, resultan especialmente significativos los vídeos y las fotografías en los que Francés presenta a esquiadores con pérdida de visión que para esquiar han de contar con el apoyo de un guía: para los primeros, ver es oír. La visión es sustituida por las indicaciones que les permiten orientarse en el deslizamiento sobre la nieve.


Interesante ver cómo el esquiador invidente y su guía enlazan su mano para trazar una línea sinuosa y abierta, imagen metonímica del deslizamiento en la montaña. E inteligente la disociación de las tomas de sonido, tanto para los vídeos como para las fotografías, que no es descriptiva, y con ello nos lleva a sentir el referente auditivo como algo que se explica desde una experiencia interior. En estos casos, la relación sensorial implica un desdoblamiento, un sentirse apoyado en la voz del otro, gracias a la cual se modula el movimiento del cuerpo.


Si la representación del cuerpo y el desdoblamiento son referentes constantes en la trayectoria de Alex Francés, en esta exposición ha abierto una nueva frontera de sentido. Deslizándose, como en el esquí, de la visión al oído, nos llama la atención sobre el papel que desempeña el sonido en la configuración del yo: somos no sólo un yo que se configura como imagen en el espejo de la cultura, sino también el resultado de un sonido, ese que nos es dado en la palabra del otro. En definitiva, somos lo que oímos.

martes, 14 de junio de 2011

Tejer sueños (sobre la artista brasileña Lygia Pape)

Inmateriales
Tejer sueños

José Jiménez.-

Hay un juego infantil, conocido en multitud de culturas, y que en español recibe nombres diversos: "hacer cunas", o jugar a la cuna, al hilo, al cordel, o a la hamaca. En Portugal y Brasil se llama "cama de gato". Consiste en ir entrelazando un hilo o un cordel con los dedos de las manos hasta formar una pequeña red que, eventualmente, se pasa luego a los dedos y manos del siguiente jugador que, a su vez, construye otra cuna, cama, o figura. El juego expresa no tanto la habilidad manual del niño como la construcción inmaterial, el tejido, de un espacio acogedor, una cuna o pequeña cama, que es tan íntima e inaprehensible como para caber entre las manos. Allí soñamos con resguardarnos, nos sentimos acogidos, a salvo de peligros.

El huevo (O ovo) - Acción, 1968.
Fotografía b/n, 12 x 18 cm.
Projeto Lygia Pape, Rio de Janeiro.

Evoco el juego para referirme a la magnífica exposición que el Museo Reina Sofía dedica a la artista brasileña Lygia Pape (1927-2004), una de las grandes figuras del arte de nuestro tiempo, y sin embargo no suficientemente conocida por el público. La exposición de nuestro Museo, que recoge unas 250 obras: pinturas, relieves, xilografías, acciones documentadas, collages, películas y libros, a la vez que muestra la impresionante diversidad expresiva, el carácter de "artista total" de Lygia Pape, tiene también algo de restitución. Nos da una primera propuesta de visión integral de la obra de una de las artistas centrales del constructivismo y del movimiento "neo-concreto" brasileño, que por distintos "avatares", personales e históricos, había quedado hasta ahora un tanto postergada frente a la de sus más conocidos compañeros Lygia Clark o Helio Oiticica. Tiene un carácter de primicia la presentación en la muestra, por vez primera en un espacio expositivo, de las películas de Lygia Pape: cine experimental, películas de artista, como todo su trabajo de una gran intensidad conceptual y lírica.

Sin título (1954-1956).
Témpera/óleo sobre madera, 40x40x3,3 cm.
Projeto Lygia Pape, Rio de Janeiro.

Resulta emocionante percibir en sus obras la fuerza extraordinaria que esta mujer menuda y de mirada penetrante llevaba dentro de sí. Desde sus inicios, el rigor formal del constructivismo europeo se transforma en su obra con un giro sensual y dinámico, en el que se expresan Brasil y América Latina. Un ejemplo más de la "voracidad incorporativa" del latinoamericano de la que hablaba José Lezama Lima, esa forma específica de apropiarse de cualquier registro universal de cultura estableciendo una nueva síntesis que le da nueva vida y alcance. Una nueva síntesis que se despliega en sus colaboraciones con el Cinema Novo, o en sus acciones en espacios cotidianos, en las que se vincula lo íntimo con la reivindicación política y social. En el despliegue de toda la obra de Lygia Pape, yo identifico un núcleo expansivo: un conceptualismo lírico, una voluntad de transferir el vuelo del pensamiento al espacio poético de la representación sensible. Se expresa así la intención de dar sentido humano, íntimo, a las formas plásticas, haciendo de ellas un ámbito de resonancia de la sensibilidad, estableciendo cauces de comunicación entre el yo y el tú, el nosotros, la naturaleza y todo el cosmos.

Ttéia, en la exposición Espacio imantado,
Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Madrid (2011).
Fotografía Joaquín Cortés/Román Lores.

En toda su obra. Y de un modo especial en esas piezas construidas con hilos tendidos en el espacio, para las que inventó un nombre nuevo: "Ttéias", que varían según el tipo de espacio en que se construyen, según el tipo de luz (natural o artificial), y de hilo (de cobre, plateado, o transparente) que emplean. Teia, en portugués, significa tela. De modo que estas obras son tejidos, tejidos en el espacio. Lygia Pape las relacionaba con algo "mágico", y las ponía en relación con el juego infantil de la "cama de gato", al que me refería más arriba. Sobre ellas también decía que eran como "una red donde las arañas tejen planos de vida o muerte". Piezas memorables: hilos de luz tendidos en el espacio, filamentos de lo visible tejidos por la araña del tiempo y del destino. Se construye así un ámbito inaprehensible, inmaterial, que se abre ante nuestros ojos invitándonos a tocar, a hacer vibrar, el sonido y la irradiación de la luz en el espacio. Un espacio lleno de resonancias, a la vez exterior e interior. Allí donde gravitan nuestros sueños.


PUBLICADO EN: ABC Cultural (http://www.abc.es/),  nº 1001, 11 de junio de 2011, p. 26.

martes, 24 de mayo de 2011

"Gioconda invertida", mi participación en el proyecto "Gioconda intervenida"

Gioconda invertida (mayo, 2011)

Mi participación en el Proyecto "Gioconda intervenida" [ver debajo]

Exhibición “GIOCONDA INTERVENIDA”
En la Semana de las Artes del año 2010, evento que la institución educativa[1] viene trabajando año a año, desarrollando diferentes propuestas artisticas destinadas a la comunidad,  se lanzo una convocatoria de mail art titulada “Gioconda intervenida”[2] la cual consiste en intervenir una reproducción de la obra de Leonardo Da Vinci[3] “Gioconda o Mona Lisa” (1503 / 1506) óleo sobre tabla de álamo perteneciente al Museo del Louvre, Paris.
Las obras obtenidas provenientes de diversas partes del pais y del mundo son cargadas en el blog: http://giocondaintervenida.blogspot.com donde además se encuentran datos sobre la obra original, el artista y curiosidades relacionadas.
La propuesta de la convocatoria y la tematica elegida surge desde la catedra medios audiovisuales, a cargo del docente Elisssamburu, Javier; donde se trabaja con el texto de José Jiménez[4], Arte es todo lo que los hombres llaman arte, capitulo uno del libro Teoría del arte. para realizar el recorrido en el tiempo de la relación de entre producción artistica y medios de comunicación e introducción a la materia.
En la exposición generada por la impresión y exhibición de la obras obtenidas, se podrá contemplar el uso que a través del tiempo diferentes artistas han dado a una de las obras más conocidas en el mundo. Desde Duchamp[5], hasta los alumnos que actualmente cursan la materia Medios Audiovisuales en el tercer año del profesorado en arte visuales.

Clase magistral “GIOCONDA INTERVENIDA”
En el transcurso de la exposición “Gioconda Intervenida”, se desarrollará una clase magistral desarrollada por los alumnos del tercer año del profesorado en artes visuales, abierta a todo público; la cual consta de tres etapas:
1.               Presentación del artista Leonardo Da Vinci[6] y su obra “Gioconda[7]”.
2.               Recorrido histórico de la relación de la producción artística y los medios de comunicación. En un análisis del texto de José Jiménez, Arte es todo lo que los hombres llaman arte, (capitulo uno del libro Teoría del Arte)[8].
3.               Curiosidades de la Gioconda, historias, limpiezas, reproducciones y consecuencias de su popularidad.

                                                                                                   Creador del proyecto
                                                                                                     Elissamburu, Javier











[1] Escuela de Bellas Artes “Luciano Fortabat” de Azul, Bs. As. Argentina
[2] Ver anexo I: convocatoria de mail art “Gioconda intervenida”.
[3] Leonardo Da Vinci (Vinci (1452) - Cloux (1519) es uno de los grandes maestros del Renacimiento famoso como pintor, escultor, arquitecto, ingeniero y científico. Encantado por el conocimiento y la investigación, sus innovaciones en la pintura determinarían la evolución del arte italiano, siendo sus investigaciones científicas sobre anatomía, óptica e hidráulica anticipos de los avances modernos
[4] Jiménez, José , Teoría del Arte; Tecnos, Madrid, 2002.
[5] Ver anexo II.
[6] Op. Cit. Leonardo Da Vinci.
[7] “Gioconda o Mona Lisa” (1503 / 1506) óleo sobre tabla de álamo perteneciente al Museo del Louvre, Paris.
[8] Op. Cit. Jiménez, José.

domingo, 22 de mayo de 2011

El gesto es el hombre (sobre Franz Xaver Messerschmidt)


Inmateriales
El gesto es el hombre

José Jiménez.-

Uno de los tópicos más persistentes, y discutibles, en la teoría del arte es el que intenta rastrear los motivos de la originalidad de la obra de un artista en alguna supuesta anomalía psíquica. Cuántas necedades, y con cuánto aplomo, se han dicho sobre El Greco o sobre Van Gogh, por ejemplo, para intentar justificar el carácter transgresor de sus obras, cuya raíz hay que buscar en sus concepciones artísticas y en el despliegue de las obras mismas. Si existe, el trastorno psíquico se sitúa en un plano distinto al del acto creativo, con todo lo que éste exige de control y disciplina, más allá del impulso inicial.
El Museo del Louvre acaba de presentar una exposición verdaderamente modélica acerca del extravagante escultor Franz Xaver Messerschmidt (1736-1783), que suscita de nuevo todas estas cuestiones. Nacido en Baviera y formado inicialmente en Alemania, Messerschmidt se instala en 1755 en Viena, donde estudia en la Academia de Bellas Artes. Años después inicia su trayectoria profesional, en 1765 viaja durante algunos meses por Italia, y a su vuelta a Viena realiza un conjunto de retratos escultóricos  de gran calidad de la pareja imperial y de otros personajes de la corte. Nombrado en 1769 profesor adjunto en la Academia Real, desarrolla una brillante carrera como escultor y profesor hasta que en 1774 el Comité de Profesores de la Academia rechaza darle el nombramiento como profesor titular que le correspondía, aduciendo el carácter desviado de su comportamiento personal. Una decisión refrendada por el Canciller de Estado y, en último término por la propia Emperatriz María Teresa, quien había sido antes su protectora. Messerschmidt fue declarado no apto para cumplir esa función porque "parece a veces perder la razón".


El hombre que llora como un niño (1771-1783)
Aleación de estaño y de plomo, 44 x 22 x 25 cm. Szépmüvészeti Múzeum, Budapest.

Fuertemente contrariado, a pesar del ofrecimiento de una pensión vitalicia, Messerschmidt abandona Viena, y después de un breve retorno a Baviera, y fracasar en su intento de establecerse en Munich, en 1777 decide instalarse junto a su hermano en Pressburg, la actual Bratislava. Allí compraría después una casa, donde pasaría sus tres últimos años de vida, en las afueras de la ciudad, cerca del cementerio judío, en un barrio que se consideraba "aterrador".  En esos años, y hasta su muerte,  Messerschmidt continúa trabajando en una serie de piezas escultóricas, que había tenido su inicio en 1771, conocidas luego como "cabezas de carácter", completamente insólitas y transgresoras respecto al gusto neoclásico dominante en la época. Ejecutadas en metal, mayoritariamente a partir de aleaciones de estaño o de plomo, y en alabastro, Messerschmidt intenta expresar en sus cabezas, a través de la intensificación de los gestos faciales, los distintos estados de ánimo y temperamentos del ser humano. Tras su muerte, su hermano vendió a un cocinero 49 de estas cabezas que, con títulos grotescos, se expusieron públicamente por vez primera en Viena en 1793, compradas por un tal Joseph Jüttner del que hoy nada se sabe, y expuestas de nuevo también en Viena en 1835. Poco a poco fue formándose el tópico de un escultor desequilibrado mentalmente, autor de esculturas grotescas y deformantes. El gran psicoanalista y estudioso de la historia del arte Ernst Kris, en sus Exploraciones psicoanalíticas en el arte, de 1952, lo calificó como "un escultor psicótico". Según Kris, "nos encontramos en verdad ante una psicosis con predominantes rasgos paranoideos que encaja en el cuadro general de la esquizofrenia".

Hombre sombrío y siniestro (1771-1783)
Aleación de plomo y de estaño, 44 x 23 x 24 cm. Belvedere, Viena.

Para su diagnóstico, Kris se basa, sobre todo, en el relato de un escritor alemán ilustrado, Friedrich Nicolai, quien lo visitó en 1781, y que relata, entre otras cosas, que Messerschmidt decía que "los demonios de la proporción" sentían envidia de la perfección que él había alcanzado en ese ámbito y que lo visitaban especialmente de noche. Según Nicolai, quien parece que lo vio trabajar, Messerschmidt se quejaba de dolores en el bajo vientre y en las caderas, y para dominar a los demonios, se miraba en el espejo, se pellizcaba el cuerpo y hacía muecas, mientras trabajaba.


El hombre de mal humor (1771-1783)
Aleación de plomo y de estaño, 38,7 x 23 x 23 cm. Musée du Louvre, París.

Por muy excéntrico y atormentado que pudiera ser, si damos crédito al relato de Nicolai, resulta difícil aceptar que esas obsesiones o manías de Messerschmidt sean decisivas en la plasmación de su escultura. Deberíamos pensar, más bien, que su obra es de gran importancia, a pesar de sus posibles, aunque discutibles, trastornos mentales, y no gracias a los mismos.  En sus esculturas y retratos encontramos, casi desde el inicio, algunas pautas estables: la observación minuciosa y la representación precisa de la fisionomía individual, en un proceso de despojamiento de todo lo que resulta accesorio que le lleva a  centrarse cada vez más en la figuración del rostro. En realidad, sus cabezas, todas ellas masculinas, y que podríamos caracterizar en una línea de auto-representación, más que como autorretratos, suponen la culminación de su itinerario creativo. Liberado de las convenciones sociales del retrato y de las imposiciones academicistas, trabajando en una completa soledad, Messerschmidt pudo desarrollar en sus últimos años una obra de altísima calidad figurativa. En sus fascinantes cabezas podemos rastrear el eco de las teorías del temperamento que se remontan a Hipócrates, Aristóteles y diversos tratados de la Antigüedad Clásica, así como los planteamientos de la contemporánea fisiognómica, que entonces se desarrollaba en Europa, buscando establecer relaciones entre los temperamentos y las estructuras anatómicas del cráneo. Pero Messerschmidt va mucho más allá. Con su capacidad para dar expresión a un amplísimo registro de expresiones, con su reconstrucción figurativa precisa de los más mínimos detalles del movimiento de la cara, Messerschmidt sitúa en los gestos faciales la vía central para conocer al hombre concreto y las oscilaciones de sus estados de ánimo. Con su obra, la escultura alcanza a ser expresión plástica plena del conocido refrán: "la cara es el espejo del alma". O, mejor aún, nos muestra, nos desvela, algo que los artistas plásticos saben en toda su dimensión y alcance: el gesto es el hombre.


PUBLICADO, EN VERSIÓN ABREVIADA, EN: ABC Cultural (http://www.abc.es/),  nº 998, 21 de mayo de 2011, p. 30.

 

domingo, 8 de mayo de 2011

Pintar es soñar (sobre Odilon Redon)

PINTAR ES SOÑAR

[Odilon Redon, Príncipe del Sueño. Grand Palais, París, hasta el 20 de junio. Después, entre el 7 de julio y el 16 de octubre, en el Museo Fabre, de Montpellier]

José Jiménez.-

No demasiado conocido del gran público, figura independiente y relativamente marginal en su momento, la importancia de la obra de Odilon Redon (1840-1916) no ha hecho sino acentuarse con el paso del tiempo. Aunque llegó a participar, en 1886, en la última exposición de los Impresionistas, Redon concebía su trabajo artístico en abierta oposición a lo que llamaba "imitación y naturalismo directos", entonces dominantes. Algunos manuales de historia del arte lo encuadran dentro de las corrientes "simbolistas", pero su obra va mucho más allá, y en su caso deberíamos hablar quizás de mentalismo: su obra plástica intenta dar libre expresión al universo interior de la mente. En ese sentido, Odilon Redon anticipa la gran revolución que conduce al arte moderno de la representación de lo externo a un modelo interior, como en su momento diría André Breton. Mucho antes que Breton, en 1913, Marcel Duchamp, que se encontraba en los inicios de la elaboración de su obra decisiva, El Gran Vidrio, declaró: "Si tuviera que decir cuál fue mi punto de partida, debería decir que fue el arte de Odilon Redon".
La magnífica exposición que se presenta ahora en París, de donde viajará a Montpellier, permite una revisión en profundidad de esta figura central de la modernidad artística. Se han reunido en ella unas 170 pinturas, pasteles, carboncillos y dibujos, un importante conjunto de sus series gráficas, e incluso se ha reproducido a escala original la decoración mural que, hacia el final de su vida, realizó por encargo de uno de sus mecenas.
En las raíces del trabajo de Odilon Redon se funden su identificación con la naturaleza, el evolucionismo de Darwin, las lecturas de Edgar Allan Poe, Baudelaire y Flaubert, junto a la obra de Rembrandt, Goya, Delacroix y la influencia directa de un gran maestro solitario del grabado Rodolphe Bresdin (1822-1855), de quien fue alumno y por quien siempre sintió una profunda admiración. A contracorriente del gusto dominante, Redon desarrollará su obra durante casi treinta años en el dominio del negro, que consideraba "el color más esencial". Dibujos al carboncillo y álbumes de litografías en los que va dando curso a toda una serie de imágenes que brotan directamente de su imaginación, de su mundo interior, lejos de todo "naturalismo": árboles, figuras híbridas, monstruos, ojos, cabezas, alas… imágenes flotantes en un mundo de ensueño. ¿A quién podría ocurrírsele, representar una araña con una intensa y expresiva sonrisa…, obviamente humana? ¿O una cabeza humana, a la vez planta, de la que salen agujas de cactus…?

Odilon Redon: Araña o Araña sonriente [Araignée ou Araignée souriante] (1881).
Carboncillo, 49,5 x 39 cm. Musée d'Orsay, París.

A partir de 1890, Redon va poco a poco abriéndose hacia una utilización del color en su obra, que se hace plena e intensa ya en el comienzo del nuevo siglo, momento en el que en cambio abandona la litografía y el carboncillo. El empleo del color se pone en relación con su deseo de expandir la vida a través del arte. "Pintar", señala Redon, "es reconstituir o amplificar la vida". Visiones interiores, figuras legendarias, como Orfeo y muchas otras, o flores y conchas, fluyen en una obra cargada de enigmas, que nos habla de una realidad que está en otra parte, en el universo de la fantasía. Su gran amigo Stéphane Mallarmé, con quien sus planteamientos estéticos tienen tanto en común, le dijo en 1891: "Usted agita en nuestros silencios el plumaje del Sueño y de la Noche".

Odilon Redon: Visión [Vision].
Plancha nº 8 de En el sueño [Dans le rêve] (1879).
Litografía, 27,4 x 19,8 cm. Bibliothèque Nationale de France, París.

Y con ello tocamos un punto capital, la importancia que la visión interior tiene en la obra de Odilon Redon, anticipando en buena medida tanto la sensibilidad como no pocos motivos y cuestiones que desarrollaría después el Surrealismo. El punto de inflexión en su proceso creativo está, precisamente, marcado por la edición en 1879 de un álbum de diez litografías: En el sueño. Publicado mediante una suscripción privada, y con tan sólo 25 ejemplares, el álbum le dio una cierta notoriedad. El globo ocular flotante de una de sus planchas vuela, a través de toda una serie de variaciones y desplazamientos, hacia una figura andrógina y gigantesca que, desde sus hombros, parece brotar de la tierra: Los ojos cerrados (1890). Cerrados hacia fuera, los ojos se convierten así en el órgano de la mirada interior. Se ve hacia dentro, no hacia fuera. Una auténtica esfinge de los tiempos modernos.

Odilon Redon: Ojos cerrados [Yeux clos] (1890).
Óleo s. lienzo, montado sobre cartón, 44 x 36 cm.
Musée d'Orsay, París.

No se pierdan esta muestra de ensueño, que recoge con amplitud la amplia gama de registros de este artista diferente, excepcional, en cuya obra brilla la precisión del detalle, de lo minucioso, de lo pequeño que habitualmente no advertimos. De forma consciente, Odilon Redon buscaba dejar hablar a lo inconsciente: "Todo se crea", escribió en 1898, "por la sumisión dócil a la llegada de lo inconsciente".

PUBLICADO EN: ABC Cultural (http://www.abc.es/),  nº 996, 7 de mayo de 2011, pp. 28-29.