lunes, 17 de octubre de 2022

Exposición en la Fundación MAPFRE, Madrid

Picasso-González: El vuelo de la escultura

Estamos ante una de las primeras exposiciones organizadas en relación con el cincuentenario de la muerte de Pablo Picasso, que tuvo lugar el 8 de abril de 1973. Se trata de un proyecto que tiene también un carácter de merecido homenaje a Tomàs Llorens, uno de los más relevantes profesionales en el ámbito institucional y crítico del arte contemporáneo, que había ido preparando meticulosamente sus estudios sobre los ámbitos y claves de proximidad entre Picasso y Julio González en el despliegue de la escultura como práctica artística con vistas a la realización de esta exposición, pero que lamentablemente falleció en junio de 2021. Utilizando todos los materiales: pensamiento, textos y notas que Llorens dejó disponibles, su hijo Buye ha asumido la tarea de concretarlos en esta muestra.

Pablo Picasso: Proyecto para un monumento a Guillaume  Apollinaire. París, otoño de 1928. Alambre y chapa, 59,5 x 13 x 32 cm. Musée National Picasso, Paris. 

La propuesta se articula como un diálogo entre Picasso y González, estructurado en cuatro secciones, que van desde los inicios de su relación en Barcelona en los primeros años del siglo XX hasta el fallecimiento de González en 1942, a quien Picasso rindió homenaje con dos obras, una pintura y un ensamblaje con un manillar y sillín de bicicleta, ambas con el mismo título: Cabeza de toro, y presentes en las salas al inicio del itinerario.

                           Julio González: El Arlequín / Pierrot o Colombine. c.1930.                                                      Bronce fundido, 43 x 30 x 30 cm. IVAM, Valencia. 

Los títulos de las secciones son como un mapa lingüístico y conceptual de lo que vamos recorriendo al ver las obras: “I Picasso, González y el modernismo catalán tardío. Barcelona, c. 1896-1906”. “II La desmaterialización de la escultura moderna. París, c. 1928-1932”. “III Picasso y González: testimonios de guerra. París, 1937-1944”. “IV Epílogo: Picasso, 1942”. Es toda una reconstrucción del desarrollo  de los ejes de contacto de ambos artistas en una época convulsa, intensamente determinada por dos guerras mundiales y por la búsqueda de nuevos horizontes para las artes.

Pablo Picasso: Mujer en el jardín. París, primavera de 1930. Hierro soldado y pintado de blanco, 206 x 117 x 85 cm. Musée National Picasso, Paris.

Junto a 27 obras de otros artistas, relacionadas con los ambientes y temáticas que van desarrollando González y Picasso, se han reunido nada menos que 100 piezas del primero y 53 del segundo, lo que nos sitúa ante un panorama verdaderamente pleno de ese diálogo entre ambos que se quiere reconstruir y de los contextos en los que se inscribe. Vamos así pasando por el horizonte plástico del modernismo tardío en Barcelona, del Cubismo en París en el que se sitúa el eje conceptual de la exposición: el arranque y la consolidación de la desmaterialización de la escultura, hasta terminar con el desgarro que generan las guerras en las obras que van de 1937 a 1944.

En 1918, tras la muerte del escritor Guillaume Apollinaire, Picasso recibió el encargo de realizar un monumento para honrar su memoria. La solución no fue inmediata: casi diez años después, tomando como referencia un texto narrativo de Apollinaire en el que proyectando su propia muerte en un personaje literario habla de que le van a esculpir “una profunda estatua de nada, como la poesía, como la gloria...”, Picasso se pregunta: ¿Cómo dar forma a la nada?

                           Julio González: Mujer peinándose, I. 1931. Hierro forjado y                      soldado,168,5 x 54 x 27 cm. Centre Pompidou, Paris.

Para ello, pensó en una escultura de hierro, transparente, y en la posibilidad de contar para su realización con su amigo Julio González, “en cuyas manos los metales se hacían tan dúctiles como la mantequilla”. En una colaboración entre ambos que tuvo lugar entre 1928 y 1932 produjeron un conjunto de esculturas metálicas, entre las cuales Picasso eligió la que presentó como proyecto para el monumento, y que sin embargo no fue aceptada por el comité que le había hecho el encargo.

Esta escultura de pequeña escala, datada en 1928, que Picasso conservó en su castillo de Boisgeloup y que hoy está en el Museo Picasso de París, es el eje sobre el que gravita la exposición. En ella un conjunto de líneas de alambre dibujan un espacio transparente, articulado en un despliegue desde la parte superior donde está inscrita una chapa esférica con tres orificios que podemos concebir como una metáfora visual de un rostro humano. En síntesis: la iluminación de la transparencia... Y esto es lo que nos trae esta muestra: la importancia de la relación entre Picasso y Julio González para abrir un nuevo horizonte de la escultura.

                             Pablo Picasso: Cabeza de mujer. Boisgeloup,1931-1932.                                                    Bronce, 128,5 x 54,5 x 62,5 cm. Musée National Picasso, Paris.

Todo ello es lo que se despliega en las obras reunidas: en lugar del peso y la materialidad escultórica, un vuelo de la escultura hacia la desmaterialización y la transparencia. Algo que sintetizó Tomàs Llorens en un texto editado en 2009 y que se reproduce ahora en el catálogo de la exposición: “El principio que desde los orígenes de la disciplina, había considerado forma y masa como los dos términos fundamentales, necesariamente correlacionados, del lenguaje del escultor se vio subvertido por la introducción del espacio vacío como interlocutor privilegiado de la forma.” El vuelo de la escultura: Pablo Picasso, Julio González, Tomàs Llorens...

 

Julio González, Pablo Picasso y la desmaterialización de la escultura. Comisarios: Tomàs Llorens Serra () y Boye Llorens Peters, Fundación MAPFRE, Madrid. Del 23 de septiembre al 8 de enero de 2023.

* Publicado en EL CULTURAL: Edición impresa, 7 de octubre de 2022, pp. 36-37.

* Edición online: https://www.elespanol.com/el-cultural/arte/20221015/pablo-picasso-julio-gonzalez-dar-forma/709429053_0.html

martes, 4 de octubre de 2022

Libro de Hugo Ball

Nietzsche y las vanguardias artísticas

¿Fue el filósofo Friedrich Nietzsche un «vanguardista» como los artistas que en su misma época situamos hoy en la vanguardia de las artes, con todo lo que ello supuso para la renovación de los horizontes artísticos...? Un sugestivo libro pone ante nuestra atención estas cuestiones. En él se reúnen dos textos de Hugo Ball (1886- 1927), un pensador y escritor alemán que en la segunda década del siglo XX se integró primero en los ambientes expresionistas y luego en el dadaísmo, centrándose ya desde 1920 en una línea teológica de reflexión sobre el Cristianismo.

Los dos textos ahora editados por primera vez en español se centran en las figuras de Nietzsche y Wassily Kandinsky, lo que nos conduce a ese ambiente de las vanguardias al que antes aludía. Estamos ante una muy cuidada y rigurosa traducción, y también un firme planteamiento académico, sobre todo en todo lo que se refiere a la figura de Nietzsche, algo sobre lo que Manuel Barrios Casares es un cualificado experto.

Como estudiante de filosofía, Hugo Ball  pensó desarrollar su tesis doctoral sobre Nietzsche, entre 1909 y 1910. No llegó a terminar su tesis, pero de esa fase de trabajo se conservan 51 páginas, revisadas por Ball a finales de 1910, que ahora se publican en este libro. Lo que en él despliega Ball es una síntesis del pensamiento de Nietzsche durante su estancia en Basilea, una visión del “primer Nietzsche”, de sus años de juventud y adolescencia, con una atención especial al periodo que el filósofo pasó como profesor en la Universidad de Basilea entre 1869 y 1879.

Ball plantea que en esos inicios Nietzsche renunció a llevar “una vida de artista”, y que aunque apareció como alternativa dedicarse a la filología se sintió ya filósofo en lo más íntimo. A través de la influencia del historiador suizo Jacob Burckhardt, pero sobre todo de Richard Wagner, según Ball (pg. 12) Nietzsche acabaría centrando su horizonte en el pensamiento sobre la cultura, forjando “su concepción del filósofo como un reformador cultural”.

En esa perspectiva, la recepción de la consideración de Wagner del arte como un medio educativo, daría paso en Nietzsche a una concepción del arte como ideal de cultura, y así escribiría: “Sólo el arte nos puede salvar.” Con todo ello, Ball intenta hacer ver los nexos de continuidad entre el primer Nietzsche y el posterior. El nexo principal es la necesidad de cambiar la vida, subrayando que “El ideal reformador es el puente entre el Nietzsche de Basilea y el de la última época.” (pg. 53). Ahí se situaría la importancia central de la estancia de Nietzsche en la ciudad suiza, pues a partir de entonces en su pensamiento confluyen las ideas de la importancia del arte y de la autodeterminación del individuo.

El otro texto en el libro, más breve, es lo que Hugo Ball escribió para una conferencia que tuvo lugar el 7 de abril de 1917, en la Galería Dadá en Zúrich. En él se aplica una especie de aproximación entre lo que Ball había encontrado en el pensamiento de Nietzsche: ir a través del arte a un cambio de la cultura y de la vida. En Kandinsky, con quien mantuvo una relación personal, Ball subraya como núcleo de su estilo artístico la identificación de “la necesidad interior”, lo que implicaría una diferenciación de las vanguardias anteriores, del Expresionismo y del Cubismo.

En definitiva, lo que Hugo Ball planteó en esta primera fase de su pensamiento, a través de su interpretación de Nietzsche, es una síntesis del arte y la filosofía, en la perspectiva de un cambio profundo de la vida humana. En esa línea se desplegaron también entonces las vanguardias artísticas, pero Ball da un paso más al pretender una confluencia de la acción del pensamiento y de las propuestas artísticas.

 

* Hugo Ball: Nietzsche en Basilea (seguido de la conferencia Kandinsky). Edición, traducción y notas de Manuel Barrios Casares; el paseo, Sevilla, 2022. LXII + 85 pgs.


* Publicado en EL CULTURAL: - Edición impresa, 30 de septiembre, pg. 39.

* Edición online, https://www.elespanol.com/el-cultural/letras/20221004/nietzsche-renuncio-artista-eligio-filosofia/704929902_0.html

martes, 13 de septiembre de 2022

Exposición en la Fundación Cerezales

  Fernanda Fragateiro: Materia y memoria

La artista portuguesa Fernanda Fragateiro (Montijo, 1962) mantiene un eco creativo abierto, que se estructura conceptualmente a través de soportes materiales y formas de expresión muy diversas. Su trabajo es bastante conocido en España, donde ha sido presentado a través de exposiciones en distintos espacios y ciudades. Y nos llega ahora, en la Fundación Cerezales, una muestra de una gran intensidad y valor, articulada en torno a la fuerza que poseen y transmiten los materiales en el curso y despliegue de su utilización.

Fernanda Fragateiro... Fotografía de Juan Baraja.

En comunicación con la lengua de nuestro querido Portugal, el título de la exposición se propone directamente en portugués, e intenta expresar sin filtros el curso que siguen los materiales en la elaboración de imágenes y cómo eso puede conmovernos y emocionarnos. El montaje se organiza con tres secciones con forma de instalación: Materials Lab [Laboratorio de Materiales] (2006-2022), Estaleiro [Astillero] (2022) y Materia consciente (2022), a las que se unen algunas otras obras singulares.

La primera sección es un proyecto abierto, que Fragateiro empezó a desarrollar a partir de una residencia de investigación en el Harvard Art Museum. Consiste en agrupar, en cajas y embalajes de madera colocados sobre el suelo, diversos materiales que fluyen de su archivo personal. Se trata de libros e impresiones gráficas que ahí podemos ver fragmentariamente, que se relacionan con cuestiones de género, ecología, arquitectura y política. En la entrada a los espacios de la Fundación se han dispuesto en mesas los libros utilizados, que así están disponibles para su lectura por los públicos.

Fotografía de Juan Baraja.

En esta sección se hace alusión a materiales perdidos en situaciones negativas, como ruinas o guerras, y con ello se plantea una línea de comunicación con la otra sección, con el Astillero, término que hoy se emplea fundamentalmente en referencia  a los espacios donde se construyen o reparan embarcaciones, pero que también designa un lugar donde se depositan maderas. La idea que Fragateiro transmite es que los materiales perdidos, recogidos en su archivo, puedan servir en su diversidad para tareas de reconstrucción. Todo ello nos sitúa en el dibujo especular del Astillero construido por Fragateiro con diversas piezas de madera, pintadas con blanco y de gran formato, elaboradas con tablones que se agrupan en paralelo.

Materia consciente dialoga con el color blanco de las maderas de Astillero. Está integrada por dos conjuntos de piedras de talco, insertas en líneas de despliegue en las paredes. Las piedras guardan todo un secreto: han sido cortadas aproximadamente en su mitad, donde han sido insertados fragmentos de libros también cortados. Es decir, las piedras tienen un lenguaje formal, visual, pero también un lenguaje inscrito en su interior que remite a la escritura y a la lectura a lo largo del tiempo. Piedras y seres humanos.

Fotografía de Juan Baraja.

Es importante señalar que tradicionalmente, desde hace ya muchos años, se ha señalado la importancia de las piedras de talco para favorecer la meditación, calmar las emociones, y apoyar la tolerancia frente a los impulsos de ira o agresividad. Y todo ello se conecta con la experiencia que dio origen a esta exposición, algo que tuvo inicio hace más de dos años, cuando Fernanda Fragateiro recogió una piedra cerca de Cerezales del Condado en su primera visita a la Fundación. Esa piedra desencadenante está ahora depositada en Materials Lab.

Tras el hallazgo de la piedra, Fragateiro visitaría después una fábrica de talco abandonada, en Boñar (León), situada muy cerca de una mina de donde se extraía el talco, con lo que el proyecto de exposición reforzaría su relevancia. En definitiva, algunos minerales, algunas piedras, nos hablan de nuestra inserción en el mundo natural y a la vez de las huellas y registros de la memoria que guardan dentro y fuera.

Fotografía de Juan Baraja.

Entre las obras singulares, me parece importante mencionar una, con el título Materials Lab (2021), que dialoga plenamente con el propósito de la muestra y con sus tres secciones. Se trata un abrigo impermeable de color gris utilizable en el trabajo con las piedras y las maderas, y que lleva en la superficie toda una serie de manchas blancas. Estamos así ante la memoria blanca del trabajo, que nos permite recordar y meditar.

La exposición, que en los espacios de la Fundación en los que dos grandes paredes de vidrio en los laterales nos permiten mirar y ver tanto dentro: las obras, como fuera: los jardines, es en definitiva un viaje en profundidad hacia aquello que nos conmueve en nuestra convivencia con los materiales. Un viaje que fluye a través de las obras de una intensa calidad artística, poética y conceptual, de esta gran artista, Fernanda Fragateiro. Relaciones que conmueven: ir y volver al diálogo entre los materiales de la vida y la memoria.

 

* Fernanda Fragateiro, Em Bruto: Relações comoventes [En bruto: Relaciones que conmueven]. Comisario: Alfredo Puente, Fundación Cerezales Antonino y Cinia, Cerezales del Condado (León). Del 14 de agosto al 4 de diciembre de 2022.

* Publicado en EL CULTURAL: - Edición impresa, 9-15 de septiembre, pgs. 40-41. Edición online: https://www.elespanol.com/el-cultural/arte/20220913/fernanda-fragateiro-arte-memoria-materia-astillero-blanco/702429902_0.html

miércoles, 27 de julio de 2022

Texto de la Laudatio en el Acto de Nombramiento de Jaume Plensa como Doctor Honoris Causa, en la UIMP

     

JAUME PLENSA:

LA ESCULTURA COMO POESÍA VISUAL


Hace ya más de tres décadas que sigo con pasión el itinerario creativo de Jaume Plensa. No me gusta la palabrería hueca, ni el halago fácil. Pero les aseguro que según han ido pasando los años la obra de Plensa ha adquirido un peso y una densidad estética tales que hacen de él uno de los artistas más importantes de nuestro tiempo en un plano internacional.

Es el propio Plensa quien organiza y presenta su trabajo. Artista independiente hasta el extremo, sumamente exigente consigo mismo, Plensa mantiene el fuego solitario del artista comprometido únicamente, y de una manera radical, con la exigencia interior de su obra. Para llegar a tener contacto con la misma el primer paso, imprescindible, es advertir ese compromiso interior, tan decisivo en el arte y en la vida, y que en este caso nos confronta con una experiencia de autenticidad, independencia, sentido moral, y coherencia... Con una capacidad para decir no. Para hacer de la escultura una forma de interrogación radical.

La obra de Plensa no es nunca imperativa: se desliza en silencio, abierta hacia una sensibilidad cómplice, intentando rastrear los signos y las formas de las grandes cuestiones de la humanidad. En las imágenes y en la memoria. Quizás por eso haya insistido en numerosas ocasiones en que, para él, "la escultura es el mejor modo de plantear una pregunta".

Su itinerario creativo se ha ido adelgazando, haciéndose progresivamente cada vez más leve y sutil en la utilización de los soportes materiales. Aunque ya desde sus inicios, en los primeros ochenta: marcados por un diálogo con lo ancestral, con los rasgos totémicos que el hombre extrae de la madre tierra para intentar dar cuerpo a su propia imagen, aparecía el signo de lo infraleve, un término acuñado por Marcel Duchamp. Y así ha ido desenvolviéndose en su trayectoria artística la formación de un cosmos plástico propio, hasta constituir lo que me gusta llamar la galaxia Plensa. El signo zodiacal de esa galaxia es la palabra poética: la materialización espacial de la palabra, que así adquiere no ya sólo su esencialidad temporal inscrita en el carácter sucesivo del lenguaje, sino además volumen, cuerpo.

La galaxia Plensa forma un continuo astral en la expansión de sus manifestaciones: dibujo, escultura, obra gráfica, escenarios para ópera, obra pública..., ligadas por su común derivación de lo que las constituye: lo poético. A la vez, hay que subrayar en toda su obra el mantenimiento de una dimensión constructiva, poéticamente estilizada: la pureza de líneas y de formas que es característica constante en su trabajo. La utilización de los distintos soportes no se produce por exigencia de los propios materiales, sino, al contrario, por la necesidad de alcanzar distintas modulaciones para la idea, que es el auténtico desencadenante, y que por eso inscribe indistintamente su vuelo sobre todo aquello que le permite alcanzar una forma espacial diferenciada. El mismo Jaume Plensa  así lo señalaba hace ya años: “Como escultor, yo trabajo básicamente en el terreno de las ideas, no con la materia o las formas, aunque cada idea obviamente demanda su material y su forma, pero éstas no son las preocupaciones principales.” (Plensa, 1999b, sin paginación).


Jaume Plensa en su intervención...

En consecuencia, así se conjugan el hierro fundido, el polvo y las limaduras, el aluminio, las resistencias de neón, pero también la fragilidad y evanescencia del agua, el vidrio, la resina de poliéster, el alabastro, el nailon... ¡y la luz! La luz, en un juego de contrastes, de densidades contrapuestas, que estructuran volúmenes, espacios interiores y exteriores. Elementos, todos ellos, que siguen en su diversidad una misma intención: modular ideas.

En la galaxia Plensa, “ideas” quiere decir ante todo preguntas. Él mismo ha señalado cómo una de sus obsesiones recurrentes es la concepción de la escultura como “el mejor medio para plantear cuestiones”. La formulación de las preguntas no tiene un origen conceptual o teórico externo, en su caso surgen de forma espontánea, partiendo del reconocimiento del papel del azar en el despliegue plástico de sus ideas. Y esa inmediatez de las preguntas, como también de las ideas, remite a un cierto trasfondo surrealista en sus obras, que actúa básicamente como libertad psíquica plena, como una especie de automatismo poético transcendido, y que tiene otro posible eco en sus construcciones de vidrio, casas transparentes de los sueños y anhelos humanos, que encontraron una primera formulación poética en la casa de cristal que imaginaron los surrealistas.

En este punto, poesía y escultura coinciden: traen, al tiempo o al espacio, a una dimensión física, perceptible, la universalidad de la idea, la abstracción. Éstas son sus propias palabras: “La gran poesía es escultura. (...). La escultura, tal como yo la entiendo, es siempre la alianza de algo físico y abstracto, de la idea y la materia. También encuentro esto en las grandes imágenes de la poesía.” (Plensa, 1999, 59).

Como núcleo, la pregunta, el auto-cuestionamiento, que está en todas sus obras, construidas siempre con un sentido poético abierto, y que dejan al espectador la tarea de encontrar su propia respuesta a lo que se concibe como formulación tentativa, como materialización plástica, de una o diversas cuestiones superpuestas. Como un intento, imposible de culminar. Pero lo que vale es el pulso de la tentativa, el deseo de alcanzar el sueño.

Esa marca del sueño y la fantasía en su vertiente más sutil está presente desde sus inicios, en los primeros ochenta, marcados por un diálogo con lo ancestral, con los elementos naturales que el hombre extrae de la madre tierra para intentar dar cuerpo a su propia imagen. En sus esculturas, las letras, el lenguaje, adquieren cuerpo, se convierten en formas visuales. Con ello, a lo largo de su trayectoria se despliega la formación de un cosmos plástico propio, hasta constituir la galaxia Plensa. El signo zodiacal de la misma no es otro que la palabra poética: la materialización espacial de la palabra, que así adquiere no ya sólo su esencialidad temporal inscrita en el carácter sucesivo del lenguaje, sino además volumen, cuerpo. La poesía se hace escultura.

La transparencia visual, unida al deseo de comunicación con el espectador, es algo que se ha intensificado con los cada vez más numerosos encargos públicos que ha ido recibiendo y que han ido dando cada vez más importancia a una actitud anti-museística en su trabajo, situando la concepción de la obra como una idea y una experiencia a compartir con el público, como algo abierto.

Estos planteamientos, abiertos al diálogo, tienen un trasfondo en el que en lugar de afirmar de forma tajante se inscribe la pregunta, el autocuestionamiento, algo que está en todas sus obras: dibujos, esculturas, escenarios dramáticos o instalaciones públicas, construidas siempre con un sentido poético abierto, que dejan al espectador la tarea de encontrar su propia respuesta a lo que se concibe como formulación tentativa, como materialización plástica, de una o diversas cuestiones superpuestas.

Aquí, en el flujo de ese diálogo, es sumamente relevante señalar la importancia que la palabra poética en sí misma tiene para Plensa, y por ello su identificación profunda con algunos grandes poetas, especialmente con William Blake. Según nos indica: “Goethe, Shakespeare, Baudelaire, Dante, T. S. Eliot y, sobre todo, Blake están entre mis grandes compañeros de viaje. Una pequeña luz en la gran oscuridad.” (Plensa, 1999a, 41). En realidad, a través de esos procesos abiertos de identificación, por medio del flujo de la idea y su materialización en la palabra y en la obra plástica, lo que alcanzamos a atisbar es un horizonte, siempre inalcanzable, de superación de la soledad. Seres humanos contingentes en un tiempo de transición, con parecidas ansiedades y amenazas, eso somos todos.

La contraposición culpa/inocencia expresa un par de contrarios que alienta en buena parte de las acciones humanas. En ella fluye el cauce de la pasión, el sentimiento que nos desborda y nos conduce más allá de lo que ni siquiera hemos llegado a entrever. Y esa cuestión: el juego con los contrarios en toda una serie de registros, tiene también una gran importancia para Plensa, algo en lo que resuena un eco explícito de la tajante afirmación de William Blake al comienzo de Las bodas del cielo y del infierno (The Marriage of Heaven and Hell, 1790-3): “Sin contrarios no hay progresión.” (“Without Contraries is no progression.”). Esto es lo que nos dice Plensa (1999, 59): “Me gusta representar las cosas por medio de su opuesto. Cualquier otra cosa sería periodismo.”

En ese interés por el juego con los contrarios y lo poético como forma de expresión de la vida, se sitúa una clave central de la relevancia que tiene para Plensa la inscripción de la palabra en sus obras. Al alterar las cualidades físicas de los objetos, la inscripción en ellos de la palabra provoca la aparición de una energía, en este caso un sonido, diferente en cada caso. Pero la raíz de esa energía diferenciada  es estrictamente corporal, tal y como también quería William Blake. La palabra poética se expande en el espacio, adquiere una forma, y con su materialización genera también un sonido.

La utilización del cuerpo como módulo plástico es una constante de la tradición artística de Occidente. Desde los diversos “cánones” de la escultura griega, hasta el “modulor” de Le Corbusier, y pasando por el módulo corporal de Vitruvio y su inscripción en el círculo y el cuadrado por Leonardo da Vinci. Estamos hablando de “escala”, algo absolutamente constitutivo, central, en el proceso estético de la escultura. Pues bien, en Plensa hay un desplazamiento de ese sentido de fijación antropológica de la escala, que constituye uno de los más importantes elementos de continuidad de nuestra tradición plástica. En lugar de un “módulo” genérico o universal, en Plensa el módulo es él mismo, su propio cuerpo, y ni tan siquiera sólo en un sentido exterior, sino a través de la unión del afuera y del adentro, de lo público y de lo íntimo.

Pero entonces, en sentido estricto, estamos hablando de un módulo poético, de una cristalización de la energía como plasmación de una fuerza vital en la obra. El artista se convierte en un mediador, en alguien que pone su cuerpo y su mente, que los ofrece al público en un proceso abierto de comunicación. Por eso resulta tan decisiva la autenticidad como valor propio de esta propuesta plástica, que quedaría inmediatamente destruida si derivara hacia algún tipo de autocomplacencia o de exhibición cínica. La mediación personal del artista intensifica los componentes poéticos y la intención ceremonial de la obra. El horizonte plástico a que nos lleva es la meditación y la búsqueda de la pureza como elementos centrales del arte.

Esta fuerte implicación personal no supone sin embargo ningún tipo de quietud narcisista. El sentido dinámico, el desplazamiento de energía de la que cada obra es un depósito simbólico, conducen las propuestas de Plensa a una apertura hacia el otro, fundamentalmente hacia los creadores, artistas y escritores, tan solitarios en su tarea  como cualquier ser humano en los momentos decisivos de la experiencia, de la vida y de la muerte. Como ya estableció Arthur Rimbaud: “yo es otro” (“je est un autre”), el autorretrato es el sueño o la palabra creativa de otros, sólo así podemos percibir nuestro yo. Y Plensa (1999, 59) indica: “Hice un autorretrato. Pero no me representa a mí. Muestra los nombres de todos los artistas que tuvieron algún significado para mí. Existo a través de ellos.”

Abordamos ahora otra cuestión central: se ruega tocar. Las piezas escultóricas de Plensa están concebidas para que el público interactúe con ellas: lugares para entrar y salir, luces y sonidos que nos llevan a un ambiente distinto. Y en ese ámbito se sitúan los gongs en algunas de sus obras: no dejen de golpearlos, de sentir la reverberación del sonido, se ruega tocar. Ahí se inscribe también la importancia del uso de la luz y del sonido. Se trata de algo coherente con la voluntad de artífice, de transferir a la obra la dinámica propia de los elementos naturales. El agua, que fluye, da vida y regenera, que une al artista con los trabajadores anónimos. El fuego, que moldea el hierro o el aluminio, y los convierte en soportes dúctiles de la palabra. El aire, que oxida y contamina, pero igualmente ventila, purifica. Y, finalmente, la tierra que nos habita y que habitamos: la metáfora constructiva, la gestación de un mundo. En ese universo paralelo, el sonido y la luz actúan como marcas intangibles de nuestro anhelo: la plenitud que se nos escapa, el deseo que nos mueve.

Toda su obra fluye a partir de ese juego continuo de contrastes: “No podría vivir sin dualidad, contradicción, imperfección. Hablar sobre el silencio con sonidos, sobre lo ligero por medio de lo pesado, sobre el movimiento con lo estático.” (Plensa, 1999a, 44). Se trata de una forma dialéctica de comprensión de lo real que, como ya ha podido apreciarse, tiene uno de sus principales referentes teóricos y poéticos en la obra de William Blake.

Pero quiero ahora volver a este aspecto para subrayar en qué medida a través de ese procedimiento indirecto Plensa persigue una inversión de los sentidos estéticos habituales que dota a su trabajo de una gran intensidad y riqueza. El empleo del sonido o de la luz no debe, en esta perspectiva, entenderse sin más en un sentido “directo”, sino, por el contrario, como un desvelar los signos o vestigios de la imposibilidad de llegar plenamente a la representación de sus opuestos: el silencio o la oscuridad. La importancia en su obra de los materiales leves y sutiles tiene que ver con esta cuestión: se prestan mejor a ser utilizados como zonas de paso, como puentes entre los opuestos.

Aquí se sitúa también algo muy relevante: la búsqueda del silencio en toda su profundidad actúa como uno de los ejes centrales de las propuestas de Plensa. Se despliega en la búsqueda de los opuestos como lugar donde nace la energía, la fuerza espiritual y vital. En el contraste, una vez más, del sueño, como quietud, y el deseo, como agitación. Pero también en la voluntad de aludir al silencio inalcanzable a través del sonido, por medio del ruido. El enigma que así se dibuja es poético y plástico, pero no tiene nada que ver con intenciones de tipo esotérico: “Siempre he concedido gran importancia al silencio como columna vertebral de mi obra. No me gusta la palabra hermetismo. Preferiría hablar de relación fluida entre el tiempo y el silencio, y de la energía constante creada por las vibraciones inherentes a la materia.” (Plensa, 1999a, 40).

El silencio tiene vida sólo en los sueños, y las cabinas para la meditación son a la vez espacios donde quien entra resulta devorado: “Siempre pensé que el silencio es sólo un sueño. Nuestro cuerpo es pesado y ruidoso, lleno de vida, vida finita. Las cabinas son celdas para la meditación. Y al mismo tiempo tienen algo canibalístico.” (Plensa, 1999, 57).


Mi exposición de la Laudatio...

Silencio y meditación constituyen los dos pilares esenciales de la sabiduría, de los grandes sistemas rituales, religiosos, y filosóficos. Lo importante es que son también la piedra de toque de la palabra, su espacio nutricio y constitutivo. Sólo la palabra puede poner al desnudo el envés del lenguaje, su vacío, de donde surge el propio lenguaje. Sin embargo, en Plensa, incluso esa experiencia que se sitúa más allá de lo humano brota de la interioridad más íntima. La imposibilidad del silencio es el envés del inevitable ruido de nuestro flujo incesante de lenguaje y de nuestro cuerpo que, en tanto que posee la fuerza de la vida, no puede silenciar el ruido que, por ser, produce: “La grabación del sonido que produce la sangre en distintos puntos de mi cuerpo y su reproducción en algunas de mis obras es una clara invitación al espectador para que comparta conmigo la imposibilidad del silencio.” (Plensa, 1999a, 45). En este punto se introduce una convergencia, que considero sumamente interesante, de Jaume Plensa con uno de los músicos más relevantes de nuestro tiempo, con John Cage, para quien el silencio era también intensamente significativo. Refiriéndose específicamente a su “Credo”, en “El futuro de la música”, John Cage (1968, 3) escribió: “Allá donde estemos, lo que mayormente escuchamos es ruido. Cuando lo ignoramos, nos perturba. Cuando lo escuchamos, lo encontramos fascinante.” Un pensamiento que se concretó de modo intenso en su pieza de 1952 4‘33’’, en la que el director y los músicos de orquesta no tocan nada durante ese tiempo: lo único que se escucha es el silencio, el silencio en plenitud, imposible escucharlo en la vida cotidiana.

Esto nos lleva a esas imágenes escultóricas en las que Plensa ha centrado su atención en los últimos tiempos: mujeres jóvenes, chicas, con la mirada abierta hacia delante, o con el dedo pulgar en la boca pidiendo silencio. Su poesía escultórica resalta la importancia de mirar en profundidad hacia los otros, de ver a los demás... y de pedir silencio como forma de viajar a nuestra interioridad y poder compartirla con los demás... Actitudes tan profundas y necesarias para desplegar un mundo mejor.

En definitiva, la búsqueda de la representación plástica y poética de los opuestos, el sistema nervioso de la obra de Jaume Plensa, nos conduce al envés, a lo que interiormente constituye lo real. La materia no es algo inerte, está llena de vida. El tiempo gira sobre sí mismo: debemos abandonar la pretensión de un desenvolvimiento lineal y advertir el sedimento de los años y las épocas, su dimensión transitoria y fugaz. El silencio en plenitud es inalcanzable, pero debemos situarlo plenamente en nuestro horizonte. Sólo conjurándolo en el sueño inocente, en el dormir reparador, podemos entrar en su territorio, y desde allí abrirnos silenciosamente a los demás. Es así como alcanzamos, con las obras de Jaume Plensa, a través de preguntas, de la escultura como cuestionamiento radical, la abolición del tiempo, de la causalidad, del espacio. Los reflejos del silencio, la plenitud poética de la humanidad.


Referencias


- John Cage (1968): Silence; Calder and Boyars, Londres. Republished by Marion Boyars Publishers, Londres, 1978.

 

- Jaume Plensa (1999): “Die Entfaltung einer Art von kollektivem Gedächtnis”. Jaume Plensa mi Gespräch mit Michael Stoeber, en el Catálogo Jaume Plensa. Love Sounds; Kestner Gesellschaft, Hannover, pp. 57-60.

 

- Jaume Plensa (1999a): “Fragen an Jaume Plensa”, Danièle Perrier, en el Catálogo Wanderers Nachtlied. Jaume Plensa; Museum Moderner Kunst, Viena, pp. 39-46.

 

- Jaume Plensa (1999b): “A Conversation with Jaume Plensa”, by Javier Aiguabella, en el Catálogo Jaume Plensa; Tamada Projects Corporation, Tokio.

 

 

* Texto de la Laudatio asumida por mí, en el Acto de Nombramiento de Jaume Plensa como Doctor Honoris Causa, en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, Santander, 21 de julio de 2022.

miércoles, 6 de julio de 2022

Exposición en la sala El Águila, Madrid

 

Català-Roca: Viajar en la fotografía

Francesc Català-Roca (1922-1998) es, sin duda, uno de los fotógrafos más relevantes de ese ya pasado siglo XX que él fue dejando impreso para las miradas posteriores a través de lo que veía con su cámara. Coincidiendo con el centenario de su nacimiento, PHotoESPAÑA y la Dirección General de Patrimonio de la Comunidad de Madrid han organizado una muestra en la que se le rinde tributo y vuelve a poner ante nuestros ojos una selección de sus imágenes icónicas.

Baños de San Sebastián, La Barceloneta (1952).

Se presentan en ella 81 fotografías enmarcadas, procedentes del Archivo del Col·legi d’Arquitectes de Catalunya, datadas de 1952 a 1968, más una de 1977. Y también 60 impresiones en color de fotografías tomadas en Nueva York y seleccionadas entre las 3.000 que realizó entre 1987 y 1991 con destino a un libro, en las que vemos los rascacielos flotantes y sinuosos de la ciudad.

Como complementos, están también dos cortometrajes sobre Joan Miró, ambos de 1970, en los que Català-Roca fue el director de fotografía y que se proyectan en una pantalla pequeña, un conjunto de documentos en vitrinas, y una cámara Hasselblad de los años sesenta algo especialmente significativo e importante: porque ese era el órgano de visión con el que Català-Roca construía sus piezas.

Madrid (1952).

Se había iniciado muy pronto en la fijación técnica de las imágenes, pues había trabajado desde los trece años en el laboratorio de fotografía experimental de su padre. Su estilo personal se consolidaría en los años cincuenta. Poco a poco había ido conociendo las posiciones y los fotógrafos más relevantes en un plano internacional de la fotografía de la época. A ello se unieron sus relaciones con artistas, como Salvador Dalí, Joan Miró, Antoni Tàpies y Eduardo Chillida, entre otros, así como con toda una serie de relevantes escritores. Català-Roca tenía una gran pasión por la elaboración de libros, que mantuvo como una actividad constante.

Estamos ante una exposición de síntesis, en la que las fotografías enmarcadas, todas ellas de un formato medio y en blanco y negro, nos permiten viajar en el tiempo junto a Català-Roca, volver a ver con su forma aguda de mirar lo que pasaba, toda una serie de acontecimientos y situaciones que ahora ya no permanecen iguales. Es un viaje en el tiempo, que nos lleva a cómo se vivía, tras la Guerra Civil, en la época de la dictadura franquista. Un mundo de sombras, pero también de luces: las que brotaban de la vitalidad humana.

Esperando el Gordo, Puerta del Sol (Madrid, 1952).

Las imágenes se suceden sin orden cronológico, ordenadas al azar, y en ellas vamos viendo ambientes rústicos y refinados, las calles de las ciudades, ambientes religiosos, paisajes naturales intervenidos, playas, bailes, fiestas y músicas... En las fotografías destella el claroscuro, técnicamente elaborado por Català-Roca con una gran perfección: el contraste entre las luces y las sombras de la vida. Y también la introducción del dinamismo en un equilibrio permanente entre arriba y abajo, por el uso recurrente de las técnicas de picados y contrapicados.

Recoletos (Madrid, 1952).

Además de esta muestra, y también en el programa de PHotoESPAÑA, puede verse en Madrid la exposición que le dedica la Galería Tiempos Modernos: “Dobles parejas”, que vuelve a mostrar la icónica imagen de las mujeres caminando por la Gran Vía en 1952, y que ya estaba en la que esa misma Galería presentó en el año 2000.

A partir de 1973, Català-Roca se centró en la fotografía en color, pensando ya en lo que vendría frente al “acromatismo” del siglo XX. En definitiva, Català-Roca fue siempre un viajero de la imagen, a través de su cámara recorría las calles y los espacios, situando los ámbitos de las personas y las situaciones de vida.


* Català-Roca. La lucidez de la mirada. Sala El Águila, Madrid. Comisaria: Oliva María Rubio. Hasta el 18 de septiembre.

* Publicado en EL CULTURAL: - Edición impresa, 1 – 7 de julio, pgs. 36-37. - Edición online: https://www.elespanol.com/el-cultural/arte/20220704/francesc-catala-roca-viajar-fotografia/683431937_0.html

 

martes, 28 de junio de 2022

Exposición en la Fundación Juan March, Madrid

Josep M. Sert: El muralista de la acción

En este tiempo de intenso calor veraniego una compacta exposición nos invita a refugiarnos en el interior de los edificios y de nuestra visión. Se trata de una muestra de Josep M. Sert (1874-1945) en la que se presentan dos series de pinturas murales para interiores, acompañadas de otras dos series de bocetos que nos permiten apreciar el método de trabajo, preciso y dinámico, de Sert.

La bola mágica [Serie Los recuerdos maravillosos] (1916).
Óleo sobre lienzo, adherido a tabla, 108 x 115 cms. Colección particular.

 Aunque nació en Barcelona, en una familia de ricos industriales textiles, se estableció desde 1899 en París, en el ambiente del florecimiento de las vanguardias artísticas, y se mantuvo en todo momento al margen de los grupos vanguardistas trazando su trayectoria de un modo plenamente individualista. El núcleo permanente de su trabajo fue la pintura, pero en el soporte mural.

Su obra se desplegó en edificios públicos: entre otros, en la Sociedad de las Naciones (Ginebra), en la Catedral de Vic, y en las bóvedas de la Iglesia de San Telmo (San Sebastián), hoy Museo. Independiente, y muy hábil como negociador, Sert trabajó también en la decoración mural de edificios privados, y es en ese ámbito donde se sitúa lo que podemos ver en la Fundación Juan March.

El tiovivo [Serie Los recuerdos maravillosos] (1916).
Óleo sobre lienzo, adherido a tabla, 262 x 149 cms. Colección particular.

En primer lugar, está la serie Los recuerdos maravillosos (1916), realizada por encargo de Sir Saxton Noble, uno de los más importantes empresarios ingleses del ferrocarril. Suspendida, y luego retomada, a causa de la Guerra de aquellos años, la serie acabó instalada en el comedor de una casa de campo de Noble en el Este de Inglaterra.

En la exposición se presentan los quince paneles de la serie, cada uno de ellos con un título específico. Son óleos sobre lienzo adheridos a tabla, y encuadrados con un fondo pintado de verde en el diseño de la muestra. En estas piezas destaca la intensidad de los colores, con lo que se consigue dar relieve y modular la representación de los espacios en los que se mueven y actúan las personas. Como el título indica, la serie tiene un flujo narrativo que nos lleva a situaciones de fantasías, a cuentos visuales, a alegorías, con todo tipo de figuras humanas y mezclas étnicas, de donde brotan ecos abiertos de realización humana.

Equilibristas [Serie Los recuerdos maravillosos] (1916).
Óleo sobre lienzo, adherido a tabla, 262 x 45 cms. Colección particular.

La segunda serie: Evocaciones españolas (1942), realizada muchos años después, fue un encargo del empresario y financiero Juan March Ordinas, quien hizo nacer la Fundación Juan March en 1955. Destinada a la sala de música de su vivienda, esta serie consta de cinco biombos de cuatro metros de altura, en los que están adheridas 27 hojas. La gama cromática es aquí muy diferente respecto a la otra: sobre fondos dorados toda la figuración pictórica va en negro. La técnica utilizada es óleo y pan de oro sobre tabla.

Biombo de la Serie Evocaciones española(1942).
Pan de oro y óleo sobre tabla, 400 x 320 cms. Colección particular.

Junto a estas series, que nos sitúan ante los resultados definitivos del trabajo de Sert, se presentan también como complementos otras dos series, pero de bocetos. Una de ellas reúne cinco bocetos sin fecha, que por su título: Evocaciones españolas, ya identificamos como materiales de preparación de la serie de biombos antes mencionada, y que están realizados con los mismos cromatismos y la misma técnica. La otra consta de dos lienzos sin fecha, que sirvieron como preparación del biombo Mercado en una ciudad del Mediterráneo (1926), para la casa en Nueva York del empresario industrial Benjamin Moore, y están también realizados con la misma técnica.

A través de todo ello, el carácter artístico de Josep M. Sert se despliega plenamente ante nuestras miradas, después de haber estado bastante tiempo un tanto entre paréntesis. Curiosamente, ha habido que esperar a este siglo, el XXI, para poder tener una comprensión más profunda de su trabajo artístico.

Biombo de la Serie Evocaciones españolas (1942).
Pan de oro y óleo sobre tabla, 400 x 320 cms. Colección particular.

Fue en 2009 cuando tuvo lugar en París la primera exposición que recogía los archivos fotográficos con los registros de la preparación de sus pinturas murales. Sert trabajaba con todo un equipo, con modelos y técnicos, para plasmar imágenes que servirían para desarrollar sus proyectos pictóricos. Con ello conseguía el trasfondo escénico y narrativo, dinámico: con movimiento, que tan intensamente caracteriza su pintura. Varias muestras en España siguieron después esa línea de presentación. Y en 2012, la comisaria de esta muestra presentó en París, en el Petit Palais, en 2012, una gran exposición de síntesis sobre Sert.

En el catálogo de dicha exposición se recoge una importante reflexión de Sert: “El ojo, ese órgano tan sutil y tan preciso no se engaña; no se deja engañar. Deja que le diviertan, y precisamente es en torno a esa ‘diversión’ como evolucionan las artes plásticas”. Resulta evidente su comprensión de que la representación pictórica no podía seguir repitiendo los planteamientos tradicionalistas: las formas de visión se habían multiplicado, y en consecuencia había que representar en profundidad lo que hay que saber ver en profundidad.

Así, en estos tiempos actuales de intenso dinamismo de las imágenes producidas técnicamente, nuestra sensibilidad puede penetrar con mayor profundidad en el muralismo pictórico de Sert, que casi tiene algo de construcción fílmica. Los ecos del manierismo y del barroco, y sobre todo de Goya, fueron desencadenantes claves en su trabajo. Y ahí nos lleva su puesta en acción en la pintura mural: la decoración de interiores, de los espacios que nos acogen, en los que el recubrimiento pictórico lleno de intensidad expresiva nos permite pasar de la intimidad a distintos tipos de fantasía o de ensoñación. Josep M. Sert: el muralista de la acción.


Josep M. Sert: recuerdos y evocaciones. Comisaria: Pilar Sáez Lacave, Fundación Juan March, Madrid. Del 15 de junio al 31 de julio de 2022.

* Publicado en EL CULTURAL: - Edición impresa, 24 – 30 de junio, pgs. 38-39. - Edición online: https://www.elespanol.com/el-cultural/arte/20220628/josep-sert-muralista-accion-ecos-goya/681182012_0.html