domingo, 29 de abril de 2012

Entrevista del sitio PSICOLOGÍA DEL ARTE, Santiago de Chile, diciembre 2011

"SOMOS CUERPO E IMAGEN"

PSICOLOGÍA DEL ARTE.- Entre sus líneas de investigación se revela su interés por desarrollar una concepción ‘post metafísica de la filosofía’ . A propósito de esto ¿Cuál es el lugar que Usted ha escogido para hacer filosofía?
JOSÉ JIMÉNEZ.- Mi idea es que, efectivamente, en nuestra esfera actual, en la cultura de nuestro tiempo, la filosofía tiene que proceder a una revisión respecto a lo que era su procedimiento tradicional. Esto supone intentar superar formulaciones abstractas no suficientemente determinadas. Este tipo de planteamiento estaba ya en la propia filosofía de Hegel, cuando habla de la necesidad de determinación del concepto, pero, a pesar de todo, en Hegel una vez más hay una gran elaboración metafísica, un sistema en donde todo es interdependiente.

“En lugar de eso, a mí me parece que lo que corresponde en estos momentos, es desarrollar una concepción de la filosofía básicamente como ‘filosofía de la cultura’ o también, como antropología filosófica”.

Evidentemente, para mí un referente fundamental es la obra de Nietzsche, pero junto a ella, también la de Marx por cuanto éste plantea la necesidad de una determinación de las abstracciones. En el fondo, la forma en que Marx concibe el método de su teoría de la historia va en esa línea, en lugar de una filosofía abstracta o genérica de la historia, prefiere operar a través de concepciones determinadas por mediaciones concretas.
Nietzsche me interesa mucho porque a la vez refuerza este planteamiento de la determinación del concepto y lo pone en relación con un pensamiento fragmentario, con una formulación que en muchas ocasiones es aforística y, a la vez, en una relación directa con lo que sería la consideración del sujeto a partir de su corporalidad. En este sentido, esa es la línea en que a mí me interesa trabajar, una concepción filosófica materialista, pero a la vez, muy exigente desde el punto de vista de la elaboración como teoría general de la cultura y como interrogación de los modos de vida en el tiempo presente. Esto implica distinguir, caracterizar, el pensamiento filosófico de nuestro tiempo, considerándolo un pensamiento ubicado en dimensiones concretas, en lugar de un pensamiento de carácter genérico que se pueda aplicar a todas las condiciones o situaciones humanas.
PDA.- ¿Cuándo Ud. se refiere a una filosofía acorde ‘nuestro tiempo’, está aludiendo a la posibilidad de una filosofía en un momento posterior a la modernidad? ¿Podría explicarnos lo que concibe como ‘tiempo presente’ en un sentido epocal?
JJ.- Es una pregunta que me parece muy pertinente, porque en uno de mis libros: “La vida como azar”, que tiene como subtítulo, ‘complejidad de lo moderno’, yo establecía como marco general de elaboración una crítica de las teorías de la postmodernidad que han estado muy vigentes en los años ochenta, pero que, yo creo, poco a poco han pasado a una marginalidad creciente. En realidad, las teorías de lo posmoderno tenían mucho que ver con una discusión muy específica, muy concreta, referida particularmente a la teoría de la arquitectura en Estados Unidos. A partir de ahí y básicamente como crítica de las concepciones del modernismo arquitectónico, un funcionalismo extremo desde el punto de vista de el diseño y la teoría de la arquitectura. Desde ahí también, en Estados Unidos, hicieron toda una serie de generalizaciones intentando plantear una idea de la posmodernidad como época nueva.

“Yo nunca he participado de esta idea, me parece que los elementos que se aducían para hablar de posmodernidad formaban parte de las propias características de la modernidad desde sus inicios. La modernidad en sus comienzos tenía sus críticos, en un sentido, Jean Jacques Rousseau, en otro sentido, el Marques de Sade, el propio Kant, en sus escritos de filosofía de la historia, para concluir con escritos de Nietzsche o Baudelaire, que son estrictamente contemporáneos”.

Mi opinión, entonces, es que el proceso de la cultura moderna, es un proceso de transformación interior, transformación dialéctica de los propios rasgos de la cultura, porque modernidad implica un autocuestionamiento constante y desde ese punto de vista lo que yo diría, más bien, es que estamos en fases o momentos relativamente diferenciados de la cultura moderna, pero siguiendo su estela. No hemos abierto un momento  nuevo de la historia.
PDA.- A propósito del cuerpo y este problema de situarse en una posible posmodernidad, en su libro ‘Cuerpo y Tiempo’, Ud. sostiene una hipótesis filosófica fundamental: la correspondencia entre la experiencia humana del cuerpo cambiante y la imagen – tanto individual como colectiva – del tiempo. Una correspondencia en la imagen que se activa a través de la inscripción de la escritura y su prolongación en las diversas esferas de la representación en el cuerpo. "En tanto que seres humanos, somos cuerpo e imagen”.
JJ.- Para mí, esa es una de las claves fundamentales de mi pensamiento, de mi idea de filosofía, dado que tengo a la vez estudios de antropología cultural y creo que el proceso de humanización de cualquier individuo pasa por un proceso de inserción en la cultura y ese proceso de inserción tiene su vehiculo privilegiado y central en la dimensión lingüística. Desde que mantenemos una relación en la formación de nuestra individualidad con el ámbito que nos rodea, estamos acuñados, configurados por el lenguaje y ésta es una dimensión que durante siglos en la historia de la cultura de occidente se ha mantenido separada, hasta cierto punto, de los procesos de representación sensible o de los procesos de configuración de la imagen.
¿Por qué? Por el propio desarrollo tecnológico de la escritura, que es un desarrollo muy potente, a través de la alfabetización, y después por la tecnología que permite reproducir la escritura mediante la imprenta de modo serial y además ilimitado. Yo creo que el factor nuevo que se experimenta con el desarrollo de la tecnología moderna y en concreto con la formación de las grandes urbes, de las sociedades complejas, es el desarrollo de una cultura audiovisual de masas, y ese proceso implica una especie de “recuperación” de lo que estaba incluso – según los estudios paleontológicos y antropológicos – en la raíz de nuestra formación como especie. El gran arqueólogo y paleontólogo André Leroi-Gourhan, hablaba, por ejemplo, de la existencia en los antropoides -en la configuración de la especie Homo Sapiens-, de un par funcional que va unido: el par fonación-grafía. La grafía como representación, de tal modo que lo que podemos ver en la pinturas paleolíticas son imágenes, pero también signos que suponen una inscripción y que iban unidos. Durante siglos, esa unidad se perdió y la cultura audiovisual ha hecho posible por medio de la tecnología un proceso de reunificación de lo que la historia había separado. De tal modo, que ahora estaríamos en una condición en que la imagen, como representación sensible, ha pasado a un primer plano, pero sigue siendo una imagen inseparable del lenguaje. En ese punto, para mí es muy importante la teoría de Ludwig Wittgenstein, la idea de los ‘juego de lenguaje’ como formas de vida y, en otro sentido, los planteamientos que introduce en el arte Marcel Duchamp, donde se plantea la relación indisociable entre lenguaje e imagen, hasta el punto en que, creo, buena parte del arte de nuestro tiempo – de los años sesenta del siglo XX hasta la actualidad – tiene como un elemento muy central la relación entre inscripción lingüística e imagen, que permite a la vez diferenciar un tipo de imagen como la imagen artística, de la imagen puramente mediática y apariencial.
PDA.- A propósito de esto, hay un libro relativamente reciente de Hans Belting, ‘Antropología de la imagen’, donde el autor propone entre otras cosas, la inseparable relación entre imagen-medio-cuerpo. ¿Qué opinión le merece esto?
JJ.- Aunque Hans Belting, tiene una línea de trabajo un poco diferente de la mía, pues él viene mas de estudios de historia del arte –y mi línea de trabajo ha ido en una dirección que tiene que ver más bien con la ‘Filosofía de las Formas Simbólicas’ de Ernst Cassirer y también con la teoría del símbolo que uno puede encontrar en Claude Lévi-Strauss y en la antropología cultural-, sin embargo, hay un punto de confluencia con Belting. A mí me parece que el desarrollo de la visualización es imprescindible para comprender el proceso de hominización y para entender que el desarrollo de la cultura visual es un proceso de enriquecimiento antropológico. Incluso, ha habido etapas en la historia de nuestra cultura donde la formación se transmitía esencialmente a través de imágenes. Durante siglos, por ejemplo en Europa, la enseñanza del dogma religioso a las personas iletradas se efectuaba a través de lo que se llamaba la ‘Biblia de las Imágenes’ que eran las representaciones visuales que los iletrados podían encontrar en las iglesias y que servían para la predicación.

“En muchas otras culturas humanas, las imágenes sirven igualmente para transmitir pautas esenciales de sentido, mitos, relatos estructurantes de la sociedad, sobre los cuales luego se practican ceremonias, lo que es algo absolutamente decisivo en la formación del ser humano”.

El gran problema es la banalización de la imagen que tiene lugar mediante su repetición por medio de los canales tecnológicos. Pero, entonces, esto deja un plano para la interrogación filosófica de la imagen y también para la interrogación artística, algo que permite establecer en estos momentos, una importante correspondencia entre arte y filosofía que probablemente ha existido siempre, pero que, para mí, es en estos momentos desde luego muy central.
PDA.- Tal como Jean Clair en su libro De Immundo, ¿Ud. identifica o valida  cierta oposición freudiana entre un arte fálico-visual, relacionado con el distanciamiento kantiano del objeto y el paradigma mimético, versus un arte olfativo–anal, en relación con las formas de arte que acuden a recursos como lo abyecto como forma de invocar al cuerpo y la posibilidad de una “experiencia estética pura”?
JJ.- Bueno, yo no estoy muy de acuerdo con los planteamientos de Jean Clair, quien tiene un cierto regusto elitista y una mirada demasiado vuelta hacia el pasado. Sobre el arte, creo que hay que tener en cuenta que es imposible hacer una discriminación inmediata acerca del valor de las propuestas. El arte que se hace en el tiempo que uno vive coexiste con toda una serie de interrogaciones y, en el fondo, hace falta el paso del tiempo para decidir qué vale y qué no vale. Yo creo que lo que refleja el arte de nuestro tiempo, respecto de la representación del cuerpo, tiene que ver con lo que nuestra propia cultura registra en ese sentido. Lo que sí se puede decir es que de una cultura fundamentalmente patriarcalista y una cultura muy represiva desde el punto de vista de comportamientos corporales, se ha pasado a una permisividad muy generalizada, y esto, naturalmente, ha supuesto que el arte afronta la representación sensible de la corporalidad, la imagen del cuerpo, de un modo mucho más abierto y mucho más incisivo. Pero esas categorías, anales y fálicas, que tienen su origen en Freud, a mi me parecen demasiado genéricas para aplicarlas al estudio del arte de nuestro tiempo.
PDA.- ¿Considera Ud. que el cuerpo, como lo plantea Stelarc es ya un dispositivo obsoleto?
JJ.- Esta es una pregunta que me interesa mucho. En mi libro ‘Imágenes del hombre: fundamentos de estética”, yo mantengo que el primer soporte de representación estética es el propio cuerpo. No existe el cuerpo, un cuerpo humano, que no este investido por una dimensión estética: el tatuaje, la escarificación, las tinturas de distintos tipos... o luego ya después, los trajes acoplados a determinados grupos sexuales, grupos étnicos, o grupos sociales, implican una determinada investidura estética. Entonces, desde este punto de vista la relación entre representación estética, sensible, y cuerpo creo que es el elemento más profundo de lo que significa la experiencia estética y, en mi opinión, y lo he planteado en distintas ocasiones en mis libros, la imagen como construcción tiene siempre como punto de partida  la propia experiencia de la corporalidad, una experiencia que naturalmente se proyecta en el grupo social, en la comunidad a la que se pertenece y desde la comunidad a la relación con la naturaleza. Grupo humano – cosmos – naturaleza.

“Lo interesante, es que el arte de nuestro tiempo y de modo muy particular, desde lo que significó el movimiento ‘Fluxus’, ha establecido una recuperación del valor del cuerpo como soporte de representaciones estéticas que, desde luego, se había olvidado durante siglos en la historia del arte de occidente”.

¿Por qué? Yo creo que tiene mucho que ver con la necesidad de recuperar espacios de sentido que en una cultura laica la religión o los sistemas de creencia ya no cubren. Entonces, a partir de ahí el arte recupera esos espacios. No hay que olvidar que la utilización del cuerpo como soporte de una propuesta artística en los happenings o performances – a mí me gusta llamarlos en español, “acciones” – implican o expresan siempre una relación directa con el otro, por lo que este tipo de prácticas artísticas tienen una dimensión ceremonial sumamente importante que tienen su parentesco con el teatro.
Lo que le quiero decir, es que yo no creo que el cuerpo esté obsoleto. Stelarc me interesa mucho como artista, por cuanto ha vinculado el corporalidad con la tecnología, creo que ha hecho aportaciones muy importantes, pero lo que yo creo, es que lo que vivimos ahora son formas de investidura simbólica del cuerpo donde la tecnología es cada vez más importante, porque vivimos en una sociedad donde la tecnología ocupa crecientemente espacios de nuestra vida. Más bien, habría que pensar que en la forma de investir simbólicamente el cuerpo lo tecnológico tiene un papel importantísimo, que implica la prolongación del cuerpo en la prótesis y un proceso creciente de hibridación. La máquina, forma parte cada vez más de nosotros mismos, y últimamente cada vez más la máquina digital.

“Es casi imposible pensar que exista un cuerpo en ‘estado puro’, pero en realidad, nunca existió pues siempre ha estado provisto de investiduras simbólicas y por eso me remitía a que el cuerpo es el primer soporte de esteticidad y de representación sensible, pero lo nuevo, es la presencia creciente de la máquina en los procesos de investidura simbólica del cuerpo y lo que eso tiene como resultado: un proceso creciente de hibridación, cada vez somos más híbridos”.

PDA.- A propósito de esto, le quería pedir que comentara la siguiente cita: “El pensamiento de Occidente se ha construido, sin embargo, sobre la sujeción o el repliegue del cuerpo y la consiguiente negación de la metamorfosis. Y así, desde sus momentos iniciales, el proceso de constitución del logos filosófico en Grecia presenta los rasgos de una búsqueda de distanciamiento de ese lenguaje/cuerpo tortuoso y variable, que permite aludir a la fijeza de lo que no deviene a través del devenir incesante de la palabra”
JJ.- (Risas). Bueno, esa es una cita de ‘Cuerpo y Tiempo’, y desde luego va en esa línea de crítica del logocentrismo, crítica del logocentrismo  en tanto soporte fundamental de una metafísica sustancialista. Para mí, el problema es que el planteamiento logocéntrico y sustancialista limita la capacidad del pensamiento filosófico para operar con abstracciones determinadas – la línea a la que me he referido con anterioridad – y también para operar en una línea de trabajo con la fragmentariedad del concepto. Y todo ello conlleva unas consecuencias antropológicas muy importantes: se construye la idea de un tipo de identidad, también sustancialista, la que funda el racionalismo con el ‘cogito ergo sum’, que tiene como consecuencia una determinación muy rígida de lo que significa ser hombre, ser humano, ser varón, ser mujer, etc.

“Una línea abierta a la fragmentaridad y a la comprensión de la metamorfosis que el lenguaje introduce en toda la experiencia de la corporalidad humana, permite comprender que la identidad es una construcción también simbólica. Que no somos únicamente de una clave excluyente, de una sola pieza, que todos tenemos componentes a la vez masculinos y femeninos, duros y suaves, tiernos y absolutamente cerrados”.

Entonces, es un problema de modulación que se puede expresar acudiendo, por ejemplo, a la música, a qué tipo de variaciones musicales se pueden ir haciendo a partir de un tema, o a través del lenguaje, a qué tipo de variaciones se pueden hacer a partir de la comprensión de las estructuras basicas del lenguaje nativo, del lenguaje natural. En esa línea, una filosofía de este tipo, facilitaría una comprensión mucho más abierta y liberadora de lo que significa ‘ser humano’.
PDA.- Llevándolo a otro ámbito, Ud. ha planteado en sus trabajos una severa crítica al sistema del arte, al afirmar que lo que suele hoy llamarse ‘el mundo del arte’ es un circuito mercantil y comunicativo, constituido por artistas y especialistas, galerías, museos, coleccionistas y medios de comunicación que, paradójicamente, actúa en no pocas ocasiones como un segmento social aislado, aparte, que impone autoritariamente sus concepciones del arte al resto de la sociedad ¿Mantiene aún ese pensamiento?
J.J.- Me parece que lo que hay que decir es esto: no hay una buena adecuación del sistema del arte a las condiciones de intervención – en el mismo-, del espectador de nuestro tiempo que, yo creo, es un espectador crecientemente informado que lo que busca es su emancipación respecto de las propuestas que se le hacen desde ese sistema demasiado cerrado, por cierto, del arte.
Creo que aún, desde el sistema estructurado del arte o de las instituciones artísticas, se aprecia una falta de atención al espectador. Cuando por ejemplo, el espectador rechaza determinadas propuestas artísticas y dice: “esto no es arte”, pienso que ese tipo de afirmaciones encierra una demanda de participación democrática.

“No se debe, sin más, aceptar que algo es arte, porque así lo señala un museo, porque lo dice un crítico prestigioso o, en definitiva, porque una obra de arte tiene un gran valor mercantil en tanto forma parte de un circuito comercial. Lo que quiere saber el público es por qué una propuesta artística es valorable en términos positivos o por qué no”.

Creo que lo que esto expresa es un proceso abierto que se inició hace no tanto tiempo. Lo que llamamos ‘Arte’, que comenzó a formarse históricamente en el proceso que dio lugar al Renacimiento y que culminó con la configuración de un sistema arte en el siglo XIX, fue durante mucho tiempo un sistema de exclusión, porque el acceso a las obras estaba reservado a los poderosos, o bien era utilizado como medio para transmitir en Occidente creencias fundamentales de carácter religioso.Todo cambia cuando en 1793, después de la Revolución de 1789, se abre el primer museo que es, en definitiva, una conquista democrática, y entonces se hace accesible para el pueblo lo que antes eran las colecciones de arte de la Corona Francesa.
Yo creo que ahí se inicia un proceso, un proceso en el cual las obras de arte no están dirigidas ya única y exclusivamente a sectores muy restringidos de la sociedad – quienes detentan determinados espacios de poder – sino que, idealmente, se dirigen a todo ser humano en su universalidad. Pero el proceso que se abre presenta, naturalmente, toda una serie de contradicciones y una de las cuestiones fundamentales que habría que plantear en nuestro tiempo es la de una mayor democratización de todas las instituciones artísticas, un desarrollo adecuado de los departamentos de educación en todos los museos, una consideración – en todas las plataformas de arte – de la pluralidad de los públicos y en definitiva, propiciar un acceso crítico de todos ellos, a los procesos artísticos. Yo creo que ese proceso está ya en curso ahora…

viernes, 20 de abril de 2012

Exposición en el Museo del Louvre en torno a la "Santa Ana", de Leonardo da Vinci

Inmateriales
Amor y destino


No cabe duda, Leonardo: Leonardo da Vinci, claro, se ha convertido a estas alturas en una marca comercial de prestigio, en un logo de intensa resonancia mediática. Su mero nombre imanta y atrae a las masas. Y así, en estos tiempos de incertidumbre, las instituciones culturales recurren a él una vez y otra. Saben que juegan sobre seguro. Hay, de todos modos, maneras muy diversas de aproximarse a Leonardo y, desde luego, el estudio y la investigación sobre su obra, como pintor, dibujante, escritor y estudioso de la naturaleza y la tecnología, sigue dando resultados apasionantes. En esa línea hay que situar la excepcional exposición que el Museo del Louvre le dedica, y que puede verse hasta el próximo 25 de junio.

Leonardo da Vinci: Santa Ana, la Virgen y el niño Jesús bendiciendo a San Juan Bautista
- Cartón de Burlington House (hacia 1500).
Piedra negra y realces de blanco sobre un montaje de 8 hojas de papel pegadas sobre tela, 141,5 x 104,6 cm.
The National Gallery, Londres.

Con el título La Santa Ana, última obra maestra de Leonardo da Vinci, y con el comisariado de un conservador del propio museo: Vincent Delieuvin, se han reunido 135 piezas, entre obras y documentos, articuladas en torno a esa pintura excepcional, en la que Leonardo trabajó durante veinte años y que quedó inacabada a su muerte en 1519. Es importante subrayar que la muestra resulta accesible y de gran interés para el público en general por la calidad de las obras reunidas, y que a la vez aporta ideas y consideraciones de gran importancia para los especialistas, tanto en lo que se refiere a la difusión y reelaboración de motivos iconográficos en la tradición pictórica, como en relación a la forma de trabajar de Leonardo y el lento proceso de elaboración de sus pinturas.

Leonardo da Vinci: Santa Ana, la Virgen y el Niño jugando con un cordero,
llamada La Santa Ana (hacia 1503-1519).
Óleo sobre madera de álamo, 168,4 x 113 cm. (126,3 cm., con las ampliaciones laterales).
Musée du Louvre, París.
El punto de partida es la presentación de un conjunto de obras de diversos autores en torno a la "Santa Ana trinitaria", un motivo iconográfico, ya antiguo y plenamente codificado en los inicios del siglo XVI, que representa a la madre de la Virgen con ésta y el niño, con las figuras superpuestas vertical u horizontalmente, en general de manera estática. Hoy se sabe que Leonardo comenzó a trabajar en el cuadro en torno a 1500, aunque no de quién procedió el encargo, si bien las dos hipótesis más verosímiles son que proviniera de Luis XII, Rey de Francia, o que tuviera lugar en Florencia. A partir de ahí, el núcleo de la muestra gira en torno a las diversas variantes que Leonardo fue concibiendo. Parece que elaboró tres cartones, los dos últimos actualmente perdidos, con tres versiones diferentes, que culminan en la Santa Ana del Louvre, con ese juego dinámico entre un eje vertical y otro diagonal de las figuras, inscritas en un paisaje natural. Están también las otras pinturas de Leonardo que se conservan en el Louvre, con la excepción de la Mona Lisa, aunque esa ausencia se salva con la presencia de la versión de la misma recientemente redescubierta en nuestro Museo del Prado. Excepcionales los dibujos del propio Leonardo, de los cuales nada menos que 22 proceden de la colección de la Reina de Inglaterra, como se sabe la más importante del mundo. Por último, puede seguirse también el eco de la Santa Ana de Leonardo en el arte posterior, desde Miguel Ángel, Rafael o Pontormo hasta Delacroix, Degas, Odilon Redon y Max Ernst.

Odilon Redon: Homenaje a Leonardo da Vinci (hacia 1914).
Pastel sobre papel, 145 x 63 cm. Stedelijk Museum, Ámsterdam.

La exposición es magnífica. Aunque, eso sí, les aseguro que su auténtico eje de gravedad es el resplandor que emite la pintura de Santa Ana, que Leonardo llevó consigo hasta su muerte, después de una restauración impecable, que permite apreciar en toda su intensidad el volumen de los cuerpos inscritos en el aire apacible de un paisaje de ensueño. Los rostros de las tres figuras y los pies de Santa Ana han cobrado nueva vida. Los azules tienen otra modulación, tanto en el paisaje como en el manto de la Virgen, en el que Sigmund Freud vio la figura de un buitre, y que ahora permite apreciar en transparencia el color rojizo de su vestido. Poder contemplar el cuadro junto al cartón (segunda versión) que hoy se conserva en la National Gallery de Londres, es una experiencia intensa. Leonardo perseguía un ideal: plasmar en imágenes la continuidad del amor maternal y, a la vez, la aceptación del destino que nos espera en la vida, aunque éste sea el sacrificio.

PUBLICADO EN: ABC Cultural (http://www.abc.es/), nº 1040, 14 de abril de 2012, p. 28.

martes, 10 de abril de 2012

Sobre la exposición de Hans Haacke en el Museo Reina Sofía, Madrid

Inmateriales
Arte, piel del dinero


La exposición que el Reina Sofía dedica a Hans Haacke (Colonia, 1936), y que puede verse hasta el próximo 23 de julio, es una magnífica oportunidad para adentrarse en la obra de uno de los artistas referenciales en el ámbito del conceptualismo de intención política. En ella se presenta una selección bastante completa de trabajos de Haacke, realizados entre 1959 y 2009, y un proyecto, concebido y realizado especialmente para esta ocasión: Castillos en el aire (2012), sobre una urbanización en el Ensanche de Vallecas, en Madrid. Es ésta sin embargo, en mi opinión, una obra fallida porque si bien leer en los planos ampliados, como nombres de las calles, los rótulos "Calle del Arte Abstracto", " Conceptual", " del Arte Figurativo", etc., y ver en las fotos el aspecto espectral de esas calles desiertas y las estructuras de los edificios sin terminar, produce un auténtico impacto, la obra se pierde en la escala: la idea da para una instalación no muy grande, y no para una serie de salas, donde además algunos elementos no están demasiado bien estructurados. Por último, la confrontación de los nombres de calles con piezas artísticas singulares resulta muy superficial.
Nacido en Alemania, pero residente en Estados Unidos desde los años sesenta, la obra de Haacke alcanzó una intensa resonancia en la escena internacional con su instalación Continuidad en la Documenta 8 (1987), en la que asociaba los logos de Deutsche Bank y Mercedes Benz con el régimen sudafricano del apartheid, acusándolos de complicidad con el mismo, de igual modo que anteriormente habrían sido también cómplices del régimen hitleriano. No menos impacto causó su propuesta: Germania, para el Pabellón Alemán en la Bienal de Venecia, en 1993. Sobre la puerta de entrada del Pabellón colocó un relieve escultórico que reproducía el reverso de una moneda de 1 marco, y en el muro de entrada, pintado de rojo, una fotografía de gran formato en la que se veía a Hitler, acompañado de las autoridades fascistas, en la inauguración de la Bienal de 1934. En el interior, únicamente un suelo de escombros y la palabra GERMANIA en la pared. Por esta intervención, Haacke recibió el León de oro de la Bienal, compartido con Nam June Paik.

Hans Haacke:  Instalación en el Pabellón Aleman,
Bienal de Venecia, 1993.

Hans Haacke:  Instalación en el Pabellón Aleman,
Bienal de Venecia, 1993.

La exposición que podemos ver ahora en Madrid, muy bien montada y concebida, permite apreciar el flujo conceptual y poético que nutre la actividad artística de Haacke. En el inicio de la muestra, Nada que declarar (1992), como en las aduanas, presenta siete marcos de cuadros colgados del techo sobre un secador de botellas en el suelo, en un homenaje explícito a Marcel Duchamp. Que se repite luego en las salas con una obra anterior: Ready-made roto (1986), en la que junta una pala para la nieve rota con una placa en la que, en lugar de la inscripción de Duchamp "AGUA Y GAS EN TODOS LOS PISOS", leemos "ARTE & DINERO".

Hans Haacke:  Ready-made roto (Broken Ready-made) (1986).
The Philadelphia Museum of Art.

Hans Haacke:  La mano invisible del mercado (The Invisible Hand of the Market) (2009).
Instalación.

Pienso que se trata de algo sumamente revelador, porque si bien el punto de partida se sitúa en Duchamp, en Haacke se produce una deriva hacia una actitud de denuncia de la complicidad entre arte y capital que es el eje fundamental, casi obsesivo, de su trayectoria. La serie de fotografías de los ambientes y visitantes de la Documenta 2 (1959), o las de los perfiles de las residencias, en Nueva York de los visitantes de galerías de arte (1969-1971), la denuncia de la hipócrita supuesta filantropía de la firma financiera Paine Webber (1979), o la reciente instalación La mano invisible del mercado (2009), subrayan desde ángulos muy distintos el interés del capital en "embellecerse" y recubrirse con "el vestido" del arte. Son obras magníficas, de una gran densidad, que se completan en una línea más poética con otras, como Sistema aéreo vivo (1965-1968), con la imagen de gaviotas sobre las aguas de Coney Island, o Esperando el fin de la historia (1992), una maceta de plástico con dos plantas muertas, en respuesta a las formulaciones de Francis Fukuyama sobre el supuesto fin de la historia. En todas ellas vemos el signo de una rebelión, de carácter ético: el arte no puede ni debe dejar nunca de lado su función de cuestionamiento de lo real y de las imágenes que sobre ello se construyen.

PUBLICADO EN: ABC Cultural (http://www.abc.es/), nº 1038, 31 de marzo de 2012, p. 30.

domingo, 25 de marzo de 2012

Publicación de los Escritos de Marcel Duchamp

Se publica en estos días la edición de los Escritos de Marcel Duchamp en español dirigida por mí

Para leer a Marcel Duchamp

Duchamp es uno de los casos más notorios de artistas de los que en muchos casos se habla sin conocer, al menos mínimamente, su obra. Algo que se acentúa en lo que refiere a sus escritos: la imagen pública "tópica" de Duchamp suele asociarse, en no pocas ocasiones, con los ready-mades, con las reproducciones forzosamente fragmentarias de Étant Donnés, y con las figuras y componentes del Gran vidrio. Entrar en sus escritos, que son difíciles y complejos, supone una auténtica zambullida en su obra, la posibilidad de establecer un itinerario entre lenguaje y representación plástica que nos abre a una dimensión de las obras de arte como integración de pautas y niveles de sentido, así como de soportes sensibles y conceptuales, diferentes.
La escritura de Duchamp es parte consustancial de su obra artística. No se puede decir, claro está, que Duchamp sea un "escritor", en el sentido usual de la palabra, pero sus escritos tampoco son meramente ocasionales, y ni siquiera complementarios de su obra plástica. Al contrario. Se integran plenamente en ella como una parte sustantiva. Son, en sentido estricto, el otro lado del espejo de la misma.


La cuestión resulta evidente en lo que se refiere al conjunto de textos que acompañan al Gran vidrio: la obra es indescifrable si no se accede a sus imágenes visuales leyendo o tras leer los materiales escritos que fijan y establecen sus sentidos y su intencionalidad estética. Richard Hamilton subrayó que, en la intención de Duchamp, "el Gran vidrio debía encarnar la realización de un texto escrito que había ayudado a la generación de ideas plásticas, y que incluía también capas de significación más allá del alcance de la expresión pictórica. El texto existe junto al vidrio como un comentario y dentro de él como un componente literario de su estructura. Sin las notas, la pintura pierde algo de su significado, y sin la presencia monumental del vidrio las notas tienen un aspecto de irrelevancia casual."
En cuanto a los demás textos de Duchamp, sus escritos con juegos de lenguaje, sumamente diversos y repetitivos, tienen un parentesco indudable con los usos e intenciones de los ready-mades, así como con la importancia que, incluso en su etapa de pintor, daba a los títulos de sus obras, a los que consideraba como "un color invisible". Finalmente, los textos conceptuales y de interpretación: sobre el proceso creativo, lo infraleve, los textos críticos sobre sí mismo y sobre otros artistas, desvelan el núcleo de sus concepciones estéticas, en síntesis: qué es, para él, el arte.
Es verdad, en todo caso, que en la mayoría de sus escritos Duchamp se quedó a medias, sobre todo en los que se refieren al Gran vidrio: son fragmentos abiertos, del mismo modo que la obra quedó sin terminar. Las tachaduras y superposiciones muestran las vacilaciones, incertidumbres y correcciones de un texto sumamente minucioso, pero abierto (como la obra misma), y además no corregido ni finalizado, lo que hace más difícil su comprensión. Duchamp buscaba ir más allá de un tipo de expresión, y de comprensión, retinianos, meramente físicos, buscaba una dilatación o expansión del sentido. El Gran vidrio es una propuesta abierta para el espectador, entendido como posteridad. Obra abierta, cuyas claves de comprensión se completan sólo tras la muerte de Duchamp, después de la vida, de forma coherente con su idea de que la obra es más importante que el artista.


Frente a tanto estereotipo y afirmaciones superficiales, las notas en torno al Gran vidrio revelan, con profusión, la dimensión centralmente plástica, y a la vez poética e imaginativa, de las búsquedas de Duchamp, con no pocas referencias a cuestiones técnicas sobre perspectiva, medidas y dimensiones, materiales pictóricos, procesos de reproducción de las imágenes, etc. Los textos de Duchamp no son sólo abiertos, sino discontinuos, fragmentarios. A la vez, están caracterizados por la repetición, en algunos casos casi obsesiva. Duchamp volvía una vez y otra a ciertas ideas y formulaciones, lo que demuestra que en ningún caso sus anotaciones eran meramente ocasionales.
Los juegos con el lenguaje serían, en cambio, una especie de ready-mades lingüísticos. De forma paralela a lo que hace con los objetos, Duchamp saca fuera de su uso habitual frases y palabras, las subvierte, y con ello busca despertar el chispazo del sentido, en quien mira y en quien lee. El interés obsesivo, repetitivo, por los retruécanos, juegos de dobles sentidos y homofonías, presenta, como es obvio, un lado "de colegio", adolescente. Pero quizás se trata de algo mucho más significativo de lo que pueda parecer a primera vista. Podría hablarse, en Duchamp, de una cristalización de la adolescencia: la importancia que el juego y el humor tienen tanto en su vida como en su obra, las temáticas recurrentes que remiten a unas muy determinadas tonalidades adolescentes del deseo: celibato, masturbación, micción, las expresiones y alusiones obscenas y escatológicas, la imposible unión macho-hembra… nos permitirían considerar a Duchamp como un eterno adolescente. Capaz, precisamente por ello, de romper con la "seriedad", la "importancia", la "petulancia" de la vida adulta y del "ARTE" con mayúsculas, abriendo así una dimensión importante de crítica de la vida moderna y nuevos horizontes a las prácticas creativas de las artes. Se trataría de no tomarse nunca a uno mismo demasiado en serio: en el fondo, todos somos frágiles, quebradizos, mortales, infraleves.

PUBLICADO EN: ABC Cultural (http://www.abc.es/), nº 1036, 17 de marzo de 2012, pp. 6-7.

martes, 13 de marzo de 2012

Sobre Bernardí Roig

El fracaso de las imágenes

Tras dos décadas continuas de intenso trabajo, la obra de Bernardí Roig (Palma de Mallorca, 1965) ha alcanzado un grado de calidad y madurez realmente notable. La suya es una voz plenamente singular en la escena artística actual, situada voluntariamente al margen de modas y de la tan frecuente tendencia a la repetición de motivos y formas expresivas que el mercado suele imponer. Una obra que ha ido creciendo a través del diálogo y el contraste no sólo con un importante acervo de imágenes de la historia del arte, sino también con muy diversas fuentes literarias, entre ellas, de modo especial, Georges Bataille, Thomas Bernhard, o Pierre Klossowski. Y también cinematográficas, particularmente Ingmar Bergman, Jean-Luc Godard, o Alain Resnais. Ese carácter singular de su obra ha hecho de él uno de los artistas españoles de mayor proyección internacional. Va siendo hora de intentar una especie de balance, de esbozar una reconsideración de las líneas de fuerza decisivas que han ido apareciendo y desarrollándose en su trabajo, desde sus inicios hasta ahora.
Un primer rasgo que puede señalarse es lo que podríamos llamar la proliferación expresiva de Bernardí Roig. Todo lo contrario del artista de una sola nota, Roig se expresa a través de una amplísima variedad de soportes y medios: el dibujo, la obra gráfica, la escultura, la instalación, el vídeo, el cine…, en contraste con la escritura, su propia escritura, que permite apreciar la densidad y los ecos conceptuales presentes en su trabajo. Ese carácter: multiforme, multimedia, de sus obras es, en sí mismo, un signo de contemporaneidad. El arte de nuestro tiempo, en la época del desarrollo acelerado de la tecnología de la imagen, se encarna en todo tipo de medios y soportes, es el resultado de intensos procesos de mestizaje e hibridación.
Hay, sin embargo, una curiosa excepción, que puede resultar llamativa a primera vista: la fotografía. Hasta hoy, Bernardí Roig no ha elaborado ninguna obra utilizando ese soporte, uno de los más extendidos en la cultura de masas y en el arte de nuestros días. Pero ello no quiere decir que no la utilice, que no la emplee, en la elaboración de sus obras. Al preguntarle sobre la cuestión, responde que la utiliza "como paso intermedio"*. Y agrega: "Siempre hago fotos de los modelos que voy a utilizar tanto para los moldes, como para los retratos a lápiz. Luego las olvido y van directamente al muro que hemos llamado almacén o registro de imágenes". Ese almacén o registro de imágenes en el muro es un repertorio de referentes visuales que Bernardí Roig guarda en la pared de su taller. Algunas son fotografías, imágenes, propias. Otras, recortes o materiales diversos de los medios de comunicación. Actúan, todas ellas, como depósito de memoria y como incitaciones para posibles obras, algunas llevadas a cabo y otras no. Además de ello, hay que mencionar también la utilización de la fotografía en los collages (2009), concebidos como "proyectos", y reproducidos en el catálogo de la serie de esculturas de luz Blow up [Ampliación] (Bruselas, 2010).

Bernardí Roig: La mort du peintre [La muerte del pintor] (1994).
Cartón, ceniza y grafito s. papel + hierro y tela, 45 x 218 cm.

Pero avancemos un paso más. La obra que se propone como punto de partida en esta exposición es La mort du peintre [La muerte del pintor] (1994), un dibujo de grafito sobre papel a tamaño real, que representa a un hombre tendido cuyas piernas están envueltas en una especie de vendas gigantes. Sobre esa obra dice Bernardí Roig: "Más que el cuerpo del artista  lo que está herido de muerte es el cuadro… Es mi primer dibujo de exactitud extrema (por no llamarlo realista)  e inicia una serie de grandes retratos, todos a lápiz". Creo encontrar aquí un elemento más de explicación acerca de por qué hasta ahora Roig no produce obras fotográficas, y que nos llevará además a desvelar lo que considero algunas claves centrales de su trabajo. El espacio estético de la fotografía, un tipo de representación que como señaló Roland Barthes testimonia que algo ha pasado: "esto ha sido", está ocupado en Bernardí Roig por el dibujo.
Es a partir de ese registro expresivo, a la vez mental y corporal, núcleo ancestral de la expresión plástica de la humanidad, de donde brota su diálogo con los registros y soportes multimedia de la cultura de nuestro tiempo. Los dibujos de Bernardí Roig tienen, en efecto, una resolución casi fotográfica, pero nacen no de la máquina, de la cámara, sino de la mano. En un texto, fechado en 1993 y publicado por vez primera al año siguiente, "Una cabeza es siempre una cabeza aplastada", Roig escribía: "Naturalmente, uno cree que una imagen se encuentra dentro de una cabeza, pero una imagen nunca se encuentra dentro de una cabeza, el pensamiento la aniquilaría. Realmente la imagen se encuentra en el interior del lápiz." En Bernardí Roig, la imagen se forma a partir de la línea, que es necesariamente abierta, siempre incompleta. En ese mismo texto, escribe también: "La línea es siempre más lenta que el pensamiento. Una mano es siempre una mano que tiembla. Una imagen es siempre una imagen mutilada."
De ahí sale todo, el conjunto de la obra de Bernardí Roig: los dibujos, las esculturas, de fuego y de luz, las instalaciones, los vídeos y películas, con la emoción, entre el reconocimiento y la incertidumbre, que provocan en nosotros. Todo sale de la línea. Del encuentro de los registros expresivos más interiores, íntimos, de los seres humanos con el prisma poliédrico de la imagen multimedia de nuestro tiempo. De su confrontación  y reflejo. No se trata, además, de representar "descriptivamente" lo que se ve, no hay subordinación "mimética". La línea de la expresión en Bernardí Roig nos lleva no a lo que está fuera, sino dentro. Modula esa imagen interior, en su abierta multiplicidad, que como ya dijo André Breton constituye la determinación estética predominante del arte de nuestro tiempo.
La línea de la expresión en el trabajo de Roig es siempre abierta, tentativa, consciente de su carácter inevitablemente incompleto, lo que implica decir que se asume como una prueba, en el mismo sentido que encierra el denso y hermoso relato de Joseph Conrad La línea de sombra (1916-1917). En ese relato, según sus propias palabras, Conrad buscó presentar "ese instante en que la juventud despreocupada y ardida alcanza la época más consciente y conmovedora de la madurez". El paso de la juventud a la madurez supone una prueba y su superación, un salto, un paso adelante en la vida. Ahora bien, la cosa no acaba ahí. En realidad, la vida humana es toda ella un proceso continuo de pruebas, de confrontaciones con retos que deben ser superados, y por eso en realidad la línea de sombra aparece ante nosotros una vez y otra, como un límite a franquear, diversa en cada ocasión pero siempre la misma en su raíz y carácter. Somos frágiles, quebradizos. Nos vemos continuamente sometidos a pruebas que no siempre somos capaces de superar.
 La línea de sombra: "El carbón es la materia con la que se traza la línea", escribe Bernardí Roig. La línea oscura, el trazo negro, gravita, en efecto, con modulaciones diversas, en los dibujos que nos muestran a figuras humanas dolientes, incompletas, mutiladas, tachadas. En las esculturas de fuego, que dejan fluir un incendio interior en el que nos consumimos, fuente de luz y a la vez origen de la ceniza, del polvo que volveremos a ser. Y con una inversión plena del color y su irradiación, en las esculturas de luz, encajadas, sobrecargadas, ensimismadas, aprisionadas, por los tubos de neón y por objetos de sentido incierto, aparentemente fuera de lugar. ¿Qué hacen ahí todos esos elementos y objetos? ¿No pasa lo mismo en nuestras vidas? Como se desvela de manera más explícita en los dibujos más tempranos con los juguetes pornográficos, esa contigüidad, interpenetración, entre los cuerpos y los objetos entraña una dimensión fetichista. Son un signo del peso, de la determinación, de todo lo externo que, más o menos inconscientemente elegimos y a la vez nos elige, y de lo que no podemos liberarnos.

Bernardí Roig: Light Dream [Sueño de luz] (2008).
Resina de poliéster, luces fluorescentes. Figura a tamaño real.

Todas las obras de Roig giran en torno a la representación de la figura, el cuerpo. Pero son siempre, aun en el caso de representaciones aparentemente estáticas, cuerpos y figuras que expresan un dinamismo, un estar en acción. En el fondo, lo que vemos es una escenificación, una puesta en escena, que nos remite al sentido barroco de la vida como teatro. En sus distintas piezas, la imagen es una síntesis escénica de la vida: todos somos actores en un drama. Es ésta una cuestión decisiva. Recordemos el gran auto sacramental de Pedro Calderón de la Barca El Gran Teatro del Mundo (ca. 1635), en cuyas representaciones había dos puertas: la de entrada (puerta de la cuna) y la de salida (puerta del ataúd), que significaban entrar y salir de la representación, esto es: de la vida. Estas son las palabras, dirigidas al Autor, que Calderón pone en la boca del Mundo:
"Y para que desde ti
a representar al Mundo
salgan, y vuelvan a entrarse,
ya previno mi discurso
dos Puertas; la una, es la Cuna;
y la otra, es el Sepulcro."
(vv. 237-242).
En Binissalem, un libro publicado en 2002 y cuyo título es el nombre del pueblo donde Bernardí Roig vive y tiene su taller en Mallorca, leemos [con su pauta de estilo, en la que la i latina sustituye a la y griega]: "Todo lo que sale de donde estaba, de donde se generó, sale para morir. Un niño nace, entonces sale del vientre de su madre i sale para morir; una imagen habita en una cabeza, entonces sale de ella para habitar un lienzo i sale para morir. Eso, es el fracaso."
Fracaso: resuena aquí el eco de otro importante elemento de la sensibilidad barroca, la vanitas, representación de la fugacidad de la vida y de la belleza material, del carácter transitorio del poder, la riqueza o la posición elevada, un elemento que, con un amplio repertorio de imágenes, aparece una vez y otra en la obra de Bernardí Roig. Eso sí, con dos matices relevantes que nos conducen de la mentalidad del siglo XVII, de la época histórica del Barroco, a una sensibilidad de hoy.
En primer lugar, la idea de fracaso se concibe en Roig como fracaso de la imagen: "No deberíamos tener la osadía de crear un mundo de imágenes para vencer a la muerte, al fin i al cabo es una manera de condenarse con más certeza… pero no, uno se convierte en un hacedor de imágenes. Sí, eso es lo que pasa, uno hace imágenes con las que convive, que se le instalan cómodamente a uno en la cabeza i que sólo salen de ella para convertirse en un fracaso, para morir." (Binissalem, Galería Bores & Mallo, Cáceres, 2002, pg. 100). Si en la época histórica del Barroco las imágenes servían como representación de la vanidad de todas las cosas terrenales, del desengaño del mundo, lo que encontramos en Roig es la consciencia de que con ellas, aunque implícita o inconscientemente podamos pretenderlo, no podemos vencer a la muerte. De ahí que las imágenes en sus obras presenten en todo momento un signo de desajuste, de abatimiento: la imagen no puede servir como consuelo, como vía de reconciliación. De ahí, también, la elección del negro y el blanco, como colores básicos de expresión. Se trata de poner en pie una representación teatral, un mundo, en blanco y negro.
Por eso es necesario evitar el color. En el texto de 1993 ya antes mencionado, "Una cabeza es siempre una cabeza aplastada", Bernardí Roig escribe: "Para uno, el color ya no es pintura aplicada, es cosa. Entonces haces una imagen en un lienzo i sobrevives un día más a la muerte, pero quizás te precipites un día más a la locura." Y concluye: "El negro siempre es un gran despreciador del color." El negro, o el blanco, que cada vez ha ido ganando más peso y espacio en sus obras, y sobre el que este mismo año le decía a Antonio García Berrio: "En el blanco es donde yo reconozco la forma de conocimiento absoluto". Se trata de ser fiel a las imágenes, de no encubrir su carácter limitado: "En realidad uno se encuentra en la cumbre de su propia catástrofe i entonces amontona líneas i formas, pero nunca color. I con esas líneas i formas equivocadas, conducidas por el error i la fatalidad, uno amontona dolor, pero nunca color." (Binissalem, ed. cit., pgs. 100-101). Ya antes, en un texto datado en 1997 y publicado al año siguiente (Catálogo Brasas bajo cenizas; Palma de Mallorca, 1998, pg. 114), había escrito: "La pintura es una forma de ganarse la muerte." En el fondo, la muerte del pintor, y todas sus variaciones y encarnación en distintas figuras y personajes, es en Bernardí Roig una metonimia que nos habla no sólo de la muerte del cuadro, sino de la propia e inevitable muerte de las imágenes, ellas mismas también fugaces, pasajeras, a pesar de la ilusión que busca en ellas eternidad.
Lo relevante es que, siendo fugaces, a través de ellas nos reconocemos y conocemos qué es el mundo, qué nos cabe esperar de la vida. Lo que las imágenes nos dicen, en su fugacidad, en su vertiente de fracaso, según lo entiende Bernardí Roig, es que somos tan limitados, fugaces, quebradizos e incompletos, como ellas. Recordemos, de nuevo, a Calderón y El Gran Teatro del Mundo, las palabras del Mundo cuando ya va a terminar la representación:
"Corta fue la Comedia; pero ¿cuándo
no lo fue la Comedia de esta vida,
y más para el que está considerando
que toda es una entrada y una salida?
Ya todos el Teatro van dejando,
a su primer materia reducida
la forma que tuvieron y gozaron,
polvo salgan de mí, pues polvo entraron."
(vv. 1255-1262).    
El otro matiz que nos lleva de la vanitas barroca a la sensibilidad de hoy en las obras de Bernardí Roig implica desvelar el carácter dual del signo y la representación de la muerte, indisociable de su opuesto, la fuerza y el impulso de la vida, de Eros. En todas sus obras, encontramos un fuerte aliento erótico, que se presenta a la vez cuestionado por un descreimiento, por una distorsión crítica e irónica de la imagen, en la que late la pregunta: ¿pero acaso crees que te vas a poder acercar, siquiera mínimamente, a eso que tan ardientemente deseas…? De nuevo, la idea de fracaso. Eros nos constituye, vivimos por Eros. Pero Eros es inseparable de nuestro signo mortal, de Tánatos, si queremos emplear el nombre de la otra figura mítica, su opuesta. Como afirma Sigmund Freud, en Más allá del principio del placer (1920), "la meta de todo lo que vive es la muerte".

Bernardí Roig: Last Dream [Sueño último] (2008).
Resina de poliéster y letras luminosas. Figura a tamaño real.
 
Pero, entonces, si no se acepta que las imágenes puedan servir de consuelo, como ilusión de permanencia, y si en último término con toda su carga erótica nos hablan de la muerte como desenlace inevitable, ¿dónde podemos situar su importancia para nuestra vida? ¿Para qué sirven las imágenes? ¿Qué nos dan las obras de Bernardí Roig? Creo que nuestras respuestas, nuestra línea de interpretación, deben avanzar tomando en cuenta lo que afirma Georges Bataille, precisamente uno de los escritores con quien Roig ha desarrollado un diálogo más intenso desde el inicio de su trayectoria. Bataille indica que "el erotismo es la aprobación de la vida hasta en la muerte" (en la conferencia: “L’érotisme et la fascination de la mort” [1957], Oeuvres Complètes Vol. X; Gallimard, Paris, 1987, p. 690). ¿Cómo podemos explicar esta aparente paradoja? Pienso que lo que Bataille desvela, sobre el fondo de nuestra fugacidad, es la persistencia, el carácter indestructible, del deseo.
Y esto, la representación, la puesta en escena de la acción del deseo sobre todo lo viviente, es para mí la clave última de sentido de la forma en que Bernardí Roig concibe y construye sus imágenes, sus piezas. Lo que yo encuentro en ellas, en esa fijeza obsesiva de sus cuerpos y figuras flotantes en la escena del mundo, es la llama y la luz del deseo, su persistencia, y a la vez el reconocimiento de su carácter incolmable. Vivimos porque deseamos. Transmitir esto en sus obras es lo que hace de este artista alguien único, lo que le confiere un carácter verdaderamente singular. Sus cuerpos y figuras nos llevan a una espiral de sentido: precisamente porque deseamos, y porque nuestro deseo no puede jamás alcanzar una satisfacción definitiva, la vida no acaba nunca.


* Las palabras entre comillas atribuidas a Bernardí Roig que no remiten a una publicación concreta son comunicaciones personales del artista al autor de este texto.


PUBLICADO EN el catálogo Bernardí Roig: Verblendungszusammenhang [concatenación del cegamiento]; Museo de Arte Contemporáneo gas Natural Fenosa, La Coruña, 2012, pgs. 47-58.


jueves, 8 de marzo de 2012

Exposición Marc Chagall, en Madrid, en el Museo Thyssen

Inmateriales
El ensueño de la visión


¡Qué hermosa la exposición Chagall, en el Museo Thyssen y en la Fundación Caja Madrid hasta el próximo 20 de mayo! No se la pierdan, es sobre todo una explosión de vida, una intensa afirmación vitalista en estos momentos de incertidumbre y depresión generalizados en toda Europa. Marc Chagall (1887-1985) es un poeta de las formas visuales, un pintor que nos lleva a la tierra del ensueño viajando a través de figuras y colores, igual que cuando éramos niños.

 
El poeta tumbado (1915).
Óleo sobre cartón, 77,2 x 77,5 cm. Tate Gallery, Londres.

Las obras reunidas, datadas de 1908 a 1977, nos permiten llegar hasta el fondo de una pintura que desempeña el papel de los antiguos narradores, aquellos que contaban las historias junto al fuego del hogar transmitiendo así la experiencia de la vida. Con Chagall, vemos esas historias, adquieren cuerpo y figura, se hacen materia de visión. Una selección excelente, en la que no puedo dejar de destacar, y perdónenme que en esta ocasión aduzca motivos personales, biográficos, los cuatro bocetos y la obra final de La caída del ángel: una obra que puede servir como síntesis de todo Chagall, con ese ángel rojo cayendo en el tiempo en el que los humanos intentan vivir entre música, luz, sacrificio y religión.

La caída del ángel (1923-1933-1947).
Óleo ssobre lienzo, 147,5 x 188,5 cm. Kunstmuseum Basel.

El mundo de Chagall hace ya mucho tiempo que dejó de existir. Es el viejo mundo campesino, en su caso el de una Rusia judía que desapareció para siempre. Incluso los viajes a la gran ciudad, entre todas ellas París, son los viajes de la mirada rural, el fondo de la mirada brota de otra parte. Eso que podría terminar en disociación, o mera discordancia, se convierte sin embargo en clave de un registro poético que permite contemplar el mundo como algo que no nos pertenece, que se nos escapa. En la línea más aguda de la melancolía: ¿qué queda, hoy, mañana, para mí de aquello que brillaba ante mis ojos en ese tiempo que, irreversiblemente, pasó?
En los ojos de Chagall, en su pintura, brilla la infancia, los saltos de los acróbatas en el circo, o los animales, tan próximos a nosotros en el campo: animales humanos, y tan lejanos en la ciudad. La infancia perdida. A la que, no obstante, se intenta retornar trazando signos de identificación: los animales, humanizados por el color y por su identificación con las figuras y comportamientos humanos. Es un rasgo central en Chagall esa identificación simbólica entre animales y humanos, que yo llamaría totemismo poético: los animales como signos para expresar el ideal de vinculación con la naturaleza y con todo lo que nos es semejante. En una línea muy próxima a lo que Friedrich Nietzsche expresó cuando hablaba de nuestro animal de fondo.
Hay cuatro puntos cardinales en el color de Chagall: rojo, azul, blanco y negro. Con ellos construye una exaltación de la luz de la que brota el ensueño de la visión. Porque éste es el eje: ensueño, y no sueño. En Chagall no encontramos la inmersión onírica, ese otro lado de la vida, que alienta de manera central en el surrealismo. Lo que opera en él es el reflujo de la memoria que hace brotar la imagen de un mundo que se perdió porque aún no hemos llegado a él. Y que, sin embargo, nos espera aunque no llegue nunca, como nos dice la imagen: cuerpo rojo del ángel cayendo en el tiempo.

Mundo rojo y negro (1951).
Gouache, acuarela y pastel graso sobre papel adherido a lienzo. Colección particular.

En ese punto se sitúa el último deslizamiento de este pintor-poeta de los colores y la memoria: en el vuelo, que de la caída del ángel nos lleva a la elevación del deseo, al amor. Siempre caeremos a tierra. Pero nuestro vuelo apunta a lo más alto. Como nos permiten ver esas figuras, parejas, abrazados en el aire en el vuelo del amor, surcando el cielo en las líneas tumultuosas de la pasión. ¿En qué momento somos más humanos que cuando perdemos pie, y dejamos de ser un yo para volar en el desconcierto del cielo? ¿Qué queda de mí en la tierra cuando estoy en los brazos de mi amor y llego hasta sentir como si fuera también mío el final de su aliento? Simplemente, vuelo. Marc Chagall: vuelo en la cifra del amor, hecho poesía.

PUBLICADO EN: ABC Cultural (http://www.abc.es/), nº 1034, 3 de marzo de 2012, p. 28.