Texto de mi conferencia el 18 de mayo en la UAM, en las jornadas ¿Qué pasa con la crítica?
La crítica de arte como filosofía
práctica
José Jiménez.-
Lo mismo que sucede con "el público", la crítica tiene una datación
específicamente moderna entre los componentes del arte, resultado de la
cristalización del sistema de las bellas artes que culmina en los siglos XVIII
y XIX. Las primeras exposiciones
artísticas regulares se organizaron en Francia, por la Academia, a partir de
1673 con el nombre de "salones". En ellas podían exponer sólo los
artistas miembros de la Academia. Andando el tiempo, y por la incidencia
pública de esos "salones" cuando en el siglo XVIII se permitió la
libre entrada a todo el mundo, aparecerá de forma paralela una institución de
gran importancia por su papel de mediación entre los productos artísticos y su
recepción social: la crítica de arte.
Esa actividad intelectual, específicamente referida a las artes plásticas,
había venido precedida por la expansión en los círculos cultivados europeos de
la época del empleo del término crítica,
concebido como un juicio sobre obras literarias antiguas y modernas, que
rápidamente se generalizó a las demás artes.
Como indica el gran teórico de la literatura René Wellek
(1963, 25), una consideración que es preciso hacer, de entrada, es la amplitud
con la que hoy se usa el término crítica
en los más variados contextos: "desde el más inculto hasta el más
abstracto, desde la crítica de una palabra o de un hecho hasta la crítica
política, social, histórica, musical, artística, filosófica, bíblica, y de
altura; y la crítica de cualquier cosa", además naturalmente de la crítica
literaria.
El término, la palabra crítica, proviene del griego: krineín
significa "juzgar"; krités,
"juez"; y kritérion, lo
que sirve para juzgar. "El término kritikós",
escribe Wellek (1963, 26), "en el sentido de 'un juez de literatura'
aparece ya a finales del siglo IV a. C. Philitas, de la isla de Kos, quien
llegó a Alejandría en el año 305 a. C. para ser tutor del futuro rey Tolomeo
II, fue llamado 'un poeta y crítico al mismo tiempo'."
“Fue en el siglo XVII cuando se produjo la expansión del
término crítica hasta llegar a comprender tanto todo el sistema de la
teoría literaria como lo que hoy llamaríamos la crítica positiva y la crítica
diaria." (Wellek, 1963, 27). Es en este contexto cultural, en el que se
producen ya en siglo XVIII las intervenciones críticas de Denis Diderot sobre
los "salones" de Paris. Un contexto en el que se ha generalizado ya
en toda Europa un uso teórico del concepto de crítica, que se entiende fundamentalmente como la formulación de un juicio de valor aplicado a obras
literarias, artísticas o musicales, sostenido
con argumentos intelectuales. Y, por lo tanto, como un elemento clave en la
clasificación y jerarquización de las obras, así como en la formación del "gusto" del público.
La actividad "crítica" de Diderot debe
entenderse en su seguimiento y estudio de las distintas artes, y situarse en
relación con su diferenciación de los géneros artísticos que aparece ya en su Carta sobre los sordomudos (1751). Lo
que hoy conocemos como sus Salones
son un amplísimo conjunto de críticas sobre las exposiciones parisinas de ese
título de 1759 a 1781, acompañadas de reflexiones sobre la estética de las
artes plásticas. Pero la visión del Diderot "crítico" debe
completarse con los Ensayos sobre la
pintura (1766), los Pensamientos
sueltos sobre la pintura, la escultura y la poesía para que sirvan de epílogo a
los Salones (1777) y con ese
deslumbrante texto sobre el teatro que es la Paradoja del comediante (1773). En ese sentido, los escritos de
Diderot presentan dos rasgos de gran importancia teórica: un uso general de la idea de crítica aplicada al conjunto de las
artes, y una fundamentación filosófica
de la misma.
No cabe duda, en cualquier caso, de que la existencia de
los "salones" constituye el
impulso primordial de su dedicación a la crítica. Lo que implica que ésta se
despliega en paralelo a una actividad "expositiva", de presentación
pública de obras singulares, que vienen así a solicitar un principio de
ordenamiento por el que un público naciente pueda situarse ante ellas sin
quedar a la deriva. Este fenómeno permite constatar una evidencia de gran
alcance para una fundamentación teórica de la crítica de arte: el juicio crítico es, ante todo, juicio
del presente artístico. El crítico, en efecto, intenta detectar en la
secuencia sincrónica de las obras sus valores estéticos definitorios, con
vistas a su encuadramiento en la secuencia diacrónica de las "historias
de las artes". Desde un presente concreto, el crítico profiere, por
consiguiente, un juicio que integra las obras nacientes en las series
artísticas del pasado. Pero, simultáneamente, la fundamentación filosófica de
sus juicios, así como su conocimiento del discurrir del pasado artístico, hacen
que su discurso se convierta también en consejo o prospectiva acerca de las
líneas más fértiles con vistas a la perduración de la obra artística.
Por ejemplo, escribiendo sobre el Salón de 1767, Diderot
(1968, 471) afirma con tonos moralistas: "Artistas, si deseáis la duración
de vuestras obras, os aconsejo dedicaros a los temas honestos. Todo lo que
predica a los hombres la depravación está hecho para ser destruido; y tanto más
ciertamente destruido cuanto la obra sea más perfecta". El propósito
moralizante, claramente dirigido a la eliminación del libertinaje en el
universo artístico, resulta transparente en el texto de Diderot. Podemos decir,
en conclusión, que desde el mismo momento de su aparición, la crítica artística
se plantea como reflexión estética
"aplicada", como un
intento de especificación de principios filosóficos y estéticos generales a
través de la valorización y jerarquización de las obras artísticas
singulares.
Lo decisivo es que, de este modo, con Diderot se abre
una forma nueva de enjuiciamiento del hecho artístico. Una forma consistente en
la aplicación de principios filosóficos generales o "principios del
gusto" a obras o productos artísticos, que resultan por consiguiente
jerarquizados y valorizados según tales principios. Pero, a la vez, "los
principios especulativos" se ven continuamente confrontados con las obras
singulares y las técnicas artísticas específicas, lo que el propio Diderot
(1777, 91) admite con una pretendida ingenuidad: "Aunque toda mi reflexión
gire en torno a los principios especulativos del arte, no obstante, cuando doy
con algunos procedimientos tocantes a su magia práctica, no puedo evitar
señalarlo." Y es que la crítica debe ser, ante todo, respetuosa con la
libertad de creación del artista, del genio:
"No pretendo en absoluto dar reglas al genio. Digo al artista: 'Haga estas
cosas'; como le diría: 'Si quiere usted pintar, procúrese de entrada una
tela'" (Diderot, 1777, 86).
Si en Diderot quedan plenamente perfilados el ejercicio
y la fundamentación teórica de la crítica de arte como filosofía aplicada, lo
que implica situar al crítico, junto con el artista, en el nivel del genio,
casi simultáneamente, en otro de los grandes monumentos de la reflexión
estética del siglo XVIII, en el Laocoonte,
de Lessing, aparece lo que es quizás la mejor síntesis de los grados que el
pensamiento ilustrado establece en el proceso de recepción estética.
Esa síntesis se encuentra en el comienzo mismo del
libro, y sirve también para comprender que el Laocoonte, en la concepción del propio Lessing, es, ante todo, una
intervención crítica acerca de las relaciones entre literatura y artes
visuales. Distingue Lessing tres "tipos", el amante de las artes, el
filósofo y el crítico.
La secuencia narrativa, puramente imaginaria, con la que
Lessing presenta sus tres "tipos" intenta obviamente destacar la
novedad de la crítica, su aparición más reciente. Es interesante observar,
además, cómo al "amante de las artes" se le adjudican ideas que en
algún caso se remontan a la Antigüedad Clásica, y en otros habían sido motivos
centrales de las reflexiones humanistas y los tratados de poética y de arte
desde el Renacimiento. En cualquier caso, el público, el público cultivado, está
presente ya en este reparto de papeles entre los componentes del arte con la
misma dignidad e importancia que el filósofo y el crítico.
A lo largo del siglo XVIII se van asentando y
consolidando los espacios institucionales de intervención de la crítica de
arte, siempre en una línea de mediación entre los artistas y las obras y el
público, entonces naciente como tal. El desarrollo de publicaciones periódicas
dedicadas a la literatura, el teatro, las artes plásticas o la música
contribuirá decisivamente a la penetración social del sistema unificado de las
"bellas artes", así como a extender y "democratizar" los
criterios ideológicos sobre los que se asienta el arte moderno. Naturalmente,
al efectuar esa tarea de mediación, de expansión del juicio valorativo, la crítica
proporciona al público pautas y modelos de aproximación a las obras. Ese
proceso entraña una doble consecuencia: por un lado, favorece la formación y
expansión de un público para las artes y la difusión de una mentalidad crítica;
por otro, confiere al crítico una posición de "autoridad" ejercida
además de modo creciente desde los medios de comunicación, que irán poco a poco
desempeñando un papel cada vez más decisivo en la formación de la opinión
pública.
Hacia el último tercio del XVIII la crítica artística
está ya tan consolidada que cuando Immanuel Kant comience a poner en pie su
obra filosófica madura, sustentada precisamente sobre la noción de crítica, considerará imprescindible en
el "Prólogo" de su Crítica de
la razón pura distinguir su empleo del término de los usos que éste
presenta en el universo literario y artístico: "No entiendo por tal
crítica la de libros y sistemas, sino la de la facultad de la razón en general,
en relación con los conocimientos a los que puede aspirar prescindiendo de toda experiencia." (Kant, 1781, 9). Pero, a
la vez, considero que no se puede separar ese nuevo sentido filosófico que Kant
le da a la idea de crítica de la
difusión que esta idea había ido teniendo en su tiempo en los círculos
artísticos y culturales como expresión de un juicio valorativo basado en
argumentos. Y sobre todo si se tiene en cuenta que la construcción de la
filosofía crítica kantiana culmina, en 1790, con una obra, la Crítica del juicio, que precisamente
considera el juicio estético como modelo de aquello que nos caracteriza más
específicamente como seres humanos: nuestra facultad de juzgar.
Ya en el siglo XIX, Baudelaire dará un impulso renovado
a la crítica de arte. La emulación de Diderot, a quien toma como un referente
ideal, aparece nítidamente desde sus primeros escritos críticos sobre los
"salones", que se seguían celebrando en París. En continuidad con el
filósofo de la Enciclopedia,
Baudelaire considera la actividad del crítico como una tarea de incidencia
filosófica. Pero los tiempos han cambiado, y mientras en Diderot o en Lessing
la crítica se concebía como filosofía "aplicada", en Baudelaire el
curso del pensamiento se invierte: es el estudio de la literatura y las artes
en su particularidad, el trabajo crítico sobre el presente, lo que permite
elaborar una auténtica filosofía del arte. De lo concreto a lo general, y no de
lo general a lo concreto.
En el texto sobre el "salón" de 1846,
Baudelaire (1996, 101) rechaza la crítica abstracta, "fría y
algebraica", a la que contrapone la "amena y poética":
"Creo sinceramente que la mejor crítica es la que es amena y poética; no
esa otra, fría y algebraica, que, bajo pretexto de explicarlo todo, no siente
ni odio ni amor, y se despoja voluntariamente de toda clase de
temperamento". La utilización de la primera persona, esa pauta de estilo
que define tan nítidamente la poesía y toda la escritura de Baudelaire,
establece de modo inmediato una voluntad de comunicación subjetiva, de un yo a
otro yo, con el lector. Baudelaire intenta transmitir una idea de la crítica en
la que ésta no renuncie a la razón, pues la razón debe operar como guía en la
formulación del juicio crítico, pero en la que ésta se vea apoyada e impulsada
por la pasión: "el crítico debe cumplir con pasión con su deber; pues no
por ser crítico se es menos hombre, y la pasión aproxima a los temperamentos
análogos y eleva la razón a nuevas alturas." (Baudelaire, 1996, 102). Así
se explica, como una conjugación de
razón y pasión, su conocida caracterización de lo que debe ser la crítica,
"parcial, apasionada, política"
(Baudelaire, 1996, 102).
La cuestión se aclara nítidamente en uno de sus textos
teóricos más importantes, "El pintor de la vida moderna" (1863). Allí
formula Baudelaire (1996, 350-351) su conocida caracterización dual de la
belleza, "que lo bello es siempre, inevitablemente, de una doble
composición": "Lo bello está hecho de un elemento eterno, invariable,
cuya cantidad es excesivamente difícil de determinar, y de un elemento
relativo, circunstancial, que será, si se quiere, por alternativa o simultáneamente,
la época, la moda, la moral, la pasión." Vemos en qué contexto reaparece la pasión, en el marco de lo que
Baudelaire considera un intento de establecer "una teoría racional e
histórica de lo bello, por oposición a la teoría de lo bello único y
absoluto". De este modo, no es sólo que la crítica proporcione unos
materiales de los que la filosofía no puede prescindir, sino más aún: sólo a
través de la crítica, modulando la razón
con la pasión, se puede llegar a alcanzar una auténtica comprensión
filosófica del presente.
Poco después, ya en el horizonte de las vanguardias, se
abrirá una transformación de la crítica de arte tan profunda respecto a su estatus
inicial, como las que de forma paralela se estaban produciendo en los otros
componentes del arte. En el reparto inicial de papeles, a la crítica le había
correspondido en exclusiva la dimensión conceptual y axiológica, inaccesible a
un artista-"genio", que produce sus obras en la onda irracional del
entusiasmo y la inspiración. Pero ese panorama entra en crisis cuando comienza
a ponerse en cuestión la idea del artista como genio y, sobre todo, cuando con
el desarrollo de las vanguardias históricas los propios artistas plantean
directamente los supuestos conceptuales y axiológicos de su actividad por medio
de manifiestos, programas, y declaraciones de poética.
La crítica, el tercer componente fundamental del antiguo
orden artístico, resulta así profundamente problematizada. De un modo, si
cabe, conceptualmente más evidente, en la medida en que el suyo es un espacio
valorativo y categorial para el que, como de improviso, hubieran quedado
inservibles los antiguos fundamentos y desarrollos metodológicos. Podríamos
decir que se produce entonces una especie de estallido de la acumulación de
consciencia, de ideas y valores, que el orden artístico tradicional había ido
trabajosamente edificando.
De resultas de ese estallido, la actividad crítica
empezará a experimentar un proceso de desplazamiento que no ha ido sino agudizándose con el
paso del tiempo. Si los propios artistas fijaban las líneas de su proyecto, al
crítico le quedaba reservado poco más que "dar fe" de una situación
que ya no permitía ser jerarquizada desde fuera. El discurso crítico quedaría,
entonces, abocado a levantar "acta notarial" del devenir
"autorregulado" de las artes, a reconstruir arqueológicamente o a
posteriori sus líneas de desarrollo, o finalmente a disolverse en la propia
práctica artística.
Ese proceso de desplazamiento iría originando toda una
serie de reajustes y de intentos de redefinición. Uno de los más tempranos, que
surge ya en el mismo clima cultural emergente de las vanguardias, es el que
tiende a subrayar los aspectos creativos de la crítica, poniéndola en paralelo
en cuanto a sus cualidades estéticas con las propias obras de arte: "¡Pero
si la crítica es también un arte!", proclamará Oscar Wilde en su texto “El
crítico artista” (1890, 43).
Afirma igualmente Wilde que "todas las épocas creadoras fueron también épocas de
crítica. Porque es la facultad crítica la que inventa formas nuevas. La
creación tiende a repetirse." (Wilde, 1890, 34). Esa capacidad de abrirse
hacia "lo nuevo", por cierto: una de las categorías estéticas
centrales de las vanguardias artísticas, se complementa con el hecho de que la
crítica utiliza materiales ya previamente purificados por las artes, con lo que
su actividad es "más pura", y al tener en sí misma su propia razón de
existencia, se la puede definir no sólo como "una creación dentro de otra
creación", sino que es incluso, "a su manera, más creadora que la
creación" (Wilde, 1890, 45).
El planteamiento del "crítico artista" tendría
otras formulaciones después de Oscar Wilde. El gran crítico inglés Herbert Read
(1957), estableciendo un paralelo de la crítica con las demás artes, sugirió
ponerla bajo la advocación de una "décima Musa", reemplazando
"la descripción con la interpretación" (Read,
1957, 20), y convirtiendo el discurso crítico en un ejercicio de traducción:
"ésta es la función del crítico: tomar los símbolos del pintor o el
escultor y traducirlos, si no en conceptos intelectuales, en metáforas
poéticas" (Read, 1957, 23). Cabe también situar a nuestro Eugenio d'Ors en
esa línea, teniendo en cuenta su concepción de la crítica "como función
creadora", como un ejercicio "de análisis y de síntesis a la vez y
en acto único", en Menester del crítico
de arte (d'Ors, 1967, 9).
En definitiva,
fórmulas como la del "crítico como artista", o "arte de la
crítica", tienden justamente a proclamar la agudeza e ingenio del
crítico, su capacidad interpretativa, así como la voluntad estilística de su
discurso. Que queda, entonces, en pie de igualdad con los hechos artísticos
que enjuicia y valora. El problema es que por esa vertiente la crítica ha
derivado en ciertos casos hacia meras elucubraciones pseudo retóricas, que en
lugar de enjuiciar y valorar toman a las obras como pretexto para la
elaboración de un lenguaje vacío. De su antigua dignidad y penetración
interpretativa, la crítica se ve así reducida (con mayor frecuencia, sobre
todo, en aquella que utiliza como plataforma los medios de masas) a mero comentario.
Pero, como indicó Roland Barthes (1966, 50), nuestra
situación se caracteriza por una "crisis general del comentario", que
cada vez permitiría menos ese ejercicio de la crítica como suplantación
espuria de la creatividad artística. Los excesos comentarísticos, la
utilización indiscriminada de paráfrasis que pretenderían proporcionar la
traducción de los "contenidos reales" de las obras, habrían llevado
incluso a una desconfianza abierta hacia la interpretación crítica.
Desconfianza que alcanzó su expresión más radical en el polémico libro de Susan
Sontag Contra la interpretación (1964), en el que se rechazaba de modo
absoluto una concepción de la crítica como interpretación, haciendo una llamada
a situarse ante las obras mismas, y a dejarse hablar por su transparencia
estética.
Los replanteamientos de la crítica se han visto favorecidos
por las nuevas perspectivas metodológicas que las ciencias humanas han ido
crecientemente proporcionando, para la fundamentación rigurosa de la actividad
crítica. La lingüística, el psicoanálisis, la sociología, la semiótica, la
antropología, han ido posibilitando una amplia proliferación de metodologías
críticas, con lo que el proceso crítico de interpretación y valoración se ha
visto indudablemente enriquecido. Ahora bien, esa misma pluralidad de métodos
podría tomarse, sin embargo, como otra muestra de la dispersión, de la falta de
unidad teórica de la crítica de arte. Mi opinión, en cualquier caso, es que
ese pluralismo crítico no sólo es inevitable, sino también francamente
positivo. Nos habla, en primera instancia, de la diversidad de niveles y
problemáticas que presenta toda propuesta artística, y simultáneamente nos
pone en guardia contra la pretensión de un juicio crítico único y definitivo,
cuando el carácter de procesos de las obras conlleva un despliegue dinámico
continuo de nuevos sentidos estéticos. El trabajo de interpretación y
valoración está tan abierto a las reconstrucciones y a las nuevas
formulaciones como las obras mismas.
Pero, además, la pluralidad metodológica de la crítica
no puede dejar de ponerse en relación con la heterogeneidad cultural que
caracteriza hoy a nuestra civilización. Cuando la crítica se constituye como
disciplina, el mundo presenta una homogeneidad
cultural y axiológica sobre la que es posible fundamentar la
unidad del juicio crítico y su pertinencia. Actualmente no hay, en cambio,
valores o parámetros culturales homogéneos, nuestra civilización está
constituida por un mosaico de registros culturales de raíces muy diversas.
En esa situación, el arte mismo deja de tener puntos de
referencia estables, como señaló Giulio Carlo Argan (1965, 10): "el arte
no tiene ya puntos de referencia constantes: ni la naturaleza (...), ni la
historia". Y, lógicamente, lo mismo podemos decir, de forma más agudizada
si cabe, de la crítica, que se ve así forzada, a través de las diversas
retículas metodológicas que pone en juego, a explicitar las opciones teóricas
que sirven de fundamento a la elección de una determinada metodología frente a
otras, así como al desencadenamiento del acto interpretativo y valorativo.
Con ello, la crítica acomete un trabajo de
autorreflexión que discurre en paralelo con el que atraviesa a todo el arte
contemporáneo en su conjunto. Como señala Filiberto Menna (1980, 28), "el
reconocimiento de un espacio propio de acción comporta para la crítica la
asunción de una actitud autorreflexiva y la puesta en práctica de un proceso de
verificación del propio estatus". Esto supone un cierto desplazamiento del
objeto de la crítica, que ya no es tan sólo la obra de arte, sino igualmente en
primer lugar la propia actividad crítica, con lo que actualmente la disciplina
se configura también como "crítica de la crítica" (Menna, 1980, 29),
como consideración conceptual de las condiciones de posibilidad de todo juicio
crítico. Una formulación, por cierto, asumida después con idénticos términos
por Tzvetan Todorov (1984) en el terreno específico de los estudios literarios,
aunque curiosamente sin mencionar el antecedente de Filiberto Menna, lo que es
un buen indicador de hasta qué punto las disciplinas humanísticas se mantienen
como compartimentos estancos en el saber actual.
Lo cual no deja de ser, a la vez, indicio de un
importante problema en la práctica actual de la crítica, señalado hace ya
tiempo con perspicacia por Gillo Dorfles (1976, 26): el crítico suele ser
experto habitualmente tan sólo en un arte concreto, y esto con frecuencia suele
ser una barrera, bien por falta de preparación, bien por miedo a quedar en
evidencia, ante los entrecruzamientos y mestizajes expresivos que son tan
intensamente característicos del arte de nuestro tiempo.
A la vez que la crítica se vuelve sobre sí misma, y se
desarrolla lo que podríamos llamar una metacrítica,
en la que la consideración histórica de las distintas corrientes y aportaciones
de la crítica artística en todos sus planos presenta un desarrollo
considerable, se da también una actitud opuesta, que incide en la superfluidad
de la crítica y plantea la posibilidad de su disolución.
La disolución de la crítica podría entenderse como un
efecto de la aparente inmediatez, de
la ilusoria transparencia, con la que nuestra cultura de masas envuelve a toda
propuesta artística, y que en los últimos tiempos ha ocasionado una expansión
inusitada del lema cínico "todo vale", tanto en los ambientes
artísticos como entre el público. En ese girar de los sentidos en que todo es
reducido a signo, la crítica (que necesita del distanciamiento y la perspectiva
para poder promulgar sus juicios de valor) resulta desbordada por la presencia
inmediata de obras y propuestas artísticas, ya encuadradas y canalizadas por
los propios medios de masas. Estaríamos así asistiendo a la pérdida del
intervalo crítico (Dorfles, 1980), a la creciente dificultad de todo intento de
valoración crítica no subordinado a los criterios axiológicos (no explícitos,
no objetivamente formulados y, por ello, no autoritarios) transmitidos por los
medios de masas.
La impugnación de la crítica encubre, en último término,
como señala Filiberto Menna (1980, 8), "ante todo una especie de falsa
consciencia, la ilusión de exhibir el arte sin una elección de valor o, al
menos, con un juicio que no considera que deba poner al descubierto los propios
criterios y enunciar los 'protocolos' de las propias valoraciones". Se
trata de un fenómeno que no podemos dejar de poner en relación con la crisis
no ya del arte tradicional, sino con la que experimentaría en la segunda mitad
del siglo XX la propuesta alternativa de las vanguardias. La crisis de las
actitudes vanguardistas fue agudizando la dificultad para el establecimiento
de criterios de ordenación y valoración de los procesos artísticos: al ponerse
en cuestión la viabilidad de proyectos artísticos alternativos se agudiza,
simultáneamente, la desconfianza ante toda propuesta de construcción objetiva y
pública del juicio crítico. En ese contexto, el tradicional encuadramiento
moderno de artistas y obras en "movimientos" o
"tendencias", según el modelo evolucionista abierto con las
vanguardias históricas, fue resultando cada vez más obsoleto.
Pero en lugar de buscar una fundamentación conceptual
distinta del juicio crítico, no subordinada a la estela abstracta del
"Progreso", lo que ha ido imponiéndose es un ocasionalismo, un planteamiento meramente particularista, que evita dar respuesta del porqué de
sus elecciones, con la excusa de la necesidad de pasar a un disfrute directo,
inmediato, de las obras, y que rechaza toda mediación conceptual como
empobrecimiento o reducción de lo específicamente estético del arte. De este
modo, asistimos a una fragmentación casi total de los criterios objetivos del
gusto, a su "pulverización" en un discurso que rechaza de entrada
toda capacidad de enjuiciamiento crítico, proclamando en cambio la
subjetividad absoluta de la confrontación con la obra como un acto puro de
fruición.
Ahora bien, ¿hasta qué punto no se introducen, así,
criterios valorativos cuya fuerza de penetración ideológica depende
básicamente de la potencia persuasiva de los medios desde donde se efectúan?
Los canales tradicionales de la crítica artística: el libro o la revista especializada
se van viendo poco a poco desplazados, y los medios de masas van ocupando de
manera cada vez más excluyente el espacio central en el proceso de valoración
del arte. De forma paralela, la vieja figura del crítico de arte con una sólida
formación humanística o universitaria, va siendo sustituida por la presencia
persuasiva en los medios de un trasiego de opiniones que, cuanto menos sujetas
se proclaman a los "dictados del concepto", de forma más represiva y
totalitaria se imponen al público receptor.
Eso por no hablar del grado de superficialidad y
banalidad que suele presentar la mal llamada "crítica artística" en
los medios de comunicación, habitualmente reducida a una mera y vaga
descripción de la propuesta artística que se debería encuadrar y valorar,
formulada con términos vacíos e hiperbólicos, con la intención de ir dejando
subliminalmente en los lectores no sólo el "elogio" de las obras o los
artistas, sino la idea de la importancia de la "crítica" y del propio
"crítico" que la firma. Salvo excepciones, es francamente difícil
encontrar en ese territorio baldío algo que merezca llevar realmente el nombre
de "crítica de arte".
Hoy
día las funciones tradicionales de la crítica de arte: jerarquización de las
obras, mediación, y orientación del público, son ejercidas de un modo directo
por los diversos filtros de los medios de comunicación social. Y en muchas
ocasiones ni siquiera son los medios de comunicación, son la publicidad, o el
diseño en todas sus manifestaciones, y en los últimos tiempos las llamadas
“redes sociales” -que yo he preferido siempre denominar “redes digitales”- los
que también sedimentan y segregan una serie de elementos de valoración que
encuadran, jerarquizan y orientan el gusto del público. Encontramos así, en el
terreno específico de la recepción del arte y de los bienes de cultura en
general, lo que en la teoría de la comunicación se conoce como persuasores
ocultos, instancias que de un modo inadvertido para el gran público
establecen unas pautas no contrastadas de valoración, que por ello mismo actúan
como pautas autoritarias.
Junto
a ellas, igualmente condicionando las posibilidades de ejercicio de la crítica,
están las instancias comerciales de todo tipo, desde las galerías a las grandes
ferias de arte, o también las pretendidas exposiciones referenciales, las
distintas bienales, documentas, etc., que ejercen una tarea de encuadramiento
de las propuestas artísticas, habitualmente articuladas siempre a través de la
espectacularidad. Y para acabar: con los propios centros de arte, o los museos,
que, lejos del papel de incitación y diálogo cultural que les correspondería,
se convierten crecientemente en centros para el ocio. Centros y museos, que
deberían ser espacios para la problematización cultural y para la puesta en
cuestión del universo cultural masivo en el que vivimos, laboratorios de la
creación, lugares de encuentro para el ejercicio de la creatividad y el
pensamiento, y que acaban, sin embargo, siendo plataformas del espectáculo,
instituciones de legitimación política y comercial.
Frente a esa situación, parece más importante que nunca
insistir en la importancia de una crítica artística sólida y fundamentada
teóricamente. Y ello porque la pluralidad de líneas y propuestas de las artes
de nuestro tiempo, que converge a su vez con la pluralidad de públicos y
receptores de esas propuestas, demanda de un modo intenso un trabajo de
encuadramiento y contextualización de tal pluralidad. Una tarea de mediación interpretativa entre las
obras y los públicos, que intentara fijar lo que hay de verdad, de perdurable, en las obras. Ese sentido de la actividad
crítica es el que reclamaba, por ejemplo, Theodor W. Adorno (1970, 256), para
quien la tarea de la crítica consistiría en separar el "contenido de
verdad" de las obras "de los momentos de su falsedad". Es decir,
el crítico de arte debería saber establecer criterios y líneas de demarcación
entre lo que es meramente accesorio, aunque pueda resultar de entrada llamativo
o incluso escandaloso, y los aspectos de coherencia
poética y autenticidad, que
constituyen el auténtico eje de gravedad del valor estético de las obras.
Una vez más, esto significa concebir la crítica de arte
como "filosofía aplicada", naturalmente sin apoyarse en o derivar sus
formulaciones de "reglas generales", que inevitablemente recaen en el
normativismo y el dogmatismo, sino al contrario estableciendo pautas de universalización a partir del diálogo abierto
con las obras y propuestas artísticas singulares, siempre a posteriori. Así
entendida, la crítica de arte es una "apuesta" argumentativa sobre
las obras, y por derivación sobre el conjunto de la cultura de una época, pero
apoyada siempre en conceptos y categorías de carácter general. Pues en caso
contrario, la crítica se disolvería en el puro ocasionalismo y en el idiolecto,
en el lenguaje meramente privado.
En último término, lo que esto supone es el
reconocimiento del papel de la crítica de arte como acompañamiento de las obras, y ese es el núcleo último de su papel
de mediación social. Las obras y
propuestas artísticas han ido siempre acompañadas de un discurso, lingüístico e intelectual, que las contextualiza, las
ubica en la serie general de las propuestas artísticas y culturales de una
comunidad y un tiempo concretos. Este es el papel que, a través del diálogo con
las obras, sigue siendo necesario cumplir en el abigarrado y complejo mundo de
hoy, un papel de acompañamiento y mediación que se sigue reclamando de la
crítica de arte como disciplina teórica.
La
crítica es mediación, mediación entre las obras, los artistas y los
públicos. Pero, en el caso específico de la crítica de las artes visuales, la
crítica es mediación también en otro sentido: en su despliegue resulta
necesario articular dos elementos o dos objetivos centrales, articular un saber
ver con un saber decir. El buen ejercicio de la crítica de arte se
alcanza cuando se produce una buena articulación entre el saber ver y el saber
decir. La cuestión es importante, porque es precisamente ahí donde se sitúa la
dimensión de objetividad, que hay que demandar siempre a la crítica de
arte. Está fuera de lugar hablar de objetividades normativas, necesarias o
metafísicas, en el terreno del arte o en el de la filosofía de la cultura, y
precisamente la crisis del pensamiento idealista, o la crisis de la utilización
del sistema filosófico como vía de análisis de la experiencia, nos sitúan en
ese contexto. Pero, a la vez, ni la filosofía ni la crítica pueden renunciar a
una determinada objetividad, aunque no se trate ya de aquella
"objetividad" hoy obsoleta, con su carácter necesario, metafísico o
normativo.
¿De
qué "objetividad" podemos entonces hablar? De una objetividad construida
como coherencia, construida desde el punto de vista de la consciencia
teórica de que no hay lenguajes absolutamente estructurados para superponerse
con todos los planos de la experiencia, pero sí pautas de verosimilitud, pautas
de articulación del lenguaje en la coherencia. Pautas para un uso del lenguaje
que nos permita aspirar a alcanzar una objetividad, entendida al menos como juego
cultural o juego de lenguaje, para aludir en este punto a los
planteamientos de Ludwig Wittgenstein.
Todo
lenguaje es una construcción. Pero lo decisivo es que se trata de una
construcción que puede compartirse, y que de hecho se comparte en
un contexto de cultura concreto en el caso de los lenguajes naturales. Ese es el tipo de objetividad al que debe
aspirar la crítica, a la construcción de un lenguaje que pueda ser compartido,
que al hacer explícitos sus argumentos sea capaz de establecer una relación de
diálogo, a través de las obras, con los públicos y con los artistas.
Porque
el crítico es un mediador no sólo entre las obras y los públicos, sino
también entre las obras y los artistas y el contexto social o de cultura en
general. Como ya avancé más arriba, cuando en el siglo XVIII surge la noción de
crítica de arte y se establece esta nueva función, el público tiene un carácter
homogéneo y lo mismo puede decirse respecto al universo de la representación
sensible. En la Europa de aquel tiempo seguían vigentes unas pautas de
representación homogéneas, establecidas desde el siglo XV, cuyo núcleo central
es una convención representativa, la convención visual de la perspectiva
geométrica. El espacio de las artes plásticas presentaba una perfecta unidad en
su forma de representar lo que podemos llamar una figuración ilusionista.
En la modernidad incipiente, a un lenguaje plástico homogéneo corresponde un
público también fundamentalmente homogéneo, un público burgués que tiene un
nuevo dinamismo cultural, que se siente protagonista de una historia que está
en construcción, y que por ello demanda al crítico que ejerza esa tarea de mediación,
que se presenta como algo muy preciso y definido.
Sin
embargo, a diferencia de aquella situación, con el desarrollo ulterior de la
cultura moderna, la unidad y homogeneidad tanto del espacio plástico como del
público han desaparecido por completo. En el terreno de la representación
visual, entre finales del XIX y comienzos del XX se produjo una auténtica
revolución que condujo la representación hacia una heterogeneidad y pluralidad
irreversibles. De forma paralela, se ha ido produciendo también una
multiplicación y pluralización del público que en lugar de ser un segmento
social homogéneo fue experimentando en nuestro universo cultural una especie de
diseminación, hasta alcanzar la configuración eminentemente plural que presenta
en nuestros días.
Esto
sitúa a la crítica de arte en una situación de dificultad constitutiva o
interna. Porque, por un lado, ha perdido la homogeneidad de un lenguaje
referencial, a la vez que tampoco cuenta ya con un interlocutor homogéneo,
receptor privilegiado de su lenguaje. Es así como puede darse el caso de que el
lenguaje del crítico se convierta en un lenguaje sin destinatario.
Todos
estos procesos de transformación y, sobre todo, de pérdida de homogeneidad,
tanto de los referentes lingüísticos como de los destinatarios de la actividad
crítica, hicieron que durante mucho tiempo la crítica estuviera como
descentrada y se produjera una confusión, que desde mi punto de vista ha sido
muy negativa para el desarrollo y el ejercicio de la actividad crítica,
particularmente de la crítica de las artes visuales. Me refiero al intento de
encuadramiento de la crítica de arte dentro de la disciplina de la historia del
arte. Porque, en mi opinión, el modo de trabajar de los historiadores del arte,
la metodología que utilizan, los planteamientos que guían su trabajo tienen
mucho más que ver con otro tipo de problemas que con aquellos que se suscitan a
través del análisis del tiempo presente y a través de esas manifestaciones
culturales, decisivas, del tiempo presente, que son las que tienen lugar en el
arte que se está viviendo.
En el
momento en que se produce la crisis que podemos considerar definitiva de las
vanguardias, en torno a los años sesenta del siglo XX, se llega a una situación
en la que convergen todos estos factores que vengo analizando. Por un lado, se
ha tomado plena consciencia de la inexistencia de un lenguaje artístico
homogéneo, de la perdida unidad de la representación visual. Por otro, el
destinatario de la actividad y la función del crítico se ha hecho enormemente
plural y en muchas ocasiones completamente irreconocible. Pero, además, el
espacio donde se ejerce la función crítica también se ha diseminado, el artista
actúa como crítico y el crítico poco a poco pasa a actuar como artista.
Teniendo
en cuenta este abigarrado conjunto de dificultades, algunas de ellas
especialmente relevantes, ¿cómo podríamos reformular hoy una idea de crítica de
arte teóricamente consistente? Si partimos de una consideración inicial, ya
formulada, si aceptamos que la crítica es ante todo una disciplina del
lenguaje, una forma concreta de uso del mismo, el aspecto central en la
reformulación de la crítica debe ser ampliar y flexibilizar al máximo el
terreno de aplicación del lenguaje crítico, concebirlo como un diálogo entre
críticos y artistas con los públicos. Es decir, en nuestros días la crítica
de arte debe ser concebida como una instancia muy abierta, eminentemente
diseminada, y que en lugar de actuar fijando posiciones normativas o
autoritarias buscara construir la objetividad de sus propuestas en términos de diálogo.
En el
despliegue de ese diálogo se trataría de establecer la dimensión de verdad
en el presente de las propuestas artísticas. No creo que en el mundo actual
pueda avanzarse en esa dirección ni con planteamientos normativos, ni desde
encuadramientos taxonómicos de carácter historicista, sino únicamente a
través de un diálogo sobre las obras (y no -esto es obvio- sobre la vida o
la intimidad de los artistas) con los propios artistas, intentando luego
generalizar ese diálogo como un elemento más de crítica de la cultura, como un
elemento más de crítica social.
Esto
significa asumir de forma consciente el compromiso pasional de la
crítica. Pero, una vez más, se trata de concebir el compromiso pasional siempre
en busca de la objetividad, con una pretensión de universalidad
contextualizada, culturalmente compartida, que evite la idea de una
universalidad meramente abstracta o dogmática. La tarea de la crítica se
concreta entonces en la elaboración de un lenguaje conceptual y valorativo
de esas características, que naturalmente adquiere su mejor formulación cuando
es un lenguaje bien escrito o formulado, cuando es un buen lenguaje. La vía
para llegar a ese lenguaje es el diálogo con las obras que un artista va
produciendo, intentando establecer pautas de coherencia, convirtiendo al
artista en un interlocutor, de tal modo que la confrontación con la crítica
haga que el propio artista vaya transformando su actividad, vaya abriendo
nuevos espacios de luz y, a la vez, permita a quien trabaja en una dimensión
teórica, ir sacando de ese diálogo con las obras y con los artistas instancias
de interrogación del presente que permitan poner en tela de juicio este orden
social autosatisfecho en el que se desarrollan nuestras vidas.
El
ejercicio de la función crítica así concebida debe tener en cuenta las
múltiples mediaciones y filtros de todo tipo que, como he indicado ya antes,
intervienen en la sociedad del espectáculo, entorpeciendo y dificultando las
instancias críticas y de oposición. Frente a esa situación, el ejercicio de la
crítica artística y cultural debe diversificarse, diseminarse, no dejarse
reducir sólo a las formulaciones textuales en diarios, revistas especializadas,
o libros. Aunque sin renunciar, naturalmente, a esa vía textual, la crítica
artística y cultural puede ejercerse hoy también a través de todo tipo de
plataformas de comunicación, desde la puesta en pie de iniciativas que
propicien el encuentro de las distintas prácticas artísticas entre sí y con la
teoría, a propuestas de exposiciones concebidas precisamente en función de ese
diálogo crítico con los artistas y con las obras capaz de incidir en una
crítica del mundo presente.
En
definitiva, la crítica es una actividad filosófica, lingüística,
que se desarrolla fundamentalmente como diálogo, y que desde luego no
debe concebirse en estos momentos como algo que atañe a un personaje especial,
a un "tipo" o figura social desempeñado por unos individuos
concretos. En nuestro universo ya no existe "el crítico de arte”, como
tampoco existe “el artista”, sino el ejercicio plural, frecuentemente
problematizado desde diversas instancias de poder, de prácticas creativas o
artísticas y de prácticas críticas en un conjunto de plataformas enormemente
variado y difuso, diseminado.
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